Los relatos de David Lovia. 2
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Conocía a aquel cretino desde mi época universitaria, habíamos empezado juntos la carrera y la terminamos a la vez. No solo en la misma promoción, también en la misma clase.

En cuanto lo vi, se me vinieron a la cabeza todos los recuerdos.

Sergio y yo nunca fuimos amigos en la universidad, éramos más bien conocidos, nos hablábamos, pero poco más.

Lo veía en todas las fiestas, jugamos muchas veces al fútbol sala y era el típico guaperas que siempre estaba rodeado de mujeres y se saltaba la mayoría de las clases.

Más de una vez, cuando se acercaban los exámenes, venía a pedirme los apuntes para fotocopiarlos, y yo se los dejaba como hacía con otros muchos estudiantes.

Por aquel entonces me eché una novia en la universidad, Irene, una chica muy guapa, con la que estuve casi cuatro años.

Hacíamos muy buena pareja, y yo, sinceramente, pensé que era la mujer de mi vida, pero a falta de tres meses para terminar la carrera me llegaron rumores de que Irene me había sido infiel.

Cuando se lo pregunté a ella, se echó a llorar y me dijo que la perdonara, que había sido un error y que no iba a volver a pasar.

Le pregunté con quién me había puesto los cuernos, pero mi entonces novia no me lo quiso decir.

Por supuesto, mi relación de pareja con Irene se terminó y unas semanas más tarde me enteré de que me había engañado con Sergio.

Lo sabían todos mis colegas menos yo. Un viernes que Irene salió de fiesta con sus compañeras de piso, terminó en su coche chupándole la polla y cabalgando sobre él antes de que se corriera dentro de mi novia.

No quise decirle nada a Sergio ni discutir con él, ¿para qué? Estuve unos meses desolado por completo y me centré en los estudios y los exámenes; a final aprobé la carrera con muy buena nota. Pensé que no iba a volver a saber nada de ellos, ni de Irene ni de Sergio.

Hasta el día de la boda.

Tengo que reconocer que Cayetana iba guapísima.

Espectacular. Era una mujer de bandera y supuse que, debido a su personalidad, Sergio no había tenido ningún problema en ligársela.

El muy cabrón había dado el braguetazo con ella.

Lucía radiante con su vestido blanco y acompañada de don Arturo entró en la iglesia.

En cuanto la vi, me siguió pareciendo la misma niña de papá con ese lado inocente e infantil.

La boda fue una pasada, no le faltó detalle. Yo intenté evitar a Sergio todo lo que pude, había tantos invitados que pensé que no iba a tener problemas, pero a la hora del baile, con unas copas ya encima, me descuidé un poco y cuando me quise dar cuenta tenía a Sergio a mi lado.

Él también me reconoció.

―¡Hombre, pero si es el Fernan! ―dijo utilizando el diminutivo que solo utilizaban mis amigos de la universidad―. ¡Vaya sorpresa!, ¿y qué haces tú en mi boda?

―Trabajo con don Arturo…

―¿En Artonia?

―Sí…

―¡Joder, qué casualidad!, el mes que viene empiezo yo allí…

¡Qué suerte la mía! Lo que me faltaba, que en mi empresa entrara Sergio, que además era el yerno del jefe.

―Ah, pues bien ―dije como un imbécil.

―¿Y qué tal te va todo?, ¿sigues con la chica esa con la que estabas en la universidad?, ¿cómo se llamaba?, Irene, ¿no?

La desfachatez de aquel individuo no tenía límites, siete años sin vernos y lo primero que me preguntaba era por mi ex, con la que lo había dejado porque me puso los cuernos con él.

No sé si es que se había follado a tantas que realmente no lo recordaba o es que me estaba puteando.

Sinceramente, aquel día pensé que ni se acordaba de que se había tirado a mi novia en su coche.

Irene solo había sido una más de las muchas con las que había estado.

―No, lo dejamos antes de terminar la carrera…

―Vaya, es una pena, ¿y ahora estás con alguien?

―No, he venido solo…

―Bueno, pues disfruta, me alegro mucho de verte, Fernan, pásalo bien, y dentro de poco nos vemos en el curro…

Al dejarme me invadió una sensación desagradable, me lo estaba pasando muy bien, pero hablar con él me cortó el rollo por completo.

Se me vinieron a la cabeza muchos recuerdos y me fui inmediatamente de la boda.

No soportaba ver a ese tío ni un segundo más haciendo sus gansadas en la pista de baile y bailando con su imponente mujer.

La vida le seguía sonriendo igual que siempre y yo me sentí como un despojo en ese momento.

Físicamente me encontraba atractivo, era alto y fuerte, igual que Sergio, pero desde la separación con Irene no había vuelto a tener una novia seria.

Sí, muchas follamigas y relaciones de un par de meses como mucho, pero nada más.

Yo creo que nunca llegué a superar aquella ruptura tan traumática, lo que me dificultaba a la hora de volver a confiar en una mujer para rehacer mi vida.

Por aquel entonces, a mis 31 años, me decía a mí mismo que me encantaba mi vida de soltero; tenía un buen sueldo en Artonia S.

A., me había comprado un pisito de dos habitaciones en una buena zona y hacía lo que quería sin tener que dar explicaciones a nadie: viajes, gimnasio y entrar y salir de casa cuando me diera la gana.

Pero aquel día de la boda me sentí mal, todos los compañeros de trabajo fueron con sus parejas y yo era el único que estaba soltero. Fue como si se tambalease mi proyecto de vida, del que tanto me había vanagloriado.

Y además estaba lo de Sergio. Iba a tener a aquel cretino como compañero de trabajo. ¡Menuda puta mierda!