Los relatos de David Lovia. 3
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Un mes más tarde entró Sergio en la empresa y los primeros meses estuvo bajo mi cargo.

Yo le enseñé todo lo que tenía que saber, y Sergio aprendió deprisa.

Además, el muy cabrón estaba bien preparado, era un completo necio en el trato personal con los demás, pero para los negocios era bueno, tenía muy buena formación, con unos cuantos másteres y controlaba varios idiomas; inglés, francés, un poco de alemán y chino.

Yo solo hablaba inglés y no con toda la fluidez que me gustaría, y en una empresa que cada vez se estaba abriendo más al extranjero, eso era fundamental.

Por supuesto, Sergio me pasó por la derecha y en un par de años ya era mi jefe, pero no se quedó ahí, y fue ascendiendo poco a poco hasta llegar a su actual puesto de COO.

Hasta olía de maravilla el hijo puta.

Y no solo lo tenía que aguantar en el trabajo, también coincidíamos en el gimnasio, y se puede decir que yo era el único con el que se llevaba medio bien en la empresa.

Al menos el único que lo soportaba, hablando claro.

Desde el principio me siguió llamando Fernan delante de todos y al final terminaron llamándome así en la empresa.

Tantos años dejándome el lomo en el curro para terminar siendo Fernan, el amigo de Sergio.

Poco a poco fui cediendo ante él, primero con pequeños favores, claro, era el jefe, no podía decirle que no, y con el paso de los años terminé poco menos que su secretaria.

La gota que colmó el vaso fue el día que él tenía una reunión importante con un grupo asiático y me pidió que le lavara el coche para tenerlo impoluto cuando se fuera a comer con ellos.

Y yo, como un gilipollas, lo hice y se lo dejé impecable en su plaza de parking.

Desde ese día ya no supe decirle que no a nada; no solo eran temas de trabajo, que por supuesto me pasaba para que yo me ocupara de mucho más volumen del que me correspondía, también me encomendaba otras tareas personales, reservas en hoteles o restaurantes, enviarle flores a su mujer, recogerle ropa de la lavandería…

Era su secretaria personal.

Fue un proceso lento, paulatino, pero Sergio había conseguido hacer de mí poco menos que su perrito faldero, y me convertí en una caricatura en el trabajo.

Algunas veces me llevaba de viaje, nos recorrimos parte de Europa y varios países asiáticos, y yo me tenía que encargar de todo, como si fuera su asistente.

Había desarrollado una especie de dependencia con Sergio, y hasta copié su manera de vestir e incluso me compré la colonia que él utilizaba para oler igual.

Vivía por y para Sergio. Hasta que llegó aquella Navidad y la última ocurrencia de mi jefe.