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Abrí la puerta y me encontré con Sergio, que tenía un buen enfado.
―Pero ¿dónde coño estabas, tío?, llevo más de diez minutos llamando a la puerta, al móvil de Cayetana y al tuyo…
―Buffff, perdona, es que tenemos mucho jaleo en el salón con la música y tal y los niños… Además, como has tardado tanto en venir, se me ha ido el santo al cielo y la verdad es que ni nos habíamos acordado de ti….
―Es que justo cuando iba a entrar me ha llamado un amigo, por eso me he demorado un poco más, pero tampoco ha sido tanto, luego venga a llamaros y llamaros y nada…, hasta me estaba preocupando…
Pasamos al salón y los tres niños seguían jugando con los regalos que les acababa de dar. Saltaron de alegría al ver a su padre y fueron a abrazarlo.
―¡Mira, papi, mira!, ¡¡es Papá Noel!!, ha venido a casa…
―Sí, ya veo, ¡anda, qué bien!, ¿estáis contentos?
―Sí, mucho.
―Y, por cierto, ¿dónde está Cayetana? ―me preguntó Sergio extrañado.
―Creo que ha subido a cambiarse y a probarse los regalos, jo, jo, jo…
―¡¡Muchas gracias por haber venido a visitarnos, Santa Claus!!… ―exclamó Sergio.
Y de repente apareció en el salón Cayetana. Ya se había recompuesto y bajaba perfectamente arreglada y maquillada, como si no hubiera pasado nada en su habitación.
―Pero, bueno, ¿qué es este jale… ? ―preguntó Cayetana, que se quedó sin habla cuando me vio junto a su marido.
Tuvo que apoyarse en una silla y su cara se descompuso al momento; se quedó blanca, como si le hubiera dado una bajada de tensión.
―¿Estás bien, Caye? ―dijo Sergio, acercándose a ella para ayudar a que se sentara.
―Sí, sí, estoy bien ―respondió ella sin dejar de mirarme, preguntándose quién coño era el que acababa de follársela.
―¡¡¡Bueno, chicos!!!, pues yo me voy a ir ya, dadle un abrazo a Papá Noel…
Los tres niños vinieron a abrazarme, después saludé a Sergio y me di dos besos con Cayetana mientras ella ponía cara de circunstancias.
―¡¡¡Jo, jo, jo, feliz Navidad, familia!!! ―exclamé antes de salir de su casa.
Tuve el tiempo justo para pasarme por mi piso, quitarme el maquillaje de la cara y pegarme una ducha antes de ir a cenar a casa de mis padres. En el coche llevaba una sonrisa de oreja a oreja.
Por la cara de tonta que puso Cayetana supe que jamás le iba a contar nada a su marido. Ese secreto se lo iba a llevar a la tumba.
Segurísimo.