Los relatos de David Lovia. 6
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Apoyó un pie en la cama, doblando la pierna, con sensualidad metió las manos bajo su vestido negro y se fue bajando lentamente las medias.

Yo no podía dejar de mirar cómo iba desnudando sus piernas delante de mí.

Me excitó terriblemente cuando se le subió el vestido y aparecieron durante un par de segundos sus braguitas negras de encaje.

Desde mi posición se le veía todo el muslo y Cayetana me miró mientras desenrollaba la pierna derecha hasta sacarse la prenda por completo. Luego apoyó el otro pie en la cama, dándome la espalda, y repitió la misma operación.

Ver cómo desnudaba sus increíbles piernas delante de mí hizo que me pusiera como loco de excitación.

Sabía que en cualquier momento iba a aparecer Sergio, pero ya me importaba una mierda.

Acababa de ver la imagen más erótica de mi vida.

En ese instante, no era consciente de que mi jefe me iba a pillar sentado en su cama observando a su mujer a un metro de distancia y de que a continuación me iban a echar a la puta calle.

Eso como poco.

Pero todavía la situación se puso más interesante cuando Cayetana sacó las medias de la cajita y se acercó a mí antes de empezar a ponérselas.

Apoyó el pie en la cama y se fue subiendo una hasta la mitad del muslo.

Eran unas medias de lencería que terminaban con unos preciosos adornos de encaje de color negro.

Parecían hechas a medida para las piernazas de Cayetana.

Me recosté un poco para que ella se diera cuenta de mi erección y también poder ver sus braguitas y ella sonrió al descubrir mis intenciones; con elegancia bajó el pie de la cama para subir el otro antes de girarse levemente.

Al terminar de ponerse la segunda media, se pasó las manos por las piernas para estirar la prenda sobre su piel y después bajó el pie y se quedó frente a mí. Al darse la vuelta me encontró con las manos sobre la colcha luciendo una buena empalmada bajo el disfraz, y yo señalé la cajita con el dedo.

―¿También quieres que me pruebe las braguitas? ―me preguntó colocándose la falda, que le llegaba justo por debajo de los glúteos.

―Jo, jo, jo ―afirmé moviendo la cabeza.

―Se nos va a hacer tarde, el suje no me lo pongo, eh... ―y sacó de la caja un tanga negro muy sensual, parecido a una braguita brasileña, pero con menos tela―. Nunca pensé que fuera a hacer esto delante de Papá Noel, ja, ja, ja… ―dijo Cayetana medio en bromas.

Y al tirar de su vestido hacia arriba, pude ver las braguitas que llevaba puestas, pero todavía quedaba lo mejor. Cuando comenzó a quitárselas, deslizándolas por sus largas piernas, mi polla palpitó de manera involuntaria.

¡Aquello era la hostia!

De espaldas a mí, pude ver la mitad de su culo desnudo y al ponerse el tanguita nuevo, tiró bien hacia arriba de él, incrustándoselo entre los glúteos.

―Estas medias me quedarían genial con unas ligas... por la noche me las pongo...

―Jo, jo, no ―y negué con la cabeza, señalando con el dedo hacia el suelo.

―¡¿Ahora?!, ¿quieres que vaya así a cenar a casa de mis padres?, este vestido es muy corto, se me verían las ligas...

Y yo me encogí de hombros, como si no me importara lo que me acababa de decir. Ella miró hacia mí y se dio cuenta de que no me pensaba mover hasta que hiciera lo que le había pedido y sin cortarme un pelo, me acaricié la polla delante de ella.

―Vaya, vaya, ¡cómo estás!

―Jo, jo, jo…

―Deja de hacer eso, que no sé por qué me gusta tanto, ja, ja, ja… Esta noche quiero que te vuelvas a poner el disfraz…, y te lo digo muy en serio… ―afirmó Cayetana, acercándose para sobarme el paquete por encima del pantalón.

Luego se sentó en la cama a mi lado y se calzó de nuevo los zapatos.

―Deberíamos bajar…, para que los niños te vean un poco más…

Cayetana se situó de pie frente al espejo y se retocó el maquillaje mientras yo permanecía sentado en la cama. Del primer cajón de la cómoda sacó un liguero y unas ligas y ni corta ni perezosa, comenzó a ponérselo todo delante de mí.

Desde mi posición no podía dejar de mirar su imponente culo al levantarse un poco la falda y todavía me puse más cachondo cuando Cayetana me pidió ayuda para las ligas.

Yo me arrodillé detrás de ella y le acaricié uno de sus muslos con las dos manos, antes de enganchar el corchete en el final de sus medias.

―Para, mmmmm, no me toques así, que... ―susurró Cayetana.

Y al incorporarme, me situé detrás de ella. Nos miramos a través del cristal y la mujer de mi jefe sonrió.

―¡Joder, es que parece que tengo aquí al mismísimo Papá Noel!, te ha maquillado Miren, ¿verdad?

―Sí ―le susurré al oído, acercándome a ella.

Puse las manos sobre su cintura y rocé su cuerpo con mi polla. Cayetana echó las caderas hacia atrás y restregó su culo contra mi paquete.

―¡Nooooo, Sergio!, ahora nooooo, espérate a la noche… ya bastante he hecho que me he puesto todo lo que me has pedido...

Pero en su cara podía ver lo cachonda que estaba.

Supongo que sería una fantasía sexual de ella, o algo por el estilo, pero que Papá Noel estuviera frotando la polla contra sus glúteos hizo que se le cambiara el gesto. Se mordió el labio y echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en mi hombro.

―¡Deberíamos parar!, ¡nooooo, aaaah, para, aaaah, por favor! ―me pidió prácticamente con un gemido.

Entonces tiré de su faldita hacia arriba y desnudé su culazo. Y antes de continuar, tuve que quedarme unos segundos contemplando semejante obra de arte cubierto tan solo por un pequeño tanguita negro.

―¡Sergio, noooo! ―me suplicó sacando el culo hacia fuera.

Con decisión tiré de su prenda más íntima y desnudé su fina y blanca piel. Cayetana tenía un culo grande, durísimo y bien proporcionado, se notaba que hacía mucho ejercicio, y la pena es que al tener puestos los guantes no pude apreciar lo suave que debía ser su piel.

―¿Qué haces, Sergio, mmmm? ―gimoteó apoyando las manos en la cómoda que tenía delante, con el tanguita a medio bajar.

De un tirón solté el nudo que mantenía el pantalón en mi cintura y la tela roja cayó hasta el suelo. Rápidamente me saqué la polla del calzón y la metí entre las piernas de Cayetana, apoyándome sobre su espalda.

―¡Aaaaah, joder! ¿En serio vas a follarme, uffff? ―me preguntó con su voz de pija mirándome a través del espejo.

En cuanto acerqué la polla a su coño, noté el calor que desprendía y lo húmeda que estaba.

Entonces escuché que alguien estaba llamando con la mano en la puerta de casa y sonreí.

Ella estaba tan cachonda que ni se dio cuenta, y los niños, encerrados en el salón con la música navideña a todo volumen, no escucharon nada.

El que llamaba era Sergio, que al darme las llaves no podía entrar en casa. Y ahora yo tenía vía libre para follarme a su mujercita, que se inclinó sobre la cómoda y abrió más las piernas para recibirme.

Y con decisión, me sujeté la polla con el guante blanco y la acomodé entre sus labios vaginales…