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El mirón estaba detrás de mi mujer, con su polla dentro, follándosela despacio contra la pared. Las descomunales tetas de Silvia lucían aplastadas contra los azulejos y abrió la boca, soltando un gritito, al verse sorprendida por aquel tipo.
―¿Otra vez tú? ―le inquirió al viejo.
Estaba claro que no era la primera vez que le pillaba en una situación así. Yo me puse muy nervioso, pero el mirón se quedó tan tranquilo, sacando su verga del interior de Silvia y volviéndola a dejar apoyada sobre su culo.
―Te advertí que si te cazaba otra vez te iba a denunciar..., lo siento, ya no puedo dejarlo pasar, además, esta vez tengo testigos ―dijo mirando hacia mí y cogiendo el móvil para llamar a la policía.
―Espera, venga, tío, enróllate un poco, y por este no te preocupes, es el marido de la rubia... ―le interrumpió el viejo.
―¿Cómo dices? ¿El marido?
―Sí, es solo un cornudo al que le gusta ver cómo se follan a su mujer...
―Ey, no te pas... ―quise intervenir yo.
―Shhh, cállate, te pedí que vigilaras la puerta y ni para eso sirves... ―me regañó.
―Pero si os he avisado que venía...
―Venga, déjanos terminar, y hacemos como que aquí no ha pasado nada... ―le pidió el viejo al segurata sin hacerme caso.
―No puedo, tengo que cumplir con mi trabajo...
Durante toda la conversación surrealista que se traían entre los dos, Silvia no cambió de posición, pero al menos, se subió el vestido para taparse las tetas, mostrando un mínimo de pudor y decencia, aunque siguiera sacando el culo con la esperanza de volver a ser penetrada.
―¡No me jodas!, ¿pero no has visto lo buena que está la rubia?, nos has cortado el polvazo a la mitad, y mira qué cachonda está... ―le explicó el viejo restregando la polla entre sus piernas para que se escuchara el chapoteo―. Déjanos un poco más...
―¡Hostia! ―exclamó, abriendo los ojos de par en par detrás de sus gafas de culo de vaso.
―¿Ves?, lo que te decía..., si quieres puedes mirar cómo me la follo, no nos importa, ¿verdad, rubia?
Silvia apenas podía articular palabra, y emitía pequeños gemiditos, a la vez que movía sus caderas, mientras el viejo le frotaba la verga por los labios vaginales.
―Seguro que podemos llegar a un acuerdo ―soltó el mirón.
Pude ver en la cara de Bartolo que empezaba a tener dudas, había echado la mano al móvil, pero la erección bajo sus pantalones marrones le delataba. Y ahora el viejo le estaba ofreciendo un trato.
―¿Qué te apetece hacer?, ¿quieres sobarle las tetas?, te aseguro que son impresionantes...
―Este no va a tocarme un pelo ―aseguró Silvia.
―No, no puedo... tengo que denunciar, de verdad... ―se reiteró el segurata.
―¿Quieres tocarle el coño y ver lo mojada que está?, ¿quieres soltarle un azote?, vamos, habla, tiene que haber algo que te guste...
―¿No me has oído que no pienso hacer nada con este tío? ―volvió a decir mi mujer.
―Venga, nena, colabora un poco, no querrás que nos denuncie...
―Me da igual.
―No, de verdad que no puedo.
―Acércate, tío, mira qué melones... ―dijo el viejo sacudiendo las tetas de Silvia delante de sus narices y bajando los tirantes de su vestido para descubrírselas―. Hazte una paja mientras follamos, o que te la haga el cornudo del marido si eso es lo que te pone...
Y la cara de Bartolo se transformó cuando escuchó esas palabras, comenzando a tartamudear todavía más.
―Per... perdona, ¿qué..., qué has dicho?, que me haga una paja, ¿quién?
―El marido, que te la menee mientras me follo a la rubia...
―Ni de coña..., no te lo crees ni tú ―me negué yo.
―Yo prefiero que me la haga ella... ―le corrigió.
―Está bien, como prefieras, pues que te la haga la rubia... ―aceptó el mirón.
―Que noooo, que noooo ―protestó Silvia―, que te he dicho que este no me va a tocar ni un pelo..., ni yo a él...
―Solo es para que se vaya y nos deje solos...
―De eso nada...
―Está bien..., qué difícil me lo pones, rubia...
Seguro de sí mismo, se agarró la polla y comenzó a restregarla con fuerza en el coño de mi mujer. Los gemidos de Silvia subieron de nivel y sacó el culo hacia fuera cediendo contra la pared, cuando las piernas le flaquearon.
―¿Quieres que te la vuelva a meter? ―preguntó el mirón soltándole un duro azote en su nalga izquierda que resonó en todo el baño. ¡PLAS!
―Ey, parad ya, en serio... ―volvió a pedirles Bartolo.
―Venga, sácate la polla y hazte una paja, este se puede quedar fuera vigilando la puerta ―dijo el mirón refiriéndose a mí―. Nadie se va a enterar nunca, a ojos de todos seguirás siendo un profesional intachable, te prometo que si viene alguien paramos... y cada uno por su lado...
―No, no puedo...
―Vamos, la rubia se está derritiendo...
―¡Métemela ya! ―le pidió Silvia mirando hacia atrás y pasando la mano entre sus piernas para agarrarle ella misma la polla al mirón.
―Joder..., venga, vale ―cedió al final el de seguridad, animado por los gemidos de Silvia... ―. Pero que este vaya a la puerta...
―Bien, sí, ya le has escuchado, si quieres que me folle a tu mujercita tienes que salir fuera y vigilar...
―Silvia... ―le fui a preguntar si estaba de acuerdo, pero no me dio ni tiempo.
―Hazlo, Santi, por favor... aaaaah, aaaaah... joder... sal fuera, vamos... aaaaah... ―jadeó cuando el mirón volvió a restregarle la polla entre las piernas.
El vigilante de seguridad se quitó el walkie, dejándolo sobre el lavabo y se desabrochó el pantalón. El muy cabrón se iba a masturbar viendo cómo el mirón se follaba a mi mujer. Entonces, antes de salir al pasillo, le escuché desde la puerta con su voz de pito.
―¿Al final me hago yo la paja o me la hace la rubia?