Capítulo 12
Consentida
Después de comer nos fuimos a la piscina, aunque no le dije nada a Marta, seguía avergonzado por lo ocurrido aquella mañana en la playa.
No entendía cómo se me había puesto dura viendo salir del agua juntos a Matías y a mi mujer con sus preciosas tetas al aire.
Y lo peor es que Marta se había dado cuenta.
Ella seguía su pequeño tonteo con el viejo vecino y yo me estaba volviendo loco, quería que llegara el día siguiente por la mañana para salir huyendo de allí y cambiar de camping.
Por la tarde, al menos, estuvimos solos en la piscina, no tuve que ver como Marta y Matías se tomaban juntos otra cerveza, aunque por la noche habíamos vuelto a quedar a cenar con ellos. Era la despedida.
Apuramos hasta tarde por ser el último día que íbamos a estar en el camping, para que Adrián disfrutara al máximo de la piscina que tanto le había gustado y regresamos a la autocaravana después de ducharnos en los vestuarios. Ya era casi de noche.
Nos estaban esperando Matías y Carmen con la mesa preparada, donde había un pequeño picoteo y unos pinchos que compraron en el supermercado del camping para hacerlos a la parrilla.
Volvimos a cenar fenomenal, y otra vez alargamos la última noche tomándonos un chupito que nos preparó Matías.
―¿Qué tal por la tarde, estás mejor de las cervicales? ―preguntó nuestro viejo vecino.
―Sí, sí, la verdad es que fenomenal, todavía noto algo, pero ya estoy mucho mejor, no me habían hecho nunca un masaje tan bueno como el tuyo...
―Ja, ja, ja, no eres la primera que me lo dice, esta noche si quieres repetimos y mañana te vas de aquí en perfectas condiciones.
―Uf, pues por mí encantada.
―¿No te importa Marcos, no? ―me preguntó Matías.
Noté como de repente me miraban fijamente esperando mi respuesta, sobre todo mi mujer. No quería quedar de celoso, ni posesivo, ni nada por el estilo, al fin y al cabo, solo era un pequeño masaje para aliviar la contractura cervical de Marta.
―Eh, no, claro, claro, sin problemas ―dije quedando como un tonto.
A Carmen se le escapó una sonrisa traviesa mientras le daba un trago a su chupito y Matías sin decir nada se metió en la autocaravana saliendo inmediatamente con la crema.
Seguro que ya la tenía preparada. Cuando regresó dio un par de golpes a su silla para indicar a mi mujer que se sentara allí y ella se levantó sin decir nada.
Me revolví incómodo en la silla cuando Marta y yo, frente a frente, cruzamos la mirada.
Noté otra vez ese cosquilleo en el estómago, como me sucedió en la playa justo antes de que se me pusiera dura.
Marta llevaba una minifalda azul marino bastante corta y en la parte de arriba solo se había puesto el sujetador blanco del bikini. Mientras Matías le echaba crema por los hombros no perdía detalle del cuerpo de Marta. Tenía unas vistas privilegiadas de sus piernas y sobre todo de sus tetas.
Esta vez no esperó a que se bajara los tirantes del bikini, lo hizo él mismo deslizándolos hacia abajo, y mi mujer se tuvo que agarrar el sujetador o nos hubiera mostrado sus encantos. Luego con una sonrisa de suficiencia Matías me miró a mí cuando le puso las manos encima.
En cuanto Marta cerró los ojos soltando un pequeño gemido de placer mi polla saltó como un resorte bajo las bermudas.
―¡Oh, qué bueno, podría acostumbrarme a esto todos los días! ―exclamó mi mujer.
De repente se hizo el silencio, solo se escuchaba al peque jugando por allí con sus trastos, pero nada más, Carmen y yo no perdíamos detalle del masaje que Matías le pegaba a mi mujer. Sus manos se movían vigorosas y sueltas por su cuello y la espalda. Parecía un puto profesional.
