10
No fue plato de gusto tener que limpiar la abundante corrida de Bartolo en el culo de mi mujer. Le pasé un poco de papel retirando los restos y Silvia me dio una toallita húmeda para dejárselo al gusto del mirón.
Ya había caído tan bajo, que me dio igual humillarme un poco más, había visto cómo ese tío se follaba a Silvia después de que ella se la hubiera chupado, había dejado que me diera una cachetada delante de mi mujer y ni le respondí y por último, el pervertido segurata le había azotado el culo con su porra para después correrse encima de Silvia.
Y lo peor de todo es que me encontraba cachondo como nunca. Lo mismo que mi mujer, que buscó entre sus piernas la polla del mirón para acomodársela a la entrada de su coñito.
Me la saqué delante de ellos y comencé a meneármela mientras el viejo se lo hacía desear a Silvia un poco más.
―¿En serio te has casado con este mierda? ¿Qué clase de hombre se hace una paja mientras se follan a su mujer? ―preguntó―. Anda, dile que es un mierda y que quieres que te folle...
Silvia se volvió hacia mí y con cara de guarra, el pelo sudado pegado en la frente y sus tetazas colgando, me miró a los ojos.
―Mmmmm, sí, eres un mierda..., y un cornudo..., ¿ahora te vas a hacer una paja? ―y luego se giró hacia el viejo―. Vamos, no seas tan cabrón y métemela ya... ¡¡¡AAAHHHHHHHH!!!
No le dio tiempo a terminar la frase y le clavó la polla hasta el fondo, haciendo que a mi mujer se le escapara un tremendo gemido.
Él apoyó las rudas manos en su cintura y al igual que la primera vez, se la folló con golpes secos, pero espaciados entre sí en unos dos segundos.
Era una manera extraña de hacerlo, pero al parecer le encantaba a mi mujer, que abandonándose al placer, se metió la mano entre las piernas para acariciarse el clítoris.
El viejo no tenía prisa, a pesar del inminente orgasmo de Silvia, y me miró un par de veces, viendo cómo me masturbaba, mientras se follaba a mi mujer. Yo me la meneaba muy despacio, porque no quería terminar antes que ellos y él pasó las manos hacia delante, atrapando los pechos de Silvia.
Otra vez lo tenía todo bajo control, sin embargo, su cara se cambió en un instante, y dejó de embestir a Silvia, que había subido el nivel de sus gemidos y el movimiento de su culazo.
―¡¡Mierda!! ―exclamó el viejo―. Para, rubia, para, joderr... para, para..., te lo digo en serio... ―le rogó echándose hacia atrás.
―Vamos, sigueeeeee, aaaaah, aaaaah, aaaaah...
―No te muevas, zorra, o me corro... ―le pidió el mirón quedándose quieto, con el culo pegado a la pared y apoyando las manos en la cintura de Silvia.
―No la saques ahora, ni te ocurra, me da igual... mmmmm... puedes terminar dentro si quieres, pero no la saques, ¡¡¡¡aaaaaahhhhhhh!!!
El culo de Silvia fue tras él y no permitió que el mirón se saliera de su interior, era acojonante ver cómo mi mujer lanzaba su voluminoso trasero contra su cuerpo, haciendo que sus glúteos chocaran fuerte contra la incipiente barriga de él.
¡Ahora era mi mujer la que se estaba follando al viejo!
Al final se rindió, y el mirón apoyó las manos en la espalda de Silvia dejándose llevar.
No debía estar acostumbrado a correrse tan rápido, pero cuando mi mujer comenzó a chillar, golpeando con su culazo a toda velocidad contra él, subió la cabeza hacia el techo y cerró los ojos intentando retrasar lo inevitable.
Entonces lo vi, la cara de satisfacción de mi mujer, que orgullosa, no se había olvidado de su principal objetivo y ahora lo iba a conseguir. Hacer que ese cabronazo se corriera. Se le escapó una sonrisa lasciva cuando sintió un primer disparo dentro de ella y se abandonó a su propio placer.
