Capítulo 7
La tumbona
Cuando llegamos a la autocaravana todavía me duraba la vergüenza por la situación que acabábamos de pasar en la playa.
No me importaba que Marta hiciera toples, aunque es verdad que nunca lo había hecho delante de ningún conocido y me puso de los nervios ver a Matías mirando sin reparo las tetas de mi mujer.
En un primer momento ella se tapó con la toalla, pero los vecinos se sentaron a nuestro lado y Marta quería seguir tomando el sol sin la parte de arriba, así que se tumbó boca abajo mientras yo charlaba con ellos.
Pero Marta no aguantó mucho en esa posición, el calor pegaba y se dio la vuelta mostrándonos sin ningún pudor sus tetas.
Incluso luego volvió a tumbarse boca abajo y sacó el ebook de la bolsa de playa, se puso a leer apoyando los codos en la arena, sus pechos colgaban pesadamente sobre la toalla y entonces Matías le preguntó:
―¿Qué estás leyendo?
―Pues Reina Roja de Juan Gómez Jurado, me han dicho que es muy bueno, lo empecé ayer y me está gustando bastante.
―Sí, te va a encantar, yo he leído los tres.
Este Matías era una caja de sorpresas, ahora también era lector, eso sí, con la excusa de preguntarle eso a mi mujer le echó otro buen repaso de arriba a abajo.
Por lo menos Marta tuvo la compostura de ponerse el bikini, antes de volver a meterse al agua, cuando la reclamó nuestro peque.
Con toda la tranquilidad del mundo se sentó en la toalla, mostrándonos otra vez sus tetas, y ante la atenta mirada de Matías y la sonrisa cómplice de Carmen se puso el sujetador.
―Esperad, que os acompaño, así me mojo un poco los pies ―dijo Carmen dejándome solo con Matías en las toallas.
―¿Qué tal vuestra primera noche en la autocaravana? ―me preguntó de repente.
―Genial, yo he descansado muy bien y Adrián también, Marta se ha levantado con bastante dolor en las cervicales, ha debido dormir en una mala postura.
―Suele ocurrir, hay que comprar buenos colchones y almohadas.
―No, si hemos cogido unos de calidad, pero le pasa a menudo también cuando estamos en casa, tiene que ir varias veces al año al fisio por el mismo motivo.
―Pues a mí se me da muy bien eso ―me dijo Matías―. Si no te importa luego le echo un vistazo a tu mujer.
―No, por favor, da igual, no hace falta.
―Tú deja a Marta en mis manos, no os vais a arrepentir ―añadió bajándose las gafas de sol y mirando hacia la orilla.
Por supuesto le omití esa conversación a mi mujer mientras preparábamos la comida, me parecía increíble la desfachatez de ese tío, no tenía que haberle dicho nada de los problemas musculares de Marta. Se lo serví en bandeja para que pusiera las manos encima de mi mujer.
Aquella tarde por lo menos comimos solos, nos fuimos de la playa antes que los vecinos, ellos iban un poco por libre, pero con el peque debíamos respetar sus horarios de comida.
Casi a las cuatro regresaron de la playa, nosotros ya habíamos recogido y estábamos reposando un poco antes de ir a la piscina.
Marta descansaba medio adormilada en la silla y yo leía un cuento con el niño para que estuviera tranquilo.
Mi mujer se levantó al escuchar el ruido de los vecinos y se desperezó estirando los brazos, entonces le volvió a dar el latigazo en las cervicales.
―Ay, ¡qué daño!
―¿Estás bien? ―preguntó Matías sin desaprovechar la oportunidad―. Ya me dijo antes Marcos que habías dormido mal, si no te importa luego te echo un vistazo.
―Ja, ja, ja, estás en todo, pero no hace falta, muchas gracias ―le respondió mi mujer.
Al menos, en ese momento cortó un poco el tonteo que se traía con él. Marta se quedó de pie sin saber muy bien que hacer.
―Buf, ¡vaya modorra tengo! Debería echarme un poco la siesta.
―Pues mira, ahí tienes la hamaca, ¿no dijiste que la querías probar? ―le sugirió Matías.
―No creo que en tu estado te venga bien echarte ahí ―intervine yo.
―Tú pruébala, deja el cuello recto y relajado, a mí de verdad que no me importa que la uses.
―¿Estás seguro? A lo mejor te quieres echar luego un rato.
―Segurísimo, tu tranquila, en lo que vamos comiendo puedes utilizarla, intentaremos no hacer ruido ―dijo Matías.
Y Marta se recostó en la tumbona de nuestros vecinos. Al menos estaba vestida con unos shorts playeros y una camiseta blanca, porque el viejo no le quitaba ojo de encima a mi mujer.
―Mmm, se está en la gloria.
―Ya te lo había dicho.
No tardó en quedarse dormida, y yo no podía controlar más a Adrián que estaba deseando irse a la piscina, así que veinte minutos más tarde cogimos un par de toallas y en silencio, para no despertar a mi mujer, nos despedimos de Matías y Carmen que estaban comiendo.
―Nos vamos a la piscina ―dije en bajito―. Si no os importa cuando se despierte Marta se lo decís...
―Vete tranquilo, luego vamos nosotros...
Y allí dejé sola a mi mujer. Durmiendo plácidamente en la tumbona de Matías que no le quitaba ojo de encima.