―Aquí te duele, ¿verdad? Se nota que está mucho mejor que ayer ―le preguntó a Marta.
―Sí, era ahí, mmm, ¡qué daño!, pero lo haces de maravilla, con la presión exacta, uf.
Carmen volvió a sonreír y luego me miró a mí, para ver como estaba.
Crucé las piernas hacia el otro lado intentando acomodar la erección que tenía bajo el pantalón, Marta se sujetaba los tirantes del bañador como podía, pero a veces se le olvidaba hacerlo de lo relajada que estaba y nos mostraba sus tetas, incluidos los pezones.
Entonces me di cuenta de no era el único que la tenía dura.
Con la mirada fija en su escote, Matías volvió a echar un poco de más de crema por los hombros de Marta y al moverse pude ver la erección que lucía bajo los pantalones.
La imagen era terrible, mi mujer medio desnuda de cintura para arriba y Matías con su camisa desabrochada y una empalmada impresionante mientras manoseaba a mi mujer.
Entonces Marta me miró, se le bajó de nuevo el sujetador y esta vez no se molestó en colocárselo, quedándose con las dos tetazas al descubierto y pude ver en su cara lo cachonda que estaba.
Matías bajó una mano hacia delante y llegó a tocar un poco sus pechos sin que Marta ni yo le dijéramos nada, luego siguió su masaje bajando las manos de vez en cuando por la parte frontal.
Parecía que estaba a punto de sobar las tetas de mi mujer delante de mí.
Marta volvió a mirarme, la tensión sexual era irrespirable. Carmen se dejó caer en la silla cruzando las piernas y disfrutando la escena.
De repente se acercó Adrián hasta donde estaba yo para decirme que tenía mucho sueño y que se quería acostar, Marta no hizo la menor señal de moverse y yo me levanté para llevar al peque hasta la autocaravana.
Entonces todos pudieron ver la erección que tenía bajo las bermudas. Carmen, Matías y mi mujer que justo abrió los ojos fijándose en mi paquete cuando me puse de pie.
Entré en la autocaravana, nervioso y excitado ante lo que estaba pasando.
No me podía creer que me estuviera poniendo cachondo viendo a ese viejo manosear a mi mujer.
Acosté al niño e intenté relajarme, me quedé un rato con él hasta que se durmió.
No creo que pasaran más de diez minutos, entonces cuando volví a salir me quedé de piedra.
Carmen seguía sentada en su silla, pero estaba sola.
¡Matías y mi mujer habían desaparecido!
Me acerqué hasta ella, no hizo falta que le preguntara nada. Carmen se me adelantó leyendo mis pensamientos. Había una luz muy tenue encendida en la autocaravana de nuestros vecinos.
―¡Déjales, que hagan lo que tengan que hacer! ―me dijo Carmen con toda la tranquilidad del mundo.
Sin dudar me dirigí hasta la puerta de su autocaravana y la abrí.
Ni tan siquiera pedí permiso para entrar, asomé la cabeza y Marta y Matías estaban de pie junto a la cama comiéndose la boca mientras el viejo le sobaba las tetazas desnudas a mi mujer, que tan solo llevaba puesta la minifalda.
Cuando él se inclinó a comer su cuello Marta me miró y me vio allí parado.
En su cara pude ver la excitación y el morbo que la invadían. No parecía nerviosa, ni sorprendida por mi presencia y la polla me palpitó bajo los pantalones cuando ella cerró los ojos y abrió la boca para suspirar de placer.
No quise ver más, derrotado salí de allí y me senté en la mesa junto a Carmen.
―¿Y a ti no te importa que Matías...?
―Sinceramente no, puede hacer lo que quiera, además ya me lo esperaba, en cuanto os vio el primer día me dijo muy confiado que se iba a acostar con tu mujer, no es la primera vez.
―¿Te importa que me tome una cerveza aquí contigo? No me apetece irme a dormir.
―En absoluto, pero desde aquí lo vas a escuchar todo.