Los relatos de David Lovia. 5
74%

5

Parecía una escena de película, ella sostenía en la mano una pistola de juguete de uno de sus hijos y al fondo brillaba sin parar el árbol de Navidad.

Solo se escuchaban los villancicos y los lloros de la niña pequeña en el inmenso salón, que era más grande que mi piso.

Nadie decía nada y, para romper un poco el hielo, me descolgué el saco del hombro y lo puse en el suelo.

―¡¡Jo, jo, jo!! ¡¡Feliz Navidad!! ―grité en alto.

Los dos niños enseguida reaccionaron y fueron a abrazarme; cogí una silla, me puse frente a la chimenea y los niños se sentaron en mi regazo.

Yo les fui preguntando sus nombres y si se habían portado bien y luego saqué los regalos que llevaban puestos los nombres de cada uno.

La pequeña no se atrevió a sentarse conmigo y acompañada de la mano de Cayetana se acercó hasta mí para recibir su paquete.

Entonces sucedió algo que no me esperaba, y es que Cayetana se sentó en mi regazo, plantando su culo en mi muslo. Sabía que aquella mujer era infantil, pero no me imaginé que tanto.

―¿Y para mí no hay regalo? ―me preguntó abrazándome por detrás.

―Por supuesto, jo, jo, jo… ―contesté sacando dos cajitas, una pequeña y otra un poco más grande, con forma rectangular.

―Yo también me he portado muy bien… ―sonrió Cayetana dándome un beso antes de bajarse.

Me quedé atorado y ciertamente confundido. Al calor de la chimenea y bajo el disfraz había comenzado a sudar y tuve miedo de que se me pudiera correr el maquillaje. «Tranquilo, Fernan, solo tienes que aguantar diez minutos más».

Cayetana era incluso más guapa de como la recordaba, una mujer de 1,75, que a punto de cumplir los 40 estaba más impresionante que nunca.

Por lo que comentaba Sergio, todos los días iba por su chalé un entrenador personal de fitness que estaba haciendo un gran trabajo con ella.

Tenía la cintura bien marcada y un culo que seguía igual de grande, pero ahora duro y redondo.

Una jodida obra de arte, pero no solo era eso, se había teñido su pelo rizado y lo llevaba más rojo, pero muy natural, lo que le daba un toque muy sensual y ahora sus ojos grandes le sentaban fenomenal a su rostro más maduro.

Todavía no había reaccionado a lo que había pasado cuando me puse de pie.

Los niños y Cayetana ya habían abierto sus regalos y me quedé observando a la familia de Sergio.

Ella sacó de la cajita un anillo con una piedra de color azul y en el otro paquete había un conjuntito íntimo con braguitas, sujetador y medias de colo negro hasta medio muslo.

Solo de pensar en cómo le debía quedar eso puesto hizo que me pusiera más nervioso. Cayetana me miró con cara de niña traviesa y se acercó a mí con la caja del conjuntito en la mano.

―Esta noche lo probamos… ―me susurró al oído.

Yo me quedé de piedra. No entendía nada de lo que estaba pasando, solo deseaba que llegara Sergio para que los niños me vieran junto a él y salir pitando de allí.

Entonces Cayetana me cogió de la mano, los tres niños estaban como locos jugando con sus regalos y ya no me prestaban atención.

Con disimulo me sacó del salón y a los pies de la escalera, que conducía a las habitaciones, me dijo:

―¡Estás increíble, pareces otro! ¿Quieres que me ponga las medias para la cena de esta noche? Por cierto, ¡cómo me conoces!, uffffff…, ¡¡me encanta el anillo!!

¡De eso se trataba! ¡¡¡Cayetana me había confundido con Sergio!!!

Parecía de coña, pero la idea no era tan descabellada; los dos éramos grandes, con la espalda ancha y una complexión muy parecida.

Bajo ese maquillaje podía estar cualquiera y aquella noche, sin darme cuenta, me había echado la colonia que usaba Sergio y que solo me ponía en días muy especiales.

Además, había entrado con sus llaves, que llevaba en la mano cuando pasé al salón.

Y por sorpresa, ella me echó la mano al paquete.

―¡Ni te imaginas lo que me pone verte con ese disfraz!

, ja, ja, ja, ¡ni se te ocurra devolverlo, eh!

―me amenazó con voz sensual mordiéndose los labios, mientras me restregaba la mano por la polla, que empezó a cobrar vida bajo el pantalón rojo.

Y al mirar hacia abajo vi la piedra azul de su anillo masajeando el bulto, que no paraba de crecer y crecer.

―¡Mmmmm, cómo se está poniendo esto! ―ronroneó Cayetana con su voz infantil de pija.

Intenté apartarle la mano, la situación era muy delicada para mí.

Estuve a punto de decirle que se estaba equivocando de persona, pero la escena era tan embarazosa que me daba vergüenza desvelar mi verdadera identidad.

Ella me había tocado la polla y ya no había vuelta atrás.

Solo quedaba que llegara Sergio y salir cuanto antes de allí lo más dignamente posible.

Cayetana entró al salón, yo seguía al borde de la escalera y escuché que les decía a sus hijos:

―¡No os mováis de aquí, voy a subir un momento a la habitación con Papá Noel a probarme su regalo! ―les explicó antes de cerrar la puerta.

Aquellas palabras hicieron que me temblaran las piernas. Cayetana llevaba en la mano la caja con el conjuntito de ropa interior y parecía que su intención era ponérselo delante de mí. No podía dejar que esa bola de nieve continuara creciendo.

Tenía que plantarme ya.

Entonces Cayetana me cogió de la mano y tiró de mí, escaleras arriba, para que la acompañara a su habitación.

Yo, como un tonto, me dejé llevar. Intenté decirle que no era Sergio, que no era a su marido al que arrastraba a su dormitorio y que se estaba equivocando, pero no me salían las palabras.

De verdad que no. Y en cuanto me metió en su habitación y cerró con llave, supe que estaba perdido.

La estaba cagando pero bien.

Me senté en la cama y tragué saliva antes de que Cayetana se descalzara y comenzara a quitarse las medias...