9
Once meses más tarde nos invitaron a todos los trabajadores de Artonia S.
A. a una cena de despedida. Por fin se jubilaba don Arturo, que iba a dejar la empresa en buenas manos; ni más ni menos que en las de su yerno, Sergio.
No solo fuimos los trabajadores, también estaba su familia y los más allegados de don Arturo.
Celebraron una cena de gala en uno de los mejores hoteles de la ciudad, casi como si fuera una boda. Después del convite hubo copas, baile y mucha fiesta. Y una de las veces que estaba solo en la barra tomándome una copa se acercó a mí Cayetana.
―¡Eres un hijo de puta! ―dijo sin mirarme mientras esperaba a que la atendiera el camarero.
―Muchas gracias.
―No te creas que me he olvidado de lo que pasó, debería decirle a Sergio que te despidiera…
―Yo no tuve la culpa, te recuerdo que fuiste tú la que comenzaste todo… ¿Te acuerdas de lo que hiciste en la escalera? Además, cómo era eso que dijiste, ¿no habías tenido el mejor orgasmo de tu vida?
Cayetana me miró con cara de odio justo antes de que apareciera Sergio, que ya iba un poco pasado con el alcohol.
―Pero si están aquí Fernan y mi mujercita, ¿de qué estáis hablando vosotros? ―nos preguntó, abrazándonos a la vez.
―De nada, cosas nuestras, Sergio ―le dije, dándole unos golpecitos en la espalda―. Por cierto, si queréis que este año vuelva ponerme el disfraz de Papá Noel, no tienes más que pedírmelo, por un amigo hago lo que sea…
―Precisamente lo había hablado la semana pasada con Cayetana y estaríamos encantados de que repitieras.
―Yo encantado.
―¿De verdad que no te importa? ―me preguntó Sergio.
Me quedé mirando fijamente a la mujer de Sergio, esperando su reacción, no me podía creer que Sergio me estuviera diciendo eso en serio.
―¿A ti te parece bien, Cayetana?, ¿entonces, lo repetimos? ―pregunté yo.
―Eh, sí, sí, claro…, eeeeh… los niños se quedaron encantados con la sorpresa… ―balbuceó ella.
―Pues por mí sin problemas, contad conmigo para Nochebuena, ya voy a ir practicando el ¡jo, jo, jo!, bueno, pareja, os dejo solos, me ha gustado saludarte, Cayetana ―dije, dándole dos besos de despedida.
Ella me miró con los ojos abiertos como platos. No supe muy bien cómo definir su expresión, no sabía si era enfado, odio, indiferencia, lujuria o una mezcla de todo. Y Cayetana me mantuvo la mirada unos segundos, antes de dar un pequeño sorbo del elegante cóctel que se había pedido.