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No tardó en aparecer mi jefe, Sergio, y enseguida me llamó para que entrara a su despacho.
―Ya lo tengo todo preparado ―dijo dándome el paquete, que contenía el disfraz―. Esta noche, después de la copa de champán, hacemos lo que habíamos planeado…
―Vale, luego hablamos ―respondí y salí de su despacho con el paquete que me acababa de entregar.
No me sentía con fuerzas de decirle que no. Eran tantos años aguantando a aquel impresentable que prefería hacer lo que me pidiera antes que discutir con él. Algunos psicólogos dirían que había desarrollado una especie de síndrome de Estocolmo con mi jefe, y no les faltaba razón.
Mi relación con aquel tío no era normal, incluso rozaba lo patológico.
Llevaba más de quince años trabajando en la empresa, siempre al lado de don Arturo, un famoso empresario que había levantado aquello de la nada.
Don Arturo tenía varios asuntos con los que ya había amasado un buen patrimonio, pero era un visionario, y él sabía que tarde o temprano aquel negocio de importación y exportación de productos le iba a dar mucho dinero.
Trabajábamos principalmente con la alfalfa, exportándola a todos los países del mundo. Era un negocio tan productivo que cuando empezamos a rodar apenas éramos cuatro y ahora la empresa tenía casi cien trabajadores.
Entre ellos, Sergio, que había entrado a trabajar mucho más tarde que yo, unos ocho años atrás, pero que había ascendido en el organigrama casi en vertical.
Ahora era el COO, como le gustaba decir en inglés, el Chief Operating Officer, más o menos el director de operaciones y mano derecha de don Arturo.
También era su yerno.
Y es que recuerdo perfectamente el día que don Arturo me invitó a la boda de su hija.
La empresa ya había despegado e invitó a los trabajadores que llevábamos con él desde el principio en esa aventura.
Apenas conocía a su mujer y a su hija, Cayetana, de un par de cenas en las que habíamos coincidido.
Por aquel entonces, Cayetana tenía 31 años, como yo, era una mujer imponente, alta, con los ojos muy grandes y una media melena rizada de color rojizo.
Tenía buenos pechos, pero lo que más llamaba la atención en ella eran sus kilométricas piernas, que terminaban en un culo grande y voluminoso bien redondo, que destacaba en su esbelto cuerpo.
Aquella mujer era muy guapa, una niña de papá pija y consentida que no había dado un palo al agua en su vida.
Lo poco que había estado en contacto con ella me había parecido muy buena gente, pero ridículamente infantil, con una inocencia impropia para la edad que tenía.
El día de la boda llegué con mi mejor traje y me puse con mis compañeros de trabajo, que iban acompañados de su pareja.
Yo era el único soltero por aquel entonces.
El novio apareció en un coche de época, del que se bajó acompañado de su madre.
Y entonces lo reconocí. Claro que lo hice, en cuanto puso un pie en el suelo.
Era Sergio. Creí haber cerrado aquella pesadilla, pero qué equivocado estaba. Mi pesadilla no había hecho más que comenzar.