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Me puse mis mejores vaqueros, una camisa a cuadros y los zapatos bien limpios. La excusa no era otra que la cena de empresa de cada año. Enfrente del espejo me acabé de peinar, echándome un poco de gomina para intentar domar los caracolillos de mi pelo.
Me encantaban estas cenas de empresa. Todos nos poníamos nuestras mejores galas y la gente suele cambiar el carácter, no es el ambiente aburrido de la oficina de trabajo: los compañeros, de repente, son más simpáticos, las chicas que algún día ni te saludan ahora parece que son tus mejores amigas, y encima van vestidas de una manera bien distinta a como lo suelen hacer.
Me despedí de mi mujer, que me advirtió cariñosa antes de salir.
―Ten cuidado, que siempre terminas igual, y por supuesto deja el coche aparcado y te vuelves en taxi…
―¡Que sí!
Judith tenía razón, me conocía perfectamente, los últimos años había llegado a casa con una buena borrachera y luego lo había pagado el resto de la semana. Uno ya tiene una edad en la que recuperas mucho peor que cuando eres joven.
Bajé con el coche y lo dejé en el parking del hotel, al día siguiente me tocaría volver a por él en taxi o en autobús, pero eso ahora no me preocupaba.
Cuando entré dentro ya estaban la mayoría de los compañeros.
El organizador de la cena había tenido que reservar en uno de los hoteles de la ciudad debido a que éramos muchos los que íbamos a asistir.
En el nuevo edificio de la Seguridad Social trabajábamos más de ciento cincuenta funcionarios, aunque a la cena íbamos aproximadamente unos sesenta.
Esta era una de las cosas que más me gustaban, la proporción de hombres y mujeres que íbamos.
El 80 % eran chicas y diez de nosotros teníamos que «lidiar» con cincuenta de ellas durante la noche; muy mal se te tenía que dar para no terminar, al menos, charlando en un grupo tú solo rodeado de cinco o seis compañeras.
En la mesa me senté con dos de mis mejores amigos en el trabajo, con los que tenía más confianza.
Antes de pasar al salón ya nos habíamos bebido dos copas de vino y la noche prometía, sobre todo cuando se nos pusieron enfrente dos de «las nuevas».
Tuve que preguntar cómo se llamaban, porque no lo sabía, aunque me había cruzado con ellas varias veces por el edificio. Olga y Raquel.
A mí me gustaba especialmente Raquel, era de las chicas que habían entrado recientemente en el concurso de traslados, apenas llevaba seis meses trabajando con nosotros.
Tendría sobre 35 años, morena, media melena, con una cara de esas que sin ser muy guapa tiene su atractivo.
Me encantaba especialmente la mirada morbosa que tenía; parecía reservada y bastante callada, pero con los ojos lo decía todo.
No es que tuviera un gran culo, bastante plano y ancha de caderas, pero lucía dos poderosas tetas, que eran lo mejor de su anatomía.
Llevaba una camiseta demasiado escotada y, además, el sujetador ayudaba realzándolas y apretándoselas bien hacia arriba.
Me fue imposible no fijarme en aquellas tetazas, eran grandes, suaves, blanquitas y con las venas bien marcadas; de esas que te apetece chupar hasta que se te secan los labios.
La cena iba a ser una puta tortura con aquella mujer enfrente de mí.
Con tres copas de vino encima me dio igual que Raquel me sorprendiera varias veces con la vista clavada en sus pechos. Era ella la que se había vestido así para lucirlos. Y mis compañeros y yo como unos pardillos estuvimos toda la cena deleitándonos con aquellas poderosas tetas.
Tuve que levantarme al baño un par de veces para poder aliviar la erección que me provocó Raquel. Y al parecer no era el único que empezaba a estar excitado, cuando mi compañero entró al servicio conmigo, fue lo primero que me dijo.
―¡Joder!, ¡vaya tetas tiene la nueva!, ¡me cago en la puta, me está poniendo a mil!
Raquel hablaba poco, pero cada vez que lo hacía todos le prestábamos atención. Hizo un comentario sobre no sé qué de su marido. «¡Mierda, está casada!», pensé.
¿Y qué? Lo mismo me daba si estaba casada, pues como casi todos los que estábamos allí; sin embargo, cuando mencionó al marido, sentí una pequeña decepción.
Lo importante es que teníamos mucha noche por delante, que iba a poder disfrutar muchas horas de esas tetas.
Y además, me había fijado en que Raquel también vaciaba con facilidad su copa de vino.
Cuando iban a llegar los postres, tenía unos buenos coloretes en su blanca piel y ya no parecía tan seria como al principio, se estaba soltando y cualquier tontería que decíamos los chicos a ella le hacía mucha gracia.