Los relatos de David Lovia. 5 #2
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―Así no me voy a correr en la puta vida, yo no soy como el pichafloja de tu marido, joder...

mmmmm, me encanta la carita de cachonda que pones, ¿te gusta mi polla, eh?

―preguntó bajando la mano para comprobar el estado de su coño―.

Ahhhgggg, joder, ¡qué puto asco!, no tenías que haber dejado que este se corriera antes... así no te voy a poder follar...

―Tú no te vas a follar a nadie ―aseguré yo con voz firme.

―Eso lo tendrá que decidir la rubia, ¿no?

―dijo el viejo volviendo a subir sus rudas manos y apretando sus pechos―.

Anda, ven aquí, zorra, y déjate ya de tonterías ―y agarró con fuerza su cuello tirando hacia abajo, y cuando mi mujer se quiso dar cuenta tenía la polla de ese tío pegada en su mejilla.

―¡¡Suéltame!! ―le gritó mi mujer.

―¡Déjala, cerdo o te parto la cara! ―le amenacé yo mientras mi polla no dejaba de crecer bajo los glúteos de Silvia.

―Es solo hasta que llegue..., y ya te dejo..., con la mano no voy a terminar nunca... ―aseguró el mirón―, ¿en serio no puedes conseguir que un viejo como yo se corra?

El muy cerdo acababa de tocar la tecla exacta. Silvia parecía herida en su orgullo, ningún hombre se había podido resistir a sus encantos y ahora aquel sinvergüenza le acababa de retar. Y a orgullo no la ganaba nadie. Ella misma se inclinó en el regazo del viejo, sin que él volviera a pedírselo.

―Te vas a enterar ―susurró mi mujer furiosa.

―Abre la boca, eso es... ¡¡mmmmmmm!! ―exclamó el mirón cuando mi mujer le pasó la lengua por todo el tronco sin dejar de meneársela con la mano.

A la segunda pasada de arriba abajo por su rabo, el viejo acarició su cuello y ella hizo círculos con la lengua sobre su morado capullo.

Por más que Silvia lo deseara iba a ser imposible meterse semejante verga en la boca.

Y aun así lo intentó. Con todas sus ganas.

Abrió la mandíbula como un tiburón hambriento y cuando cerró los labios sobre esa barra de carne incandescente apenas pudo tragarse el glande.

A mí no había querido chupármela, pero a ese viejo se la comía con devoción. ¡Y yo no salía de mi asombro!

―¡Silvia! ―protesté sabiendo que estaba perdiendo el control de la situación, pero ella no me hizo caso.

Además, mi polla me delataba. Y Silvia se había dado cuenta de que me estaba excitando demasiado todo aquello, pues ya notaba mi erección bajo sus glúteos.

Me quedé unos segundos mirando cómo mi mujer le aplastaba las tetas contra sus muslos y le mamaba la polla a ese señor.

Cada poco se la tenía que sacar de la boca para coger aire y aprovechaba para darle golpecitos con la lengua a la vez que se le meneaba y luego se la volvía a introducir tratando al menos de tragarse su capullo al completo, cosa que consiguió un par de veces, inflando sus mofletes de una manera extraña.

El mirón sonrió y acarició su pelo.

―Muy bien, rubia... aaaah, ¡tengo que reconocer que eres muy buena con la boca!, joder, no me la habían comido así en la vida... ―y bajó la mano para acariciarle la cara interna de los muslos.

Esta vez no se conformó con tocarla por encima, tiró de una de sus piernas hacia fuera, abriéndola, para luego, clavar el índice en su coño.

Aquel dedo tenía un grosor casi como el de mi polla y se dispuso a follarla con él. Silvia tensó las caderas y ahogó sus gemidos, luchando por seguir avanzando en su intento de meterse lo máximo posible la verga del mirón en la boca.

―¡Qué asco!, espera un momento, rubia...

―protestó él tirando de su pelo hacia arriba y sacando la mano de su falda―.

Vamos al baño, tendrás que limpiarte un poco si quieres que sigamos...

, ya no me queda mucho..., creo que lo vas a conseguir...

―y se incorporó del asiento a la vez que se guardaba la polla en los pantalones y después agarraba el brazo de Silvia para levantarla como si fuera una pluma.

―¿Qué haces? ―protestó Silvia.

―Ey, deja a mi mujer, cabrón...

¡¡¡PLAS!!!

Y sin que me lo esperara, y con toda la tranquilidad del mundo, el viejo me soltó un guantazo rápido en la mejilla con el dorso de la mano, haciendo que cayera hacia atrás, mostrándole mi pollita erecta. Me quedé sentado sin atreverme a reaccionar, y él se abalanzó sobre mí.

―¡Cállate ya la boca de una puta vez!

―No, no, no me pegues más, por favor... ―le rogué cuando él volvió a levantar la mano.

―Joder, eres patético, pensé que tenías más cojones, te suelto una cachetada y ya te has meado encima... ―dijo poniéndome la mano sobre el cuello y apretando sin hacer mucha fuerza―. No vamos a pelearnos aquí, ¿no?, anda, guárdate esa cosita, levántate y ven con nosotros... ―me pidió soltándome.

―No vuelvas a tocar a mi marido ―le amenazó Silvia.

―Perdona, es que ya se estaba poniendo un poco pesado...

―No vamos a ir contigo a ninguna parte... ―le dijo mi mujer.

―¿Y vas a dejarme así? ―preguntó mostrando su paquete―, pensé que eras diferente..., especial, pero ya me veo que me he equivocado contigo, ni tan siquiera has conseguido hacer que un pobre viejo como yo se corra...

―Ese es tu problema... ―respondió mi mujer observando el exagerado bulto que se le marcaba bajo los pantalones.

―Vamos, solo van a ser cinco minutos, te lo juro que estoy a punto y además, yo también quiero hacer que disfrutes...

―Silvia, no ―intervine yo viendo en su cara la determinación y el convencimiento, pues había sido herida en su orgullo y ya no iba a parar hasta hacer que se corriera el viejo.

―Ya casi hemos terminado... ―insistió él.

―Joder, de acuerdo, cinco minutos, ehhhh, ni uno más... ―cedió Silvia, que sin duda alguna quería seguir gozando con el pollón de ese tío.

El mirón agarró su mano y tiró de ella para salir del cine con mi mujer, que se dejó llevar a los baños, dispuesta a terminar lo que había empezado.

Yo les seguí y llegamos al pasillo del que iban saliendo las distintas salas.

El viejo pasó el brazo por la cintura de mi mujer para guiarla, bajando un par de veces la mano, y sobando su trasero por encima del vestido.

―Estás muy buena, rubia... ―dijo soltando un azote sobre el glúteo de Silvia.

―¡Para un poco, aquí no!

Cualquiera podría habernos visto, aun así, Silvia caminó impúdicamente, moviendo las caderas con descaro, y yo les seguí a dos metros de distancia, hasta que llegamos a los baños de los cines.

―Venga, vamos, y tú quédate en la puerta... vigilando... ―me ordenó el viejo―. Hoy está de segurata el Bartolo y como nos pille... este es de los que nos denuncia y llama a la policía..., no querrás que tu mujercita se vea implicado en un escándalo así... ¿verdad?

Y se metió en el baño de hombres abrazando a Silvia de la cintura antes de darle otra cachetada en el culo.

―Tira pa dentro, rubia... y no te preocupes por nada... que ya tenemos a tu marido vigilando... en cuanto te limpies un poco voy a hacer que te corras como te mereces...