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El viejo estaba apoyado contra la pared, con la camisa abierta y una sonrisa de suficiencia.
Me miró y afirmó con la cabeza. El muy cabrón seguía con la polla dura apuntando hacia el culo de mi mujer y se la agarraba con la mano, sacudiéndosela despacio, intrigado como yo por lo que estábamos a punto de presenciar.
El segurata se acercó a Silvia y con la porra en paralelo al suelo atizó con fuerza en medio de sus dos nalgas. ¡¡PLAS!!
Mi mujer gimoteó en bajito y se puso de puntillas, mordiéndose los labios y buscando algo a lo que agarrarse, pero sus manos se deslizaron por los azulejos de la pared sin encontrar un apoyo y Silvia hundió la espalda, sacando todavía más el culo hacia fuera.
Bartolo, recreándose en lo que acababa de hacer, se cogió la polla y se pegó un par de sacudidas, observando la marca de su porra en los glúteos de Silvia.
―Has cometido un delito de exhibicionismo y eso tienes que pagarlo, si no queréis que llame a la policía tendré que castigarte yo ―dijo acercándose a ella y pasándole la porra por los dos cachetes.
El siguiente azote fue igual que el primero, duro, seco y resonó en todo el aseo. ¡¡PLAS!!, pero esta vez el chillido de Silvia fue de dolor.
―¡¡¡AAAAAHHHHH!!! ―gritó volviéndose a tensar de puntillas acercando la cadera a la pared.
Pensé en intervenir, no podía dejar que aquellos dos individuos se aprovecharan así del calentón de mi mujer y me acerqué hasta ellos, sin embargo, Silvia, se inclinó otra vez, sacando el culo en una pose muy sensual.
Su cara era de dolor, placer y morbo a partes iguales, y en sus glúteos ya se mezclaban las marcas de la mano del mirón con la porra del segurata, que ahora se meneaba la polla contemplando su hazaña.
Entonces Silvia se metió la mano entre las piernas y comenzó a masturbarse, el calor de los golpes que estaba recibiendo habían conseguido encenderla todavía más. Era increíble. Y allí se abrió de piernas dispuesta a seguir siendo castigada, sabiendo que después vendría su premio.
Ser follada por el mirón..., y al fin conseguir que se corriera.
Le miró desafiante al vigilante, que ahora parecía no tener prisa y le incitó a que siguiera golpeándola. No solo eso. Incluso le provocó.
―¿Eso es todo lo fuerte que puedes darme? ―le preguntó con la respiración agitada.
―Vaya, vaya, así que a la rubia le está gustando que le den caña... ¿has visto, panoli?... a tu mujercita le gustan los hombres de verdad... ―intervino el viejo.
El segurata se soltó la polla y se quedó mirando con rabia el culo de Silvia.
Esta vez puso la porra en vertical sobre su glúteo izquierdo, lo apoyó dos veces en él y la sacudió de arriba abajo de refilón, ¡¡¡PLAS!
!!, haciendo que mi mujer se pusiera de puntillas, tensando su culo después del impacto.
―¡¡Diosssss!! Ahhhhgggg... ―chilló.
―¿Eso ha dolido, eh, rubia?, yo que tú no le provocaría mucho... ―le advirtió el mirón.
―¿Así de fuerte te gusta o quieres más? ―preguntó Bartolo al que parecía que se le había puesto más dura.
Silvia echó los pies hacia atrás sin dejar de mirarle, y volvió a colocarse en posición, con la cara apoyada en la pared, la espalda curvada y el culo hacia fuera.
―¿Quieres más, eh? ―dijo pasando la porra por sus dos glúteos, haciéndola desear su cuarto azote.
Bartolo se acercó a ella y la cogió por el pelo.
―¡Ahora no te muevas, ya casi hemos terminado!
Levantó la porra y la dejó caer sobre su culo golpeándola todavía más fuerte, ¡¡¡PLAS!!!, pero esta vez no se conformó con un solo azote y le soltó el siguiente porrazo casi de seguido, ¡¡¡PLASSSS!!!
Ya le había dado los cinco cachetazos acordados. Sin embargo, seguía agarrando a Silvia por el pelo y mi mujer no había cambiado su posición ni un milímetro.
―Sigue, no te pares ahora, la has dejado en lo mejor ―le pidió el mirón.
―¿Se... seguro?, ¿puedo seguir un poco más...? ―preguntó el segurata sin tenerlo muy claro.
―Pues claro, ¿no ves que la muy puta ni se ha movido y está jadeando como una perrita?
Y entonces, sin soltar su pelo, comenzó a azotar el culo de mi mujer con su porra. No la golpeaba tan fuerte como antes, pero eran impactos mucho más seguidos y Silvia cerró los ojos, gimiendo a cada gomazo que recibía y metiéndose la mano entre las piernas para acariciarse.
Un minuto más tarde, le soltó el pelo y dejó de castigar a mi mujer. El mirón y yo no entendíamos qué estaba pasando, pero lo descubrimos pronto cuando Bartolo se acercó a Silvia meneándosela a toda velocidad y acto seguido, comenzó a eyacular sobre su enrojecido culo.
―Ooooooh, oooooh, ¡toma, tomaaaa, esto es para ti!
Silvia gritó de placer, como si el semen de aquel tipo la hubiera quemado la piel y dejó que él cubriera sus dos glúteos de leche, con varios lefazos que atravesaron su culo.
Exhausto por la corrida, restregó su pingajo por la piel de mi mujer y luego se guardó rápidamente la polla en los pantalones.
―Venga, daros prisa y terminad... si viene alguien os escondéis... yo me voy a dar una vuelta y cuando vuelva no os quiero ver por aquí ―dijo el segurata poniéndose el walkie en el cinturón antes de salir del aseo.
Y otra vez nos quedamos solos el viejo mirón, Silvia y yo.
―Muy bien, rubia... sabía que te iba la marcha, pero no me imaginé que tanto... joder, otra vez te han puesto perdida. Tú, ven aquí... ―me ordenó el viejo―. Si quieres que me la folle limpia esto...
―Yo no voy a limpiar eso ni de coña... ―le respondí.
Entonces Silvia, se inclinó sobre la pared, y se abrió de piernas, ofreciéndole el culo para ser follada y me miró. Esta vez no me lo pidió por las buenas.
―¡Vamos, Santi, ven aquí y hazlo de una puta vez!... y si quieres te haces una paja mientras me folla..., pero hazlo ya..., mmmmm, ¡no puedo más! ―me ordenó con la voz quebrada.