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Me daba mucha vergüenza mi comportamiento y el haberme amilanado cuando el viejo me cruzó la cara, y ahora Silvia estaba dispuesta a satisfacer las exigencias de ese tío, que ya nos dominaba a su merced.
Como me ordenó el mirón, me quedé en la puerta por si venía el chico de seguridad con el que antes nos habíamos cruzado por el pasillo.
La advertencia de que si nos pillaba podía denunciarnos por escándalo público e incluso llamar a la policía hizo que todavía me pusiera más nervioso.
A pesar de eso, me encontraba extrañamente excitado, y eso que me acababa de correr, pero ver al viejo manoseando a mi mujer en medio del pasillo había hecho que se me pusiera más dura.
Entré en el baño y eché una ojeada rápida para ver qué es lo que estaban haciendo.
Cuando me asomé, Silvia se limpiaba el coño con un poco de papel y al terminar, el viejo le agarró por la cintura e hizo que se inclinara sobre el lavamanos sacando el culo hacia fuera.
Me fijé que las bragas de Silvia se encontraban hechas un ovillo en el suelo y él metió las manos por el lateral de su falda hasta que desnudó su culo.
El mirón se quedó unos segundos deleitándose con el trasero de Silvia y luego le soltó una cachetada suave. ¡Plas!
―Uf... ¡qué bien suena!, nos lo vamos a pasar de puta madre ―aseguró accionando el jabón para que cayera sobre su mano a la vez que abría el grifo, para después meterla entre las piernas de Silvia.
El muy cerdo clavó un par de dedos en su coño, y se los restregó unos segundos, como si se lo estuviera lavando por dentro. Silvia se apoyó, sacando más el culo y cerró los ojos gimiendo, mientras el viejo la limpiaba con sus rudas manos.
―Bueno, creo que esto ya está listo... ven, termina tú... ―y pulsó el botón del jabón para que cayera sobre la palma de Silvia.
En cuanto notó el jabón, bajó la mano y mi mujer se introdujo un par de dedos en el coño para terminar de asearse. La escena me parecía tremenda y me asomé fuera otros treinta segundos comprobando que no venía nadie.
Al regresar al interior, Silvia seguía con el culo desnudo y ahora se metía y sacaba los dedos de su coño con rabia, mostrándole al viejo lo caliente que estaba.
―¡Madre mía!, joder, tío, ¿has visto a tu mujercita? ―me preguntó al verme―. Le digo que se limpie un poco y la muy puta se hace un dedo, je, je, je. Tengo que reconocer que me la ha puesto muy dura. ¡Anda, ven aquí! ―dijo incorporándola y agarrando su brazo para meterse juntos en un reservado.
Desde mi posición ya no podía verles, aunque no cerraron la puerta.
Salí fuera y eché otro vistazo, no había nadie y me metí en los baños avanzando hasta donde se encontraban.
Mi mujer tenía las dos tetas fuera y se miraban a los ojos frente a frente mientras el viejo, ahora con la camisa abierta, manoseaba su culazo.
Los dos se dieron cuenta de mi presencia, pero no dijeron nada y Silvia no pudo más y tiró con fuerza del pantalón del viejo para desabrochárselo y meter la mano por dentro.
―¡Qué ganas de polla tienes! ―exclamó el mirón dejándose hacer.
Y de repente, su venosa polla apareció entre los dedos de ella, que se afanó en sacudir con ganas aquella verga, agarrándosela a dos manos.
El mirón acarició su cuello y tiró de Silvia para acercar su boca a la de mi mujer.
Eso sí que no me lo esperaba. Podía entender que le gustara su polla, pero que abriera los labios para besarse con el viejo ya me descolocó del todo.
¡¡Silvia estaba decidida a desplegar todos sus encantos para hacer que el viejo se corriera!!
El muy cabrón no dejaba de sobar su culazo mientras se morreaba con Silvia, que lejos de amilanarse, le correspondía lamiéndole los labios y entremezclando sus lenguas en un beso guarro, húmedo y soez.
Cuando el viejo bajó la cara para chupar su cuello, Silvia no pudo más y me miró fijamente a los ojos aumentando el ritmo al que le meneaba la polla y bajó una mano para sobarle los huevos.
―¿Vas a correrte ya? ―le preguntó mi mujer.
―Mmmmm, me matas, rubia, todavía me queda un poco, yo no soy como el inútil de tu marido, que termina en quince segundos, je, je, je ―y apartó de nuevo sus braguitas metiendo dos dedos dentro.
Eran gruesos, ásperos y varoniles y se los clavaba con fuerza, formando en su interior un gancho a la vez que la penetraba. Silvia tuvo que agarrarse a su cuello con las dos manos, soltándole la polla y comenzó a gemir en alto.
