Capítulo 4 El pub
Matías propuso acercarnos a la barra y pedir unas copas, me puso la mano en la espalda para que lo acompañara. Sentí sus dedos por encima de la ropa y conecté con aquella noche en la autocaravana. Se me aceleró el corazón y tenía la boca seca, necesitaba beber algo.
Los camareros estaban ocupados atendiendo a otros clientes, el volumen de la música no me dejaba escuchar bien a Matías y acerqué mi oreja a su boca apartándome a un lado el pelo.
Tenerlo tan cerca provocaba que se me erizara la piel, mi cuello estaba expuesto a su boca y mi marido a escasos metros viendo la escena.
¿Le estaría molestando verme así? Me apoyé en la barra e incliné un poco la espalda para darle un primer plano de mi culo a Marcos para que se deleitara con él.
Solo él y yo sabíamos que debajo de aquella falda llevaba un pequeño tanga rojo, eso lo volvía loco.
Antes de conocer a Marcos había tonteado con alguna chica, pero ya no solían llamarme la atención. Sin embargo, después del vino de la cena, mi imaginación se disparó y me vi en la cama con aquella chica y Matías.
—¿Te gusta? —preguntó con una sonrisa pícara.
—Es muy guapa.
—Me encantaría veros juntas. Sería un espectáculo —añadió esperando mi respuesta.
—¿Ya vamos a empezar?
—Hace rato que he estoy en ello... —dijo sentándose en un taburete frente a mí mientras la camarera servía las bebidas.
—No esperes nada de mí hoy, solo es una cena de amigos y una copa para pasar un rato divertido.
—Claro, eso es.
Ese tipo de respuesta me daban mucha rabia. Tan sobrado, creyendo que controlaba la situación cuando quien tenía la sartén por el mango era yo. Lo que ocurriera aquella noche sería solo si a mí me daba la gana, así que ya podía ir bajando esos humos.
Sin darme tiempo a pagar mi parte, Matías sacó uno de entre tantos billetes que llevaba en la cartera y pagó las copas de todos. Otro gesto que me molestaba, se creía el gallo del corral. Necesitaba con urgencia ponerlo en su sitio.
—¿Has convencido a tu marido para ir a «El rombo morado»?
—Todavía no tengo claro que me apetezca ir, no sé si me apetece estar en un sitio así.
—Seguro que te encantaría, lo podríamos pasar muy bien.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué haríamos allí?
—¿Quieres que te lo explique? —preguntó acercándose a mi oído y bajando una mano por mi cintura hasta posarla sobre mi culo.
—Dame detalles
—No necesito dártelos, por como se te eriza la piel ya sé que tienes ganas de ir —dijo susurrándome al oído.
Estaba vendida, pero no quería darle señales de derrota todavía. Me apetecía jugar un poco más, siempre me ha gustado ese tira y afloja.
—La verdad es que estoy cansada, el vino de la cena me ha tumbado.
—Si quieres te hago un masaje, tengo experiencia.
—No gracias, lo de este verano no se repetirá.
—¿Estás segura?
—Segurísima. Aquella noche estuvo bien, pero solo fue eso, una noche.
No respondió, se limitó a sonreír y alejarse un poco de mí.
En aquel momento se acercó Carmen para llevarse su copa y la de Marcos sin decir nada.
Miré de reojo a mi marido, no me quitaba la vista de encima, parecía nervioso.
Me gustaba aquella situación, hacía mucho tiempo que no sentía ese morbo.
Me moría de ganas de follar con Matías delante de Marcos, pero ¿cómo iba a plantearle algo así?
Quizá el local de intercambio diera pie a la situación, de forma más natural, menos forzada.
Mi imaginación viajó hasta aquel lugar que no conocía, sentí en mi piel las sensaciones y recreé en mi mente el encuentro.
Quería ir, solo por ver el ambiente. No estábamos obligados a hacer nada. Convencer a Marcos no sería un problema, ya tenía pensada la estrategia para conseguir lo que quería. La verdad, siempre ha sido muy fácil de convencer.
Me acerqué un poco a Matías buscando su contacto.
—Me apetece conocer el club y ver el ambiente.
—Qué rápido has cambiado de opinión.
—Nunca he estado en uno, ya va siendo hora de ver como es.
—Te va a encantar, ya verás.
—¿Sí? —pregunté emitiendo un ligero gemido para provocar todavía más su acercamiento.
—Martita, no me hables así que me conozco.
—Me encanta provocarte —añadí en el mismo tono.
Me puso de nuevo la mano en la espalda.
—Baja un poco más, quiero sentir tu mano en mi culo.
—¿Te apetece un azote? —preguntó en tono burlón.
—Todavía no —respondí sonriendo.
Me dirigí hacia Marcos y cambié el semblante para que no viera la seguridad que desprendían mis intenciones. Sin saberlo, ya estaba convencido.