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Terminamos de cenar y nos tomamos una copa en el hotel antes de irnos.
Formamos un grupo de cinco chicos comentando qué tal había ido la cena y de repente apareció Paco.
Era el típico odioso, enterado y sabelotodo del trabajo.
Se había casado y divorciado tres veces, a pesar de ser un cincuentón.
Era lo que se suele llamar un ligón empedernido.
No sé qué le verían las mujeres, porque, a mí, físicamente, me parecía del montón, pero la seguridad en sí mismo que transmitía parecía que les gustaba.
Entró en la conversación como un elefante en una cacharrería.
―¿Os habéis fijado en las tetas de Raquel?, este año hemos ganado nivel con las nuevas incorporaciones, je, je, je, je, je.
El muy cabrón ya se sabía el nombre de «la nueva», no como nosotros que nos habíamos enterado esa misma noche.
Era un profesional de la seducción, se sabía el nombre de todas las mujeres que trabajaban en el edificio, y no eran pocas.
De hecho había tenido más de un escarceo con varias compañeras de trabajo, con las que siempre había terminado muy mal.
―Esta noche hay que intentarlo…
―Esa es mucha mujer para ti, Paquito ―lo retó uno de mis amigos.
Justo lo que le hacía falta a Paco, que alguien lo provocara. Le echó una mirada desafiante a mi compi y sonrió. Luego le dio un trago a la copa que se estaba bebiendo y le pegó un par de palmaditas en la espalda.
―Para unos aficionados como vosotros, puede ser, je, je, je, je. ―dijo y nos dejó allí plantados.
―¡Menudo fantasma! ―contesté yo cuando ya no podía escucharnos.
Casi mejor que se hubiera ido, porque no soportaba a ese tío. Me fijé en él y no tardó en empezar a meter fichas, uniéndose a un grupo numeroso de chicas que hablaba animadamente en el otro lado del salón.
―Bah, pasa de él ―me dijo uno de mis compañeros leyéndome el pensamiento.
Cuando salimos del restaurante, fuimos a un bar en el que habían contratado copas gratis.
Allí echamos un par de horas, me lo pasé fenomenal hablando con varias compañeras, compartiendo anécdotas del trabajo mientras bebíamos y bailábamos.
Me lo estaba pasando tan bien que casi ni me acordé de Raquel, hasta que pude verla en otro grupo y vi que me estaba mirando fijamente.
Al verse sorprendida, rápidamente desvió la mirada, pero tengo que reconocer que me subió el orgullo al saber que aquella chica me estaba controlando.
Lo malo es que en ese bar no pude hablar con ella y cuando entramos en otro me puse a hablar con otras dos chicas y se me pasó otra hora volando.
Me fui donde estaban dos compañeros y les pregunté si querían algo, que me iba a acercar a la barra.
Una vez allí ni me percaté cuando Raquel se acercó por detrás.
No sé si me estaba esperando o fue fortuito el encuentro.
―¡Vaya, no nos habíamos visto en toda la noche!
―¿Raquel te llamabas? ―pregunté yo como un tonto.
No sé por qué tuve que preguntar eso, me hizo quedar como un auténtico estúpido. Menuda manera de ligar si ni tan siquiera me acordaba de su nombre. Empezaba bien. Por suerte Raquel se lo tomó bien y contraatacó rápido.
―¿Jorge, no?
―Eeeeeh, sí, sí… ¿Qué quieres tomar?, te invito.
―No sé si debería beber más, voy ya bastante… Además ―dijo mostrándome la copa medio llena.
―Venga, hoy no hay excusas, ya le advertí a mi mujer que iba a llegar borracho, ¿qué es eso que estás tomando?
―Brugal con cola…
―Pues termina, que se te va a acumular…
Raquel le pegó un par de buenos tragos y, mientras pedía su copa, dejó la suya vacía apoyada en la barra. ¡Qué manera de beber!
―Ya está…
―Así me gusta.
Nos fuimos a un sitio más tranquilo para poder hablar.
No es que quisiera ligar con ella ni nada, pero me gustaba el pequeño tonteo que teníamos; además, con unas copas de más como llevaba, me ponía realmente caliente fijarme en las enormes tetas de mi compañera de trabajo.
Al ser un poco más alto que ella, desde mi posición tenía unas vistas privilegiadas del escote de Raquel. Y ella sonrió confiada.
Sabía que con esas dos armas podía hacer conmigo lo que quisiera.
―¿Y qué tal en el nuevo trabajo?, ¿te has adaptado bien?
―La verdad es que fenomenal, me ha costado muchos años poder llegar, pero por fin ya estoy en casa.
―¿De dónde vienes?
―He estado casi diez años en Madrid, pero esta oficina me gusta más, es más modernita, funciona mejor, veo más compañerismo… Y yo en Madrid no pintaba nada, lo único que me unía allí era mi marido…
―¿Era?
―Digo era porque ya no estamos allí. Él sabía que, en cuanto tuviera plaza, yo me quería venir cerca de mi familia y, bueno…, aquí estamos…
―¿Así que te has traído a tu marido de Madrid? ¿Él no tenía trabajo allí?
―Sí trabaja, pero mucho de su trabajo lo hace desde casa, y luego de vez en cuando tiene que ir a Madrid, así no lleva tan mal el haberse ido; en cuanto tiene una oportunidad, se me escapa unos días, como por ejemplo este fin de semana…
―¿Te ha dejado sola?
―Sí, como sabía que tenía la cena de empresa, él también se ha ido, viene mañana por la tarde.
―Parece que echa mucho de menos Madrid…
―No lo está llevando tan bien como yo me pensaba…, pero bueno, vamos a hablar de otras cosas más alegres.
―De lo que tú quieras.
Me sorprendió que de buenas a primeras ella me contara todo eso y se sincerara conmigo; apenas habíamos hablado antes.
No sé si se me estaba insinuando o qué me quería decir.
Parece que su marido la había dejado sola y me había parecido leer entre líneas que su relación no iba todo lo bien que debiera.
Otra vez miré hacia abajo y me encontré con sus formidables tetas. Ella me pilló mirando su escote y yo sonreí.
―Has venido muy guapa esta noche…
―Gracias, tú también.
Comenzamos a hablar de otras cosas. Yo le conté que tenía tres hijos y según me dijo ella no tenía ninguno.
Hablamos de la ciudad, de nuestras aficiones, de las series que veíamos, y de repente parecía que nos conocíamos de toda la vida.
Raquel era una chica muy agradable y a la vez muy sensual; por unos instantes hasta se me llegó a olvidar que estábamos en la cena de empresa rodeados de compañeros.
Y me empecé a poner nervioso cuando sentí un roce casual de uno de sus pechos contra mi hombro.
Noté que hacía presión e intenté adivinar cómo sería el tacto de sus formidables tetas, si las tendría duras, blandas, suaves.
Raquel se separó de mí y como el que no quiere la cosa me volvió a rozar con sus tetas en el brazo.
Aquello ya no fue casual. Raquel me estaba calentando a propósito y mi polla reaccionó inmediatamente bajo los pantalones.