Los relatos de David Lovia. Capítulo 11
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Capítulo 11

De nuevo en la playa

Aquella mañana de playa no fue como la anterior. Algo había cambiado, quizá solo fuera yo, pero estaba claro que aquellas vacaciones me abrieron la mente de una forma increíble.

Elegí un nuevo bikini para aquel día, de antemano ya sabía que nos encontraríamos allí con nuestros vecinos y me vestí con toda la intención del mundo.

No quería pensar mucho en lo que estaba haciendo, es más, no quería pensar por qué lo estaba haciendo, pero me apetecía e iba a dejarme llevar por aquellas mariposas en el estómago o fuego en la entrepierna que no paraba de crecer en las últimas veinticuatro horas.

La noche anterior en la caravana con Marcos había sido un desastre, llegué con todo el calentón tras el masaje y acabé sin correrme y mosqueada. En cambio, por la mañana, y después de un sueño erótico con Matías en el que daba rienda suelta a mi imaginación volvía a estar ardiendo.

Al llegar a la playa unté en crema al niño y a Marcos, y los mandé a jugar a la orilla.

Sabía que no faltaba mucho para que llegara el matrimonio y quería estar sola y tener la oportunidad de jugar un rato.

No me equivoqué y en apenas diez minutos allí estaban conmigo, los esperaba ya en toples.

Esta vez los invité a compartir un espacio más cercano con nosotros, cosa que Carmen me agradeció porque no traían sombrilla y su migraña necesitaba aislarse del sol un rato en la nuestra.

Matías puso su toalla junto a la mía, no pegada, pero sí muy cerca, más de lo que sería políticamente correcto.

Mientras hablábamos saqué mi crema solar en spray.

Me rocié las piernas y empecé un suave masaje por mi piel, en círculos desde los tobillos hacia los muslos.

No dejaba de conversar con él, el tema era banal, pero sabía que no me quitaba ojo de encima a pesar de llevar unas gafas de sol opacas.

Seguí con la crema, esta vez por la zona del abdomen y colando de forma sutil mis dedos bajo la braguita del bikini.

De lado, recorrí también mis nalgas con las manos, sin dejarme ningún rincón.

Fue en aquel momento cuando llegó Marcos, se tumbó en su toalla, al otro lado de la mía y yo continué con mi ritual.

Me rocié el pecho con el spray y con la mano derecha pasé por el cuello y bajé a mi teta izquierda recorriéndola en un suave masaje para cubrirla por completo.

Hacía movimientos lentos, en apariencia sumergida en la conversación con Matías, aunque en realidad centrada en lo que estaba tocando y cómo lo acariciaba.

Era una declaración de intenciones en toda regla.

Para acabar, me senté de espaldas a Marcos y le pedí que me echara la crema por la zona en la que no llegaba.

Situada de frente a Matías, el cual tumbado de lado en su toalla no perdió detalle del espectáculo que le ofrecía.

Marcos no se entretuvo demasiado, estaba pendiente del niño que jugaba con la arena a su lado y le reclamaba atención.

Propuse darnos un baño y solo se unió Matías que afirmaba estar muy acalorado, quizá tanto como yo pensé.

Nos acercamos juntos a la orilla dejando que las olas nos mojaran los pies, di un par de pasos y la propia pendiente hizo que me desequilibrara.

Matías fue rápido y me sujetó por la cintura, mi cuerpo y en especial mis tetas se apoyaron en él, en un casi abrazo.

Me separé apresurad y le agradecí sus reflejos.

Él se limitó a sonreír, nos metimos en el agua y nadamos unos metros mar adentro.

Yo no tocaba fondo, en cambio él, algo más alto que yo todavía lograba hacer pie. Fue en ese momento cuando me dio un calambre en el gemelo y de nuevo necesité de su apoyo mientras se me pasaba. Ni hecho expresamente, seguro que Matías no se esperaba aquel baño.

Sujeta a él nos desplazamos unos metros hasta donde pude ponerme de pie.

Bajo el agua, Matías, me cogió la pierna e intentó masajear el gemelo para relajar el músculo.

Procurando no perder el equilibrio, seguía sujeta a su hombro.

El oleaje nos mecía y con una pierna en alto acabé rozando parte de mi cuerpo con la de él.

Sentir el calor de su piel en mi entrepierna bajo el agua me puso a cien, y a él también porque el bulto tras sus pantalones era más que evidente.

La situación se me estaba yendo de las manos, miré hacia la sombrilla y Marcos no quitaba ojo a nuestros jueguecitos.

Salimos del agua y volvimos a la toalla, entonces vi que Matías no era el único que se había puesto cachondo.

¿Le ponía a Marcos verme jugar con el vecino?

Ya no sabía si me gustaba más a mí o a él.