Capítulo 1
El camping
Llegamos al camping sobre las dos de la tarde, hacía mucho calor y el viaje había sido bastante largo. Estaba deseando dejar aparcada la autocaravana unos días. Y así disfrutar de aquellas instalaciones de las que tan buenas opiniones habíamos leído.
Por suerte, fuimos los únicos llegando a esa hora, eso sí, la mirada que nos echó el sudoroso recepcionista nos intimidó un poco.
A través de la puerta y en otro pequeño cuarto vi un sándwich ya mordisqueado.
Le habíamos interrumpido la hora de la comida y «muy amablemente» nos indicó el número al que debíamos dejar la autocaravana las tres noches de estancia.
Entré en el camping y aparqué donde nos había dicho el recepcionista. Enseguida salió nuestro peque de seis años a corretear por el césped, que estaba muy bien cuidado y mi mujer Marta y yo sacamos los bocadillos que habíamos preparado para comer el primer día.
―¡Qué calor hace aquí! ―exclamó mi mujer mientras colocaba una mesa y tres sillas.
―Deja que ya pongo yo la mesa.
―Gracias, voy a cambiarme para estar más cómoda.
Terminé de poner los platos y en lo que salía Marta hice una pequeña ensalada con lechuga, tomate y cebolla.
―Adrián, venga a comer que luego nos vamos a la piscina, que me han dicho que está genial.
No tuve que repetírselo dos veces, el peque estaba deseando pegarse un chapuzón y al parecer también mi mujer que ya salió cambiada de la autocaravana con un bikini rojo que debía ser nuevo, pues no lo tenía visto.
En la parte de abajo se había anudado un pareo para ocultar sus caderas y se recogió el pelo en una coleta, lo que le daba un aire más juvenil.
Y es que Marta estaba más estupenda que nunca a sus 29 años, con su cara aniñada, 1,72 de altura y sus perfectas tetas, era muy atractiva.
Yo era diez años mayor que mi mujer y se notaba la diferencia de edad.
Apenas tenía tiempo ni ganas para hacer ejercicio físico, todo lo contrario que Marta, que gracias a sus turnos de enfermera en el hospital se administraba muy bien sus libranzas para caminar mínimo una hora al día e ir a natación cuatro veces a la semana.
Tenía el mismo cuerpo que en la universidad e incluso se había vuelto a poner el piercing en el ombligo.
Como decía, Marta estaba realmente guapa. Era extrovertida, activa, simpática y llena de vitalidad, un completo terremoto. Se sentó a la mesa desenvolviendo el bocadillo de Adrián y yo me quedé mirando sus tetas, como si no se las hubiera visto jamás.
―Te sienta muy bien ese bikini.
―Anda, no seas tonto.
―No lo recuerdo, ¿es nuevo?
―Sí, me he cogido un par de ellos por internet y un bañador para tapar esta barriguita ―dijo Marta acariciando su vientre plano.
―¿Barriguita? ¿Qué barriguita? ―dije yo dando unas palmaditas en mi panza―. Esto sí que es una barriga.
Y entonces aparecieron los vecinos, con las prisas no había reparado en la autocaravana de a lado. Lo tenían todo muy bien montado, un toldo con una mesa y cuatro sillas, un pequeño tendedero y hasta habían instalado una hamaca con un soporte que se anclaba en la parte delantera del vehículo.
―Hola, ¿qué tal? ―nos saludaron efusivos―. ¡Qué bien, tenemos nuevos vecinos!
Eran una pareja mayor, sobre unos 55-60 años, él con el pelo canoso y una incipiente barriga se notaba que era un hombre de mundo, llevaba una toalla envuelta en el cuello y traía de la mano dos sillas de playa y una sombrilla.
La mujer que lo acompañaba parecía más discreta, era una morenaza que en sus años jóvenes tuvo que ser un auténtico bellezón.
Llevaba un vestido de playa muy escotado, con unos pechos no tan generosos como los de Marta, pero poco le faltaba.
―¡Que aproveche! ―dijo él.
―Ya estamos con el postre, si queréis una rodaja de melón ―les ofrecí.
―No, gracias, todavía no hemos comido, nos gusta aprovechar las mañanas para bajar a la playa.
