Los relatos de David Lovia. Capítulo 2 Todo a punto
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Capítulo 2 Todo a punto

Proponerle a Marcos la cena con Matías y Carmen se me hacía un mundo.

Nunca hablamos de lo sucedido en el camping y tampoco sabía cómo abordar el tema.

¿Una disculpa? Quizá es lo que esperaba mi marido, pero entonces ¿por qué actuaba tan normal?

En ningún momento hablamos del asunto y jamás mostró ni el más mínimo interés en ello.

La situación era de lo más inverosímil, no se lo había contado a nadie y me moría por confesárselo a Ana.

Ella me guardaría el secreto, aun así era demasiado fuerte hasta para compartirlo con mi mejor amiga.

Varias semanas después de lo sucedido en el camping estuve dándole vueltas hasta que en octubre me escribió un mensaje Matías preguntándome cómo me iba la vida.

Tardé varias horas en responder. Estaba entre el «no debes» y el «solo es saludar», pero ya sabía de sobra que nada de todo aquello tenía ni una pizca de inocencia.

Me imaginaba lo que estaba buscando Matías y lo que es peor: me parecía bien.

No había nada comparable al morbo que me provocaba aquella situación.

Qué sexy es todo lo prohibido, tanto que no pude contenerme.

A la primera de cambio caí, sí, respondí a aquel mensaje con un simple saludo que abrió de par en par la puerta a un punto de no retorno.

Y desde entonces ahí ha estado Matías, al otro lado del teléfono en conversaciones fugaces y aparentemente inocentes para saber qué tal nos iba la vida.

Guiños y algún «lo pasamos bien». No sé si era él, yo o ambos, pero nos unía un extraordinario magnetismo.

Siempre me daba un vuelco el estómago cuando veía una notificación suya, corría a esconderme para responder a sus mensajes.

No quería que Marcos supiera nada, todo entre nosotros estaba en calma.

Seguíamos teniendo sexo, pero ninguno como el polvazo en la autocaravana al volver de mi encuentro con Matías.

Alguna noche, más de las que quiero admitir, había estado chateando con Matías hasta altas horas de la madrugada. Luego buscaba a Marcos bajo las sábanas para satisfacer el deseo que el madurito había provocado en mí, follándome a mi marido recordando aquella noche de verano.

Todo estaba controlado, era una fantasía que seguía viva por mensaje, pero no era infidelidad o eso trataba de decirme a mí misma.

Matías estaba a kilómetros de mí, aunque metido en mi cabeza.

No iba a ocurrir nada más hasta que me propuso encontrarnos.

Me negué, no deseaba tener un amante, no quería hacerle eso a Marcos.

En la caravana él lo consintió, él lo sabía, pero no iba a actuar así a sus espaldas.

Matías no iba a conformarse con mi negativa así que me sugirió otro plan: una cena de cuatro.

Era descabellado, pero no me pareció tan mal.

Me moría por verlo, el morbo puede ser muy adictivo.

Quería tenerlo cerca, que me provocara y sentir el calor que me recorría el cuerpo cada vez que pensaba en él.

Así que acepté y crucé los dedos para que Marcos no se opusiera.

Ideé durante un par de días la estrategia y decidí que se lo soltaría de forma natural, sin darle opción a elegir, con la decisión tomada.

Como en verano. Me recordó a la frase de Hopper: es más fácil pedir perdón que pedir permiso.

Y así lo hice. Para mi sorpresa él no rechistó, no dijo nada.

En el fondo todo aquello le gustaba tanto como a mí, pero no quería aceptarlo.

O eso me decía para apaciguar mi mala conciencia cuando chateaba con Matías a escondidas.

Unos días antes me fui de compras, quería algo sexy y provocador para aquella noche.

Tardé en dar con ello, pero al final lo encontré.

En el escaparate me enamoré del conjunto, una minifalda negra de piel sintética fruncida por la parte de delante que me hacía un culazo espectacular, y en la parte de arriba un jersey calentito de color rosa chicle, muy vaporoso que dejaba al descubierto uno de mis hombros.

Para completar unas botas por encima de la rodilla.

Por supuesto, por mucho frío que hiciera pensaba ir sin medias, me solían molestar y así podría lucir las piernas que tantas horas de gimnasio me costaban. Sin duda, radiante.

Solo me quedaba elegir la ropa interior.