Los relatos de David Lovia. Capítulo 4
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Capítulo 4

La cena

Después de la piscina me metí en las duchas del camping, necesitaba relajarme del día que había tenido.

No podía dejar de pensar en Marta y en Matías, les veía todo el tiempo en mi cabeza, en el chiringuito de la piscina, juntos, riéndose, tocándose mientras se tomaban una caña como si fueran amigos de toda la vida.

Sinceramente, nunca me había importado que otros hombres miraran a mi mujer, de hecho, me gustaba que lo hicieran, Marta solía hacer toples en la playa o llevar buenos escotes cuando vestía para lucir sus generosos pechos.

Era normal que la mayoría de los tíos se fijaran en ella.

Aunque estaba acostumbrado a ese tipo de cosas no entendía los celos que tenía con Matías.

No dejaba de ser un señor veinte años mayor que yo, pero me molestaban sus miradas lascivas hacia ella y como Marta le seguía el juego.

Llegué a la autocaravana y me fui vistiendo hasta que regresaron mi mujer y el niño que se habían ido a duchar también.

―¿Y de quién ha sido la idea de la cenita conjunta con los vecinos? ―le pregunté a Marta.

―Pues un poco de los dos, no sé, estábamos hablando y surgió, ¿por qué lo dices? ¿Te ha molestado?

―No, pero es que parece que no nos les vamos a quitar de encima en los tres días.

―Bueno no te enfades.

―Es que no sé, no me acaba de gustar ese tío.

―¿Quién? ¿Matías? Pero si es muy majo. ¡Vaya risas me he echado esta tarde con él en la piscina! Me ha estado contando cada aventura de cuando trabajaba...

―Ya, ya he visto que te reías mucho.

―¡Venga, no fastidies! ¿Ahora te vas a poner celoso? Ja, ja, ja, ya lo que me faltaba por ver.

―Yo no estoy celoso de ese viejo.

―Pues no lo parece ―dijo Marta sentándose en mis piernas―. No seas tonto, en un camping es lo normal relacionarse un poco con los que tienes al lado, tendrás que irte acostumbrando si vamos a hacer muchos viajes en autocaravana.

―Ya, pero es que también hemos estado con ellos en la piscina y ahora cenar juntos.

―Pues mañana nos bajamos a la playa nosotros solos, ¿ves?

, problema resuelto, además me apetece hacer toples para que no se me quede mucha marca, en la piscina había un par de guiris sin la parte de arriba, pero no me parecía apropiado ―me dijo cariñosa―.

Anda, vete vistiendo al niño en lo que me preparo yo.

Marta comenzó a peinarse delante del espejo y yo vestí a Adrián en un minuto.

El pequeño estaba deseando salir al césped que hacía las veces de patio.

Mientras él jugaba yo me senté un rato cerrando los ojos, sin hacer nada, solo disfrutando de la naturaleza y del aire libre.

No tardó en salir mi mujer con el Kindle en la mano.

Pegué un salto en la silla incorporándome para verla bien, ¿qué era eso que se había puesto?

Llevaba unos mini shorts vaqueros con la tela de los bolsillos asomando por debajo, unas sandalias de piscina y encima un bañador blanco de cuerpo entero en el que sus generosas tetas rebosaban por ambos lados.

Al conjunto se le sumaba el pelo suelto y mojado, lo que la hacía todavía más atractiva.

¿De verdad iba a cenar así con los vecinos? ¿Con Matías? No quería ni imaginar como iba a mirar aquel tío a mi mujer cuando la viera así vestida.

Marta notó que estuve a punto de decirle algo, pero al final no lo hice, no quería que se volviera a burlar de mí a costa de mis celos.

―¿Te pasa algo? ―me preguntó.

―No, no.

Y con toda la tranquilidad del mundo encendió su libro electrónico y se puso a leer esperando a que regresaran de la piscina los vecinos.