¡Guau! Es muy bonita la autocaravana ―dijo el hombre quedándose de pie a nuestro lado―.
Es una Pilote Pacific 600P, estuve pensando en comprarme una hace un par de años, quería algo así, más pequeñito para nosotros dos, pero Carmen me dijo que con la que tenemos no nos hacía falta más.
―¡La vuestra sí que es impresionante! ―exclamó mi mujer.
―Es que viajamos mucho, nos hemos recorrido toda España y gran parte de Europa, nos encanta este tipo de turismo.
―Para nosotros es nuestro primer viaje, siempre nos había hecho ilusión tener una ―afirmé yo.
―Ya veo, se nota que está nuevecita. Por cierto, yo soy Matías y ella es Carmen ―dijo estirando el brazo para darme la mano.
Nos levantamos y yo le correspondí el saludo diciendo mi nombre. A continuación, Matías puso una mano en la cintura desnuda de mi mujer para darle dos besos, al tiempo que ella le decía el suyo.
Me dejó un poco cortado que se tomara esas confianzas sin apenas conocernos, tampoco le quise dar importancia, lo interpreté como un gesto distendido dentro del ambiente en el que estábamos, yo hice lo propio con su acompañante y también le di dos besos a Carmen, pero sin tocarla.
―Encantado, Marta. A ver si me acuerdo, que soy muy malo para los nombres, Marcos y Marta, creo que me acordaré, los dos empiezan por la misma letra que el mío ―dijo Matías―. ¿Y este pequeñajo cómo se llama?
―Es Adrián ―respondió Marta―. Saluda a estos dos señores, cariño.
―Nada déjale, parece muy tímido. Y no nos llames señores, que nos hace más viejos ―bromeó Matías al ver que nuestro hijo no le decía nada.
―Sí, tímido, ya verás cuando se suelte, lo vas a tener que frenar ―dijo Marta―. Mira, ya os ha invadido el espacio, lo siento.
En un gesto rápido se levantó a apartar las cosas, con las prisas ni nos dimos cuenta de que Adrián había dejado un balón y la bicicleta tirada en lo que supone que era la zona de Matías y Carmen.
―No te preocupes, ni se te ocurra recoger eso, podéis utilizar lo que queráis ―dijo el vecino.
―Pues esa hamaca tiene muy buena pinta, no hay nada que me guste más que una cerveza fría y dormir al aire libre ―le contestó mi mujer.
―Te tomo la palabra, puedes utilizarla cuando quieras, y en lo de la cerveza también te podemos ayudar, llevamos un buen cargamento ―exclamó Matías―.
Ahora mismo iba a por una para tomar el aperitivo antes de comer, da igual que sea tarde, aquí no tenemos ninguna prisa, ¿tú también quieres una Marcos?
―No, yo no bebo alcohol.
―Pues un refresco o un zumo, hace mucho calor.
―No, no, gracias. De verdad que no, acabamos de comer y no me apetece nada.
―Como quieras.
No tardó Matías en salir de su autocaravana con tres cervezas que dejó apoyadas en la mesa y se sacó de la bandolera, que llevaba a la cintura, un abridor para quitar el tapón con sorprendente facilidad. Luego le dio un botellín a Carmen y otro a mi mujer.
―Pues yo sí me tomo una, muchas gracias ―dijo Marta.
Y mientras le pasaba el botellín Matías se quedó mirando descaradamente las impresionantes tetas de mi mujer que, embutidas en ese pequeño bikini rojo, parecían todavía más grandes al ponerse de pie frente a él.
―Mmm, ¡qué buena está! ―dijo Matías sin dejar de mirar a mi mujer después de pegarle un trago a su cerveza―. Entra sola con este calorcito.
Aquella frase estaba cargada de doble sentido. Primero el saludo poniendo su mano en su cintura y ahora esa exclamación que dejaba en el aire, hasta apostillar que «entraba sola». No sé si eran imaginaciones mías o me estaba montando una película absurda de celos.
Entonces miré a Carmen que sonreía cómplice, negando con la cabeza, como si estuviera ya acostumbrada a las «andanzas» de su marido.