Los relatos de David Lovia. Capitulo 8 El reservado
53%

Capitulo 8 El reservado

Mientras los chicos fueron a la barra a pedir unas copas, Carmen y yo nos quedamos a solas en el reservado.

Me generaba mucha curiosidad aquel lugar.

Me puse en pie, nerviosa y empecé a examinar los cuadros que decoraban las paredes.

No eran más que láminas enmarcadas con imágenes de siluetas desnudas, pero necesitaba hacer algo para aplacar mis nervios.

En cierta manera me incomodaba un poco estar a solas con ella, me había acostado con su marido y nunca hablamos de ello.

No tenía muy claro qué opinión tendría Carmen de mí, y no debería importarme, pero lo hacía.

La relación que tuvieran con Matías era asunto suyo, sin embargo, necesitaba sincerarme con ella.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó como si pudiera leerme la mente.

—Un poco sí, por la novedad de la experiencia supongo.

—¿Es tu primera vez?

—Ehmmm…. Sí, en un local así.

No sabía ni qué estaba respondiendo. ¿A qué se refería? ¿Mi primera vez en un local así o a solas con una pareja? Carmen permanecía sentada, sonriendo sin quitarme los ojos de encima. Incluso de espaldas a ella sentía su mirada. ¿Cómo podía estar tan calmada? ¿Nada perturbaba su paz?

Su aparente tranquilidad y seguridad me ponían todavía más nerviosa.

Me faltaba que reaccionara de alguna forma, soltara cualquier comentario, algo que me facilitara entenderla, empatizar con ella.

Poner un poco de cordura a toda aquella situación.

Pero no logré esclarecer nada. Carmen parecía de hielo, un agradable témpano inquebrantable.

—Ya estamos aquí, chicas —dijo Matías al entrar en estampida en el reservado.

Siempre tenía una energía arrolladora aquel hombre.

Sin preguntar se sentó junto a mí y dejó un espacio para que Marcos se situara cerca de Carmen.

Me pareció un buen plan, así podríamos entablar conversación por separado y mi marido se soltaría un poco con ella y dejaría de estar pendiente de mí y Matías.

Di un sorbo a mi copa y me pareció que estaba cargadísima, pero tenía un fondo afrutado que me encantó.

Todavía sentía en mí el efecto del vino de la cena.

La luz tenue, la música de ambiente y la situación ayudaban a que mi actitud fuera más distendida de lo normal.

Por un segundo me pregunté qué estábamos haciendo allí, pero ni me respondí.

No quería dedicar tiempo a cuestionarme.

A veces dejarse llevar es la mejor opción y aquella era una noche perfecta para ello.

Estaba harta de pensar siempre en las consecuencias, en hacer lo correcto, en ser ejemplar.

En verano rompí con esa tendencia comportándome como jamás me hubiera imaginado y me sentí muy viva, la adrenalina recorrió mi cuerpo hasta incluso unos días después.

Recuerdo la vuelta a casa de aquel verano, los olores e imágenes de aquella caravana se tatuaron en mi alma.

No por el sexo, que estuvo muy bien, sino por la decisión.

Creo que fue la primera vez que me atreví a hacer sin preguntar.

—¿En qué estás pensando? —me preguntó Matías acercándose a mi oído.

—En este verano —respondí con toda la intención.

—¿En la playa? —dijo guiñando un ojo.

—En tu polla.

Sí, acababa de decir que estaba pensando en su polla. ¿Qué me pasaba? Era como tener un angelito y un demonio mientras hablaba con aquel hombre sentado frente a mí. ¿Qué tenía para ponerme así? Esa mezcla de prohibido, novedad, experiencia, me excitaba y atraía.

—Vaya, Martita, vas fuerte esta noche.

—¿Por qué nos has traído aquí? ¿Para hablar del tiempo? —seguí en una actitud provocadora, más que nunca. Me encantaba aquel juego.

—No lo sé, ¿para qué crees que te he traído?

—Para follar delante de mi marido.

—¿Y eso te gustaría?

—Puede…

Mis respuestas lo estaban poniendo a mil, el bulto en sus pantalones era más que evidente. Se abalanzó un poco más sobre mí y me puso la mano en el muslo. Le costaba controlar el impulso, sabía que yo tenía ganas, pero no iba a dar el primer paso. Quería jugar un poco más.

—¿Qué te parece mi falda? Me la he comprado pensando en ti.

—Me encanta, pero me gustas más tú. Y cuéntame, ¿qué más has hecho pensando en mí?

—Alguna noche me he tocado, despacio, colando mis dedos por debajo de mis bragas para hundirlos dentro de mí.

—Mmmm… si sigues así me va a costar no besarte.

—Mientras me metía los dedos recordaba aquella noche y en ti dentro de mí, embistiéndome. Me corría susurrando tu nombre.

Matías se me acercó más y me apartó el pelo a un lado para tener vía libre a mi cuello.

—Marta… —me susurró al oído.

Solté un leve gemido, un escalofrío me recorrió al sentirlo tan cerca. Subió la mano por mi muslo hasta la cintura acariciándome las tetas. Descrucé las piernas y me aparté un poco para rozar mi nariz con la suya mirándonos a los ojos.

—Matías… —respondí mordiéndome el labio.

La tensión del momento se desató en un beso apasionado. Su lengua buscaba la mía, clavé mis uñas en su muslo y él subió la mano hasta mis tetas, acariciándolas por encima del jersey.

No había marcha atrás.