No tardaron mucho en aparecer los dos, lo primero que hizo Matías fue quitarse las gafas de sol que llevaba puestas para mirar bien a mi mujer. Él tampoco se creía que Marta fuera así vestida.

―Ya estáis listos, enseguida saco la parrilla para hacer las hamburguesas, le van a encantar al peque ―dijo sonriendo.

En menos de dos minutos ya estaba saliendo de su autocaravana con una parrilla portátil, iba igual que en la piscina, con su camisa hawaiana abierta y se había puesto unos pantalones cortos vaqueros. Marta se levantó de la silla y se ofreció a ayudarle.

―No te preocupes, que ya me apaño yo. Por cierto, estás muy guapa.

―Gracias ―dijo mi mujer ruborizándose como una quinceañera―. Bueno, entonces voy poniendo la mesa.

Un rato más tarde salió Carmen, se sentó a mi lado viendo como cocinaba su marido y Marta lo dejaba todo listo para poder cenar. Matías se acercó a su compañera y se agachó besando su mejilla.

―¿Te apetece tomar algo, cariño?

―No, estoy bien.

―Pues ya está la mesa preparada ―dijo Marta acercándose a la parrilla―. Venga Adrián siéntate a cenar.

Carmen miraba con tranquilidad a Matías y a mi mujer cómo hablaban, se notaba que no le molestaba en absoluto el comportamiento de él, ya estaba más que acostumbrada.

Aquel hombre tenía pinta de haber sido muy mujeriego, y de que lo seguía siendo.

Marta le ponía poses, se hacía la interesante, se tocaba el pelo húmedo delante de él, incluso se ruborizaba cada vez que le soltaba algún piropo.

No entendía por qué mi mujer se estaba comportando así.

Durante la cena tuve que soportar las constantes miradas de Matías al escote de Marta, digo escote, por decir algo, porque ese bañador parecía dos tallas más pequeño y se le veían las tetas por todas partes.

Eran como dos globos a punto de reventar bajo la tela del minúsculo bañador.

Después de cenar nos tomamos una caña con ellos y hasta un chupito.

Yo cada vez estaba más serio y no veía la hora de irme a dormir.

―¿Estás bien? No dices nada ―me preguntó Matías.

―Sí, sí, es que estoy cansado del viaje, me voy a acostar ya, si no el peque mañana está insoportable como no descanse ―dije levantándome y cogiendo a Adrián en brazos, el pobre estaba medio dormido en una silla viendo videos de Youtube.

Marta también se levantó y nos despedimos de los vecinos hasta el día siguiente. En cuanto entramos en la autocaravana y acostamos al niño mi mujer me echó una pequeña bronca.

―¿Pero se puede saber por qué estás tan borde?

―Que no estoy borde, parad de preguntarme ya, estoy cansado y ya.

―Deja de comportarte como un tonto con esos celos ―dijo Marta quitándose los shorts y el bañador quedando desnuda delante de mí.

Se puso unas braguitas y una camiseta y se echó a dormir a mi lado.

―A ver qué tal pasamos nuestra primera noche en este colchón y tú no te enfades ―dijo Marta―. No quiero tener un mal recuerdo ―y me abrazó por detrás.

No llevábamos ni diez minutos acostados cuando comenzamos a escuchar gemidos.

―Lo que faltaba, alguien está follando ―dije.

―Pues me parece a mí que son estos dos, ja, ja, ja.

―¿En serio? ―exclamé incorporándome en la cama.

―Déjalo anda, acuéstate.

Me levanté y abrí despacio la puerta, tal y como había dicho Marta los gemidos venían de la autocaravana de nuestros vecinos.

Carmen gritaba cada vez más alto y se escuchaban a la perfección los crujidos de la cama al ritmo de las embestidas.

Marta se puso a mi lado riendo en mi hombro sin decir nada.

―Lo que me faltaba para terminar el día ―protesté resignado.