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Estuve trabajando toda la mañana con el paquete que me había dado bajo mi mesa.
Dentro había un disfraz. Sergio le quería dar una sorpresa a sus tres hijos y esta consistía en que Papá Noel pasara a visitar a su familia por su magnífico chalé.
Lo que empezó siendo una broma en la cafetería entre varios compañeros terminó convirtiéndose en realidad.
Y claro, Sergio necesitaba a alguien que se pusiera el disfraz.
Decía que él no podía hacerlo, ya que su hijo mayor de siete años estaba con la mosca detrás de la oreja porque algún cabrón le había dicho en el colegio que Santa Claus y los Reyes Magos eran los padres, y al final me lo propuso a mí.
Esta vez intenté negarme, por ahí sí que no iba a pasar, pero no debí sonar muy convincente, porque al final acabé tragando.
Como siempre.
«Total, no pasa nada porque llegues un poco tarde a cenar con tus padres, al fin y al cabo, no tienes hijos ni mujer», me soltó Sergio sin pestañear.
Pero no era solo ponerme el disfraz, Sergio quería que aquello fuera tan real que había llamado a una maquilladora amiga suya para que prácticamente me cambiara la cara. Ese día 24 me dejó salir un poco antes del trabajo y me fui a casa de su amiga.
Le tuvo que costar una buena pasta el trabajo que me hizo una tal Miren, casi dos horas de retoque profesional para envejecer mi rostro por la zona de los ojos y dejarme la nariz a punto.
El disfraz no era de estos cutres tampoco, Sergio se había gastado más de 200 euros en él, no solo la tela era buena, es que hasta la jodida barba parecía de verdad.
Solo tuve que rellenarme un poco la barriga y cuando me miré en el espejo era el vivo reflejo de Papá Noel.
Pero todavía me faltaba una última humillación antes del encargo de mi jefe.
Unos cuantos de la empresa habíamos quedado por la tarde en un pub para tomar una copa de champán y yo me presenté vestido de Papá Noel entre las risas y las bromas de mis compañeros, que sabían perfectamente que Sergio andaba detrás de aquello.
Por supuesto, él también vino, quería cerciorarse de que yo estaba perfecto para dar la sorpresa a sus hijos.
Sobre las siete de la tarde nos despedimos de los compañeros de trabajo y me quedé a solas con Sergio.
Fuimos caminando hasta su coche y me enseñó un pequeño saco de tela que contenía los regalos de sus hijos y de Cayetana.
―¡Menuda sorpresa se van a llevar!, ¡¡estás increíble!
!, pareces el puto Papá Noel de verdad, ni Cayetana sabe nada de esto, ja, ja, ja, ja, ¡vaya cara van a poner cuando entres!
, ¡qué pena que no pueda verlo!… A ver, Fernan, recuerda el plan, tienes que entrar, darles los regalos a todos y hablar un poco con los niños.
A los diez minutos me presentaré yo, para que al verme contigo se den cuenta de que Papá Noel existe de verdad… y no soy yo, claro…
―¿Tu mujer no sabe que voy a ir?
―Bueno, le he dicho que esté preparada, pero no se imagina lo que va a pasar…
―No sé, Sergio, no lo veo nada claro…
―Te queda de diez el traje y vaya trabajo ha hecho Miren, te ha maquillado de maravilla… Bueno, pues nada más, toma, te doy las llaves de casa y entras tú. Le voy a decir a mi mujer que tenga a los niños preparados en el salón…
―¿Entro yo solo… con el saco?
―Sí, claro, y vas repartiendo los regalos antes de que llegue yo…
―De acuerdo…
―Ahora nos vemos, Fernan…
Fui conduciendo hasta la casa de Sergio. Antes de bajarme del coche eché un último vistazo en el espejo retrovisor. Solo se me veían los ojos, la nariz y las gafas redondas. Pero era inconfundible.
Sergio tenía razón. Parecía el mismísimo Papá Noel.
Mi jefe me esperó metido en su coche y al verme me hizo una señal con el pulgar, dándome el ok. Me eché el saco de los regalos al hombro y entré en el porche de su casa. Tembloroso metí la llave y en cuanto abrí escuché villancicos navideños.
Cerré la puerta y me dirigí al salón, donde estaba su familia.