Capítulo 3
En la piscina
Mientras me ponía el bañador dentro de la autocaravana no dejaba de pensar en lo que acababa de pasar.
Me había molestado mucho la escena de Marta compartiendo la cerveza con Matías, estaban tonteando descaradamente delante de mí, y lo que más me jodía de todo era esa risita estúpida de mi mujer mientras el viejo le miraba las tetazas sin cortarse un pelo.
Cuando salí Marta le estaba echando crema solar al niño y el matrimonio vecino comía en una mesita pequeña sin perder detalle de lo que hacíamos.
Luego mi mujer me pasó el bote de crema y me dijo que le echara por la espalda.
Mientras esparcía la protección crucé la mirada con Matías, que estaba a unos diez metros, fue una sensación extraña tocar el cuerpo de mi mujer y sentir los ojos de aquel señor clavados en nosotros.
―Echaros bien de crema, que en la piscina pega mucho ―nos advirtió.
Les dejamos comiendo y nos despedimos de ellos, tardamos unos minutos en llegar a una de las dos piscinas que tenían las instalaciones del camping.
Adrián estaba deseando meterse en el agua y Marta se tumbó en el césped con las gafas de sol puestas mientras yo me bañaba con el niño.
Por un rato me olvidé del vecino, pero a eso de las siete de la tarde aparecieron por allí.
Matías llevaba unas bermudas azules y una camisa hawaiana abierta por completo mostrando su canoso pecho. Nos saludaron educadamente y se sentaron a nuestro lado.
―¿Qué tal se lo está pasando el peque? ―nos preguntó Carmen.
―Está encantado, nos cuesta sacarle del agua, y más con el calor que hace hoy.
―Pues mañana y pasado todavía da más calor ―intervino Matías.
Adrián se levantó de la toalla y nos dijo que quería volver a bañarse.
―Anda Marcos, entra tú porfa que yo no me quiero meter otra vez ―me pidió Marta.
Así que me tocó de nuevo entrar en la piscina con el niño, en realidad no me importaba, es más, a mí también me gustaba mucho estar en remojo, pero la verdad no me apetecía nada dejar sola a mi mujer con los vecinos, sobre todo con Matías.
Me acababa de incorporar en la toalla y mientras le ponía las gafas de nadar a nuestro hijo escuché al vecino.
―Voy a pedirme una cañita en el bar de la piscina. ¿Os apetece una, chicas?
―No, yo no ―le respondió Carmen.
―Ah pues sí, estaría bien, yo sí me tomo esa cañita ―contestó rápido mi mujer mientras se quitaba las gafas de sol y se ponía de pie.
―Si quieres te la traigo aquí, no hace falta que vengas ―le dijo Matías.
―No pasa nada, así me muevo un poco que llevo toda la tarde aquí con este sol...
Y al entrar al agua con el niño vi como mi mujer se sentaba en un taburete alto del chiringuito de la piscina junto con Matías.
Intenté controlar mis celos, eran completamente ¿infundados?
Debía calmarme, Marta tan solo se estaba tomando una cerveza con un amable señor que podía ser su padre, por la edad que tenía.
Pero cada vez que les miraba ella asentía muy interesada ante las historias que Matías le contaba, incluso una de las veces mi mujer empezó a reírse a carcajadas y llegó a tocarle el brazo mientras le decía:
―¡Calla, calla! Ja, ja, ja. ¡Qué bueno! De verdad que no me lo creo.
Lo que me faltaba, mi mujer poniéndole el brazo encima a aquel señor, ya era suficiente con ver cómo Matías disfrutaba de las tetas de Marta que se bamboleaban descontroladas cada vez que ella se reía.
Media hora más tarde salí del agua, deseaba volver a la autocaravana, pegarme una ducha, cenar y acostarme pronto. Estaba muy cansado del viaje y del asfixiante calor que hacía, pero Marta tenía otros planes.
―Carmen y Matías nos han invitado a cenar con ellos. ¿Qué os parece? Una buena hamburguesa para Adrián.
―Sí, sí ―exclamó el niño.
No sé por qué, aquello no me sorprendió, es más, me lo estaba imaginando. No es que yo fuera poco sociable o que los vecinos me cayeran mal, pero me apetecía pasar unas vacaciones familiares, solo con mi mujer y el peque. Y en aquel momento fue cuando empecé a resignarme.
Matías y Carmen no se iban a despegar de nosotros durante los tres días que íbamos a estar en el camping.