Capítulo 1 Viejos recuerdos
Llevaba unos días como un alma en pena. Irritado, de mal humor y con mucho sueño. Apenas había podido dormir por la noche y al cansancio se unía una desagradable sensación de miedo en el estómago. El motivo no era otro que una simple llamada telefónica.
Y es que Matías se puso en contacto con Marta.
No habíamos tenido noticias de él desde el verano, en el camping, y ya hacía más de cinco meses y ni tan siquiera sabía que mi mujer y él intercambiaron los números de móvil.
Por lo que me comentó Marta, Matías y su pareja Carmen iban a pasar un fin de semana en la ciudad en la que vivíamos y querían invitarnos a cenar.
Yo no podía creerme que Marta hubiera aceptado y menos después de lo que sucedió en la autocaravana de Matías.
Había intentado no pensar en esa noche, borrarla de mi disco duro, pero esas cosas son de las que no se te olvidan.
La imagen de mi mujer besándose con aquel cincuentón mientras él sobaba sus tetas se repetía una y otra vez en mi cabeza.
Una y otra vez. Y yo, como un tonto, me quedé con Carmen fuera, tomándome una cerveza escuchando los gemidos de Marta.
Carmen le dio un trago a su botellín mirándome fijamente a los ojos con una sonrisa de suficiencia. A ella parecía no importarle que su pareja se estuviera follando a mi mujer, pero a mí sí.
Apuré el botellín y me levanté rápido intentando ocultar mi erección, pues no quería que ella se diera cuenta.
Estaba enfadado conmigo mismo, mi mujer follando con un puto viejo delante de mis narices y yo me encontraba como un pasmarote con la polla dura y en un estado de nervios y de excitación jamás visto.
Bajo las pegajosas sábanas de la cama de nuestra autocaravana esperé a que Marta regresara de su «pequeña travesura».
Quería gritarle, insultarla, decirle que era una jodida guarra.
Siempre he sido un poco celoso, aunque alguna vez jugábamos a fantasear con un intercambio de parejas, pero una cosa era imaginar y otra era escuchar como aquel señor follaba con mi mujer.
Eso no había entrado en nuestros planes jamás. Hasta aquella noche.
Cuando Marta volvió yo estaba enloquecido.
Ella quiso ir a pegarse una ducha, pero yo no la dejé, tenía que descargar mi rabia, mi frustración.
Mi tremenda calentura. Hice que se metiera conmigo en la cama y allí me la follé por el culo.
No se merecía otra cosa. Mi mujer olía a sexo, su piel desprendía una fragancia típica e inconfundible después de tener relaciones y aquella noche ese olor me volvió loco, literalmente.
Entonces me dejé ir descargando mi orgasmo en su entrada trasera.
Al día siguiente quise sacar el tema, hablar de lo que había pasado, teníamos que discutir, pero no le dije nada.
No hice nada. Me callé. Sí, me callé como un muerto.
Esa rabia de la noche anterior se había transformado en vergüenza.
Permitir que Marta se acostara con Matías me hacía sentir abochornado, avergonzado y humillado.
Y no solo es que no lo había impedido, es que además me excitó que lo hiciera.
Marta tampoco quiso sacar el tema, actuando con la más absoluta normalidad y toda esa sensación tan extraña se quedó dentro de mi cuerpo. Más de cinco meses rumiando eso, continuamente. Casi a diario.
Habían sido muchas noches despertándome entre temblores, soñando con la sonrisa de Carmen, que me miraba fijamente mientras escuchábamos los gemidos.
Poco a poco lo fui superando, más o menos y cuando ya casi lo tenía olvidado Matías llamó a mi mujer para cenar con nosotros.
Yo no quería quedar con ellos, no quería verlos, ni que existieran.
Solo deseaba que nos dejaran tranquilos y que no volvieran a irrumpir en nuestras vidas como un puto tornado poniéndolo todo patas arriba.
Pero Marta aceptó la invitación. Ni tan siquiera lo dudó ni me había preguntado.
Y yo debí negarme, aprovechar la oportunidad para sacar el tema y que entre los dos intentáramos averiguar lo ocurrido, como habíamos permitido que la situación llegara tan lejos aquella noche de verano en el camping.
Sin embargo, no lo hice. Bajé la cabeza y dejé que Marta reservara en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
El sábado teníamos cena en parejitas con Matías y Carmen.