―Aaaaaah, aaaaah, aaaah, síííí, sííííííí ―se dejó llevar mientras ese desgraciado ya tenía el control absoluto de la situación.
Y a punto de conseguir que Silvia se corriera le sacó los dedos y tiró de su vestido hacia abajo desnudando sus tetas. Mi mujer le miró sorprendida, preguntándose por qué se había detenido ahora que estaban tan cerca de llegar al orgasmo los dos.
Con un rápido movimiento el viejo la giró y le puso el antebrazo contra su espalda, prácticamente inmovilizándola.
―No, joderrr, para, para, estate quieto..., ¿qué haces? ―protestó Silvia.
―Si te la meto me voy a correr, te lo prometo, ¿no es lo que quieres?, me tienes muy cachondo y ya no puedo más.., ahora voy a follarte, rubia...
En cuanto sintió su polla entre las piernas, Silvia apoyó la cara contra los fríos azulejos del baño y ella mismo buscó la abertura de su falda para ir pasando la tela por un lado y desnudar su culo.
El mirón se puso detrás de ella y le pegó varios golpecitos secos con su verga en medio del coño, haciéndola gritar de placer.
―Mmmmm, ¡cómo chapotea! ¿Lo escuchas? ―me preguntó disfrutando del momento―. Venga, anda, sal fuera y vigila, luego te dejamos mirar un poco para que te hagas una paja, je, je, je..., ¡¡ahora voy a follarme a tu mujercita!!
Me quedé unos segundos quieto, no me apetecía salir de allí y dejar a Silvia en las garras de aquel cretino, que seguía restregando su polla entre sus piernas. Mi mujer no paraba de gemir con los ojos cerrados y cada vez sacaba más el culo hacia fuera buscando el contacto.
―No, aaaaah, para, para, aaaaah... ―le pidió por última vez.
Pero el muy cerdo se lo estaba haciendo desear. Nos lo estaba haciendo desear.
―Vamos, vete fuera a vigilar, o no voy a poder follarme a la rubia, en cuanto se la meta se va a poner a chillar... ―me repitió el mirón.
Entonces la voz de mi mujer me sacó del trance en el que me encontraba.
―Por favor, Santi, sal fuera... haz lo que te dice... ―susurró en una especie de gemido.
―¿Entonces quieres que te folle? ―se regodeó el viejo.
―Eres un cabrón, aaaaah, aaaaah...
Eché a andar hacia la puerta y un segundo antes de abrir, un potente gritó desgarrador brotó de la boca de Silvia.
―¡¡¡AAAAHHHHHHH!!!
No sabía qué hacer, si dar media vuelta para ver por qué había gritado así, o quedarme en medio del pasillo como me habían pedido. Y después del primer aullido de Silvia vino otro. Y después otro.
El viejo mirón ya se estaba follando a mi mujer en los baños del cine.
Y la cosa se puso peor cuando vi aparecer al de seguridad al fondo del pasillo.
Debí de disimular muy mal, porque echó a andar en mi dirección con paso decidido.
Sin tiempo que perder entré en los baños y fui hasta la última cabina, donde el viejo, con los pantalones por el suelo, embestía a Silvia agarrando con fuerza sus tetas.
―¡¡Parad, parad... viene el segurata!! ―les avisé.
―¡Mierda, no me jodas!, ¿en serio? ―preguntó el mirón deteniendo sus movimientos.
Silvia miró hacia atrás, preguntándose por qué había parado de follársela y ella misma meneó las caderas para que siguiera.
―¡No pares, sigueee..., venga, córrete ya...! ―le pidió al viejo.
―Silvia, ese tío viene hacia aquí... ―les advertí.
―Yo creo que ahora mismo le da absolutamente igual, je, je, je... ―alardeó el mirón sacándosela para dejarla apoyada sobre sus glúteos.
―Parad ya, joder, o por lo menos cerrad la puerta... ―dije yo entornándola un poco.
No me dio tiempo a volver a salir, pues cuando me dirigía de nuevo al pasillo se abrió el acceso al baño y apareció el tipo de seguridad, con sus extrañas gafas de culo vaso.
―Buenas noches ―me saludó con una irritante voz de pito.
―Buenas noches...
Se metió en un reservado a hacer pis y yo me lavé las manos. Cuando terminó se puso a mi lado, en el otro grifo y de repente se escuchó un gemido que provenía del último cubículo.
No cabía duda de que había sido una mujer.
Frunció el ceño y nos miramos a través del espejo, entonces sacó la porra, se acercó a la puerta y le dio un ligero empujón con ella. Pensé que al menos habrían echado el cerrojo, pero otra vez me equivoqué.
Y la puerta se abrió lentamente.
―¡¡¡¿¿Pero, qué coño es esto??!!! ―gritó el segurata con su particular voz.