Los relatos de David Lovia. Capítulo 5
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Capítulo 5

Primera noche

¿Qué tendrán los gemidos ajenos que siempre me han parecido tan morbosos? Marcos seguía con esa actitud suya de crío cabreado con el mundo y celoso por un hombre que solo era amable conmigo.

Me molestaba enormemente esa actitud y acentuaba mis gestos y risitas con Matías para que rabiara un poco más, a ver si así se le quitaba la tontería.

Es más, estaba siendo él quien provocaba mi acercamiento con sus morros y malas caras.

No me apetecían unas vacaciones con alguien al lado con aire de acelga todo el día.

A veces parecía que no me conocía, después de meses de estrés en el trabajo lo único que me apetecía era desconectar y pasarlo bien. ¿Qué tenía de malo darle coba al «viejo»?

No dejaba de pensar mientras escuchaba de fondo a los vecinos. Llevaban ya más de quince minutos así, sí que aguantaba Matías.

Me puse a imaginar qué postura practicarían y a dibujar en mi mente escenas muy guarras, tenía una creatividad desbordante y se acentuaba con el morbo de estar encerrados en aquel pequeño habitáculo.

Me acurruqué en la espalda de Marcos, su respiración era profunda y tranquila, estaba casi dormido, en cambio yo tenía el cuerpo pidiéndome guerra.

Colé una mano por su torso y bajé hasta su polla, estaba tan dormida como él. Me apetecía desahogarme, pero despertarlo después del día que habíamos tenido no iba a ser una buena idea.

Rebusqué por el cajón en busca de mi móvil, lo puse en silencio y busqué en mi página favorita un vídeo que me acompañara en aquella primera noche de autocaravana. Miré en la sección de maduros, no solía pasarme por allí, pero todo lo sucedido había despertado un nuevo interés en mí.

Con la única luz de la pantalla de mi móvil y en silencio absoluto colé una mano por debajo de mis bragas.

Solo de escuchar la juerga de mis vecinos ya estaba húmeda, me acaricié suavemente por encima de los labios, colé el dedo índice y medio en busca de mi clítoris para estimularlo con pequeños círculos.

Ahogué el suspiro que me provocó la electricidad que salió de mi entrepierna.

Apoyé el móvil en mis tetas y con la mano libre hice círculos sobre mi pezón derecho, aumenté el ritmo de la izquierda entre mis piernas y hundí los dos dedos en mí.

Ante mis ojos el hombre de aquel vídeo se follaba a una jovencita a cuatro patas, en mi mente estaba Matías.

No me sentía especialmente atraída por él, pero no podía quitármelo de la cabeza.

En pocos minutos la intensidad del orgasmo se expandió por mi cuerpo, se tensaron todos mis músculos y en silencio me abandoné a la marea de placer.

Tomé aire, dejé el móvil en la repisa y me di media vuelta. El sueño no tardó en llegar.