―¡¡¡¡AAAAAHHHHHH, AHHHHHHHH!!!!! ―se mezclaron los gritos de los dos en un orgasmo simultáneo.
―Ooooh, oooooh, oooooh, oooooh...
Yo dejé de masturbarme, y observé cómo Silvia no paraba de embestirlo con su culo mientras se corría, a la vez que él vaciaba sus huevos en el coño de mi mujer. Aquel ruido, cuando chocaban era hipnótico.
―Oooooh, rubia, oooooh, ¡¡eres tremenda, joder!!, ooooh...
Todavía se quedaron unos segundos más con la polla de él disfrutando del calor del interior de Silvia y jugueteando con los pezones de mi mujer entre sus dedos, hasta que Silvia retiró la mano que tenía metida en las piernas para apoyarlas contra los azulejos, echándose hacia delante.
La enorme verga del viejo salió de ella y contemplé, alucinado, cómo comenzó a brotar el semen de su coño, cayendo hacia el suelo.
¡¡Menuda lefada le había regalado a mi mujer!!
Cuando se recompuso le dio la vuelta a Silvia para quedarse frente a frente, y buscó su boca dándose un morreo con ella. Lo peor de todo fue que mi mujer le correspondió, metiéndole la lengua de forma soez, jugando con los pelos de su pecho y dejándose manosear otra vez el culo.
―Eres la hostia, rubia..., me encantaría seguir viéndote, ¡quiero emputecerte bien, tienes mucho potencial!
, nunca había conocido a una hembra como tú, conmigo no te vas a aburrir, te lo aseguro...
piénsalo, ya sabes dónde encontrarme... ―dijo el viejo azotando una de sus tetas antes de salir―.
Adiós, campeón... ―se despidió al pasar a mi lado.
Entré en el reservado con Silvia y cerré la puerta, echando el cerrojo. Era absurdo, después de todo lo que había pasado, pero mi mujer sabía de mis intenciones al verme con la polla fuera.
―Date la vuelta, por favor ―le rogué.
Ella volvió a ponerse de la misma manera en que se la había follado el viejo, aplastando sus melones contra los azulejos y por la abertura del vestido fui tirando hasta desnudar su culo. Sacó las caderas hacia fuera y yo me puse detrás, metiendo la polla entre sus piernas.
No me costó encontrar su coño abierto y sensible, desprendía un calor exagerado y la penetré con una insultante facilidad.
Estaba muy mojada, mezcla de sus propios jugos, pero sobre todo por la corrida del mirón y apoyando las manos en su cintura y viendo las marcas rojas en sus glúteos la embestí seis o siete veces antes de vaciarme con unos gemidos patéticos.
Ni se enteró de que me la acababa de follar, y yo apenas sentí nada en mi polla, de lo dilatado que tenía su coño, pero me encantó metérsela después de que otro tío acabara de descargar en su interior.
¡Fue una sensación indescriptible y adictiva!
Avergonzado, me salí de ella y mi mujer se recompuso el vestido guardándose las tetas dentro. Dejó las braguitas tiradas en el suelo y sin decir nada fuimos hasta el coche.
Silvia estaba seria y muy callada, pero podía seguir viendo el fuego en sus ojos. El orgasmo que había tenido con el mirón no había calmado su calentura y algo tenía en mente. Y cuando llegamos a casa volvimos a follar, esta vez completamente desnudos en nuestra cama.
Al terminar, Silvia se quedó con las piernas abiertas, sudorosa y jadeante y me miró con cariño mientras me acariciaba el pecho. Pensé que me iba a pedir perdón por lo que había pasado en los baños, y entonces me soltó con voz sensual.
―¿Te apetece que volvamos otro día al cine?…, lo hemos pasado muy bien, ¿no?
Continuará...