Capítulo 10
Calentón
Los celos se multiplicaron por mil, pero no solo esa sensación me invadía. Me había quedado profundamente turbado viendo a Matías manosear a mi mujer. Marta se estaba tan relajada que un par de veces se le llegó a caer el bikini mostrándonos sin pudor una de sus increíbles tetas.
Y lo peor fue la empalmada que lucía el viejo bajo sus bermudas cuando terminó el masaje, nos dimos cuenta tanto Marta como yo al despedirnos.
Dentro de la autocaravana no nos dijimos nada, intentando no hacer mención a lo que acababa de pasar, como si nos avergonzáramos de ello. Acostamos al niño que ya dormía y me pegué a Marta abrazándome a su espalda.
Entonces, ella echó la mano hacia atrás y me acarició el paquete.
Me sorprendió mucho que hiciera eso, pensé que no íbamos a tener nada de sexo estos días, estando delante el niño dormido, pero ese pequeño detalle pareció no importarle a mi mujer, que se bajó ella misma las braguitas, echando el culo hacia atrás cuando comprobó que mi polla ya la esperaba dura.
Metí la mano bajo su camiseta acariciando sus pechos desnudos, estaban calientes, hinchados y firmes. Marta gimió al contacto de mis manos con su piel. Me sacó la polla y la acomodó entre sus piernas haciendo que la penetrara.
El coño de Marta estaba mojadísimo. Pocas veces había visto así de excitada a mi mujer, sin duda, el masaje del viejo delante de mis narices la puso muy cachonda, pero no era la única que estaba así. Yo también me encontraba raro, furioso, contrariado y por qué no decirlo, caliente.
Intentaba no estar así, pero no podía evitarlo, ¿de verdad me había excitado viendo a ese viejo tocar el cuerpo semi desnudo de mi mujer?
Casi no podía pensar, Marta echaba el culo hacia atrás buscando mi cuerpo y mi polla entraba y salía con facilidad de su empapado coño.
Yo le mordí el hombro y de repente me llegó el olor a la crema antiinflamatoria, entonces caí en la cuenta de que unos minutos antes el viejo había tenido las manos en esos hombros y aquello me puso todavía más fuera de sí.
Marta intentaba ahogar los gemidos, pero cada vez le costaba más hacerlo, estábamos follando de lado y otra vez le mordí cerca del cuello. La boca me supo a crema y mi polla tembló en un espasmo de placer. Mi mujer no dejaba de moverse y era ella la que llevaba el ritmo de la follada.
No podía ser, apenas dos minutos después y ya estaba a punto de correrme. Nunca me había pasado, sujeté a Marta de las caderas intentando que bajara el ritmo, pero ella estaba a lo suyo, concentrada para llegar al orgasmo. Lanzaba su culo contra mi cuerpo en movimientos amplios y golpes secos.
Entonces se me escapó todo, una corrida potente y placentera dentro de Marta.
Yo me resistía, no quería acabar así, pero supongo que tanta tensión acumulada de los últimos dos días me hizo explotar como un adolescente.
Mi mujer se seguía moviendo hasta que mi polla perdió dureza y se salió de su coño.
―¡Joder! ―exclamó Marta intentando agarrármela para volver a meterla dentro.
Entonces se dio cuenta de que había semen por todas partes y que mi corrida caliente se le salía del coño.
―¿Ya has terminado? ―preguntó sabiendo la respuesta.
―Sí, perdona, no sé qué me ha ocurrido. Joder, lo siento.
―No pasa nada, no me he dado ni cuenta de que ya... Uf, ha estado muy bien.
―¿Quieres qué...?
―No, tranquilo, anda vamos a dormir ―dijo Marta subiéndose las braguitas y pegándose a mí otra vez.