Capítulo 3 El restaurante
Llegamos puntuales al restaurante. Para mí la situación no era nada agradable y ya se lo había advertido a Marta antes de salir de casa: «Cenamos y nos volvemos, no quiero ninguna tontería esta noche».
No tardaron en aparecer Matías y Carmen.
A diferencia de como los recordaba, vestidos cambiaban mucho, no se parecían en nada a cuando estábamos en el camping, siempre en bermudas o con ropa veraniega.
Él sonrió en cuanto nos vio y se acercaron a nosotros estrechándome la mano y dando dos besos a mi mujer, mientras yo también saludaba a Carmen.
Parecía diez años más joven que cuando estábamos en el camping.
Y a Matías también lo veía cambiado, con unos vaqueros, un jersey rojo de Lacoste y una camisa a cuadros, era muy distinto al señor barrigudo que se pasaba todo el día en bermudas y la toalla al cuello.
―¡Qué alegría veros de nuevo! No pensé que aceptaríais la invitación ―nos dijo efusivamente Matías―. Bueno, ¿y dónde habéis dejado a Adrián?
―Con mis padres ―respondió Marta.
―Seguro que está muy guapo, nos hemos acordado mucho de vosotros estos meses...
Aquella frase no sé si la dijo con doble sentido, pero quise entender que se refería a la familia y lo bien que lo pasamos aquellos días de verano.
Enseguida nos llamaron para entrar a cenar, Carmen y mi mujer se adelantaron y Matías se quedó mirando el culo de Marta descaradamente.
En un principio lo vi algo normal, yo hubiera hecho lo mismo, lo que no me gustó fue cuando me puso la mano en la espalda como si fuéramos dos colegas de toda la vida.
―Marcos, ¡qué bueno estar de nuevo con vosotros! No pensé que... ya sabes, los campings son zonas de paso y se conoce a mucha gente que no vuelves a ver en la vida.
―Sí, la verdad es que fue una sorpresa cuando Marta me contó que la llamaste.
―Nunca habíamos estado aquí, espero que por lo menos nos enseñéis un poco la vida nocturna de la ciudad.
―No teníamos pensado salir después de cenar, creo que...
―Nada, nada, luego por lo menos os quedáis a tomar una copa, eh, no nos podéis hacer ese feo.
―Ya veremos...
En cuanto nos sentamos a la mesa hizo como que no me había escuchado.
―Le comentaba a Marcos que luego salimos a tomar una copa. Marta, a una sí que os apuntáis, ¿no?
Mi mujer me miró esperando que yo contestara.
Estaba serio y lo último que me apetecía era salir de fiesta con ese tío.
Tampoco debía haber aceptado venir a la cena y desde el principio no me estuve nada a gusto.
Tenía una sensación muy extraña en el estómago, me encontraba ridículo sentado en la misma mesa que ellos.
El muy cerdo se había tirado a mi mujer delante de mis narices y ahora parecíamos amigos de toda la vida.
―No mires a Marcos, él está encantado de que vayamos luego a tomar algo ―le dijo Matías a mi mujer.
―¿Seguro? ―me preguntó Marta.
Todos me miraban esperando mi respuesta, y no quise quedar como el gilipollas que estropeaba la noche.
―Está bien, pero solo una...
―¡Eso es! ―dijo Matías dándome otra palmadita en la espalda.
Yo solo quería que empezáramos a cenar y que pasara la noche cuanto antes. Sabía que esos nervios no se me iban a quitar hasta que regresáramos a casa, y la cosa se puso peor cuando miré a Carmen y ella sonrió asintiendo con la cabeza.
Estos dos no habían quedado con nosotros solo para cenar. Tenían algún plan en mente y todos los allí sentados lo sabíamos. Incluida mi mujer.
El camarero nos trajo la carta para que pidiéramos los segundos platos. En la reserva ya elegimos el menú que nos iban a servir. Había varios entrantes para compartir y luego cada uno tenía que elegir lo que quería de segundo.
―¿Qué vino nos recomendáis? ―le preguntó Matías al camarero.
Le detalló los que entraban en el menú y finalmente se decidió por uno. No tardó en venir con un par de botellas y después de que el camarero nos llenara la copa a todos Matías la levantó para proponer un brindis.
―Por nosotros y porque esta noche lo pasemos muy bien...
Al beber cometí el error de mirar a Carmen y ella ya estaba pendiente de mí, esperándome.
No pude evitar recordar la famosa noche del camping y los gemidos de Marta se vinieron a mi cabeza.
