Capítulo 2
Los vecinos
La última semana había sido un caos, era nuestro primer viaje con la autocaravana y a pesar de desearlo mucho no dejaba de ser un quebradero de cabeza organizarlo todo a la vez que zanjabas los asuntos pendientes en el trabajo.
Mis tres semanas de vacaciones parecían una eternidad para mi jefe y si quería asegurarme algo de tranquilidad debía dejarlo todo atado y servido en bandeja.
No me apetecía apagar fuegos absurdos en mitad de mis días de descanso.
Revisé mi lista de cosas y «por si acaso» como unas veinte veces antes de salir, móvil en mano marqué con un visto cada elemento del listado, sin olvidar cerrar todas las llaves de paso posibles y evitar una supuesta catástrofe en nuestros tres días de ausencia.
Marcos y el niño me esperaban ya con el cinturón de seguridad puesto mientras yo echaba un último vistazo y me aseguraba de cerrar con doble vuelta de llave la puerta.
En sus caras se reflejaba la ilusión por la aventura que comenzaba, en la mía el estrés de llevar dos horas seguidas organizando cosas.
Me metí en la autocaravana, miré al infinito soltando un suspiro y me prometí darme un respiro. El estrés se quedaba en la ciudad, aquellos días eran para disfrutar.
El viaje fue tranquilo y, a pesar del aspecto del recepcionista, el camping cumplió mis expectativas.
Un compañero de trabajo de Marcos le había hablado maravillas de sus instalaciones, pero yo soy de esas personas que necesita ver para creer.
Miré muchas opciones más, hice una comparativa exhaustiva de los campings de la zona y al final di mi brazo a torcer dando por buena la recomendación.
Debía reconocer que, solo por esa vez, Marcos tenía razón y aquel era un lugar excelente en el que pasar los próximos días.
Al llegar ya era casi la hora de comer, mientras el niño correteaba inspeccionando el nuevo espacio me puse a preparar la mesa.
Marcos no tardó ni dos segundos en proponerme que fuera a cambiarme tras mis quejas por el calor bochornoso de aquel pueblo costero.
No era perfecto, pero sabía cómo actuar conmigo para que todo fuera bien.
Eran ya casi diez años de relación, con sus altibajos, pero contenta con lo que habíamos construido juntos.
Rebusqué en la maleta en busca de uno de mis bikinis nuevos. Me costó mucho dar con ellos, todos tenían algo que no me convencía. Después del embarazo mi cuerpo había cambiado y todavía no me hacía a él.
Me gustaba la imagen que me devolvía el espejo, pero mis nuevas caderas tras la maternidad no se ajustaban a los estándares que vendían en las tiendas y dificultaba encontrar un conjunto que me encajara bien.
Mi pecho tampoco me lo ponía fácil, siempre por encima de la media era mi arma letal.
Un buen escote, sensual e imponente era el complemento perfecto a mi personalidad.
Me decidí por el conjunto rojo, tenía un aire caribeño que resaltaba con mi tono de piel.
Tomar el sol a diario en la piscina de la comunidad mientras el niño jugueteaba con sus amigos había surtido efecto.
Me até un pareo a la cintura, por aquello de no estar casi desnuda mientras comíamos, no me acostumbraba a exponerme en un espacio compartido con tanta gente, y salí al porche.
Marcos lo tenía todo preparado, nos sentamos a comer y disfrutamos de nuestros primeros momentos en aquel espacio. No se estaba nada mal.
Al rato llegaron los vecinos, un matrimonio de unos casi sesenta años. Se dibujó una amplia sonrisa en él al vernos. Cruzó algunas palabras con Marcos, a mí me cuesta un poco más entablar conversación con desconocidos, en eso nos complementamos genial.
Ella en cambio no parecía ser tan impulsiva como su marido.
Le eché un vistazo de arriba abajo disimulando, se conservaba muy bien para la edad que tenía.
Movía mucho las manos al hablar y su carcajada sonora se contagiaba.
Eran una de esas parejas que te hacen sentir cómodo sin apenas conocerlos, habíamos tenido suerte con nuestros vecinos.
Podía tachar eso de mi lista de preocupaciones.
Me despisté un segundo y Adrián estaba invadiendo con sus juguetes la parcela de la pareja, me incomodaba molestar a alguien, procuraba que todo estuviera siempre en su sitio. Me lancé a recoger las cosas del pequeño cuando Matías, nuestro simpático vecino, con su desparpajo natural me disuadió.
Sin darme cuenta estaba aceptando una cerveza fría y riendo como una boba, aquel hombre tenía una mezcla que me echaba atrás y me atraía al mismo tiempo.
No dejaba de mirarme las tetas y se tomó la confianza de ponerme la mano en la cintura al presentarse con dos besos, pero por alguna razón no me molestó.
Bien, en realidad sí sé el motivo, siempre me han atraído los hombres seguros de sí mismos.
En especial, cuando me los imagino cumpliendo mis fantasías.
Me ocurre también con mi jefe. Sonreí pensando en ello mientras Matías brindaba conmigo dando un largo trago a su cerveza sin quitar ojo a mis pezones que por el frío de la bebida se habían puesto duros y se marcaban a través de la fina tela.