Como por arte de magia mi polla reaccionó bajo los pantalones y todavía me sentí más confuso sin entender lo que estaba pasando cuando observé como Matías y Marta se miraban fijamente a la vez que bebían de sus copas.
La comida estaba deliciosa y por lo menos tenía que reconocer que con Matías no te aburrías.
No paraba de contar anécdotas, cada cual más graciosa y mi mujer se reía con las ocurrencias del madurito.
Yo intentaba odiarle, pero incluso a mí, me sacó la sonrisa un par de veces.
Carmen era todo lo contrario a él, una mujer reservada y misteriosa, apenas hablaba, aunque se notaba que estaba atenta a todos los detalles, lo que decíamos, lo que comíamos, nuestros gestos...
El vino bajaba que daba gusto, y Matías levantó la mano para que nos trajeran otras dos botellas.
―No tenéis que conducir, ¿no?
―Ufff, yo no voy a beber más, que enseguida se me sube a la cabeza, como sigamos a este ritmo nos bebemos una botella cada uno ―respondió mi mujer.
―¡Tonterías! Seguro que hace siglos que no salíais así de cena.
―Pues desde que nació Adrián, no nos gusta dejarle en casa de nadie, cada uno tiene que asumir sus responsabilidades ―intervine yo―.
Me fastidian esos que van diciendo que necesitan su espacio y chorradas de esas.
Luego dejan a los niños muchos fines de semana con los padres o durante la semana apenas ni los ven y prácticamente se crían con los abuelos.
Nosotros nos hemos encargado de Adrián desde el principio y creemos que es nuestra responsabilidad.
―Totalmente de acuerdo, pero bueno, por una noche en ¿seis años? Tampoco pasa nada, aunque pienso igual que tú... sí, señor ―dijo Matías brindando conmigo.
Justo antes de llegar los postres las dos botellas de vino estaban ya por la mitad y los cuatro empezábamos a ir un poco alegres.
Matías seguía contando batallitas y ya éramos el centro de atención en el restaurante, sobre todo por las risas, cada vez más exageradas, de mi mujer.
Se le habían subido los colores y se levantó de la silla excusándose para ir al baño.
―Espera que voy contigo ―dijo Carmen acompañando a Marta y dejándome a solas con Matías.
Otra vez se quedó mirando el culo de mi mujer hasta que desapareció de su vista. Cuando se dio cuenta de que le había pillado babeando con Marta cogió la copa y sin inmutarse le dio un trago con una sonrisa de zorro astuto.
―Ha venido muy guapa tu mujer esta noche ―me dijo.
―Ehh, gracias... Carmen, también.
―Bueno, ahora que estamos a solas me gustaría decirte el verdadero motivo por el que hemos venido este fin de semana a vuestra ciudad.
Yo me quedé intrigado y sobre todo muy nervioso por las palabras que me acababa de decir. Por fin iba a conocer sus planes.
―Verás, nos han comentado unos amigos que han abierto cerca de aquí un club, y la verdad es que hablan maravillas de él, El rombo morado, no sé si se te suena.
―No, no había oído hablar nunca de ese pub... ¿Por qué zona está?
―No es un pub, es un club, ya sabes, un local de...
―Un local de qué... no te entiendo.
―Pues de intercambio...
―¿Un local de intercambio? ¿De parejas?
―Sí, claro, jejeje, a Carmen y a mí nos gusta mucho visitar estos sitios, la verdad es que lo pasamos muy bien.
―No, a nosotros esas cosas... no.
―Ya, ya lo sé, no pasa nada, ahora al salir del restaurante vamos a tomar una copa y si no os animáis, Carmen y yo ya os dejamos tranquilos, pero antes me gustaría comentárselo a Marta, a ver qué le parece la idea.
―Marta y yo no vamos a ir a ningún sitio... y menos después de lo que pasó en el camping.
Matías sonrió mientras vaciaba su copa de vino. Justo llegaron los postres a la vez que volvían las chicas del baño.
―Le estaba comentando a Marcos que si conoce algún sitio agradable para tomarnos una copa después de cenar. Verdad, ¿Marcos? ―comentó Matías.
―Ehhh, síííí... claro ―dije yo con la mirada perdida intentando asimilar lo que estaba sucediendo.
―Pues claro que conocemos unos cuantos, ¡la verdad es que hacía tanto que no salíamos que me lo estoy pasando muy bien! ―exclamó Marta antes de empezar con la tarta y el helado.
―Todos lo vamos a pasar muy bien, creo que va a ser una gran noche... ―dijo Matías dándome una palmada en la espalda por tercera vez y llenando de nuevo la copa de vino a Marta.