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Silvia me miró de nuevo, estaba asustada, expectante, ansiosa, se mordió los labios esperando que yo detuviera aquella locura, cuando entonces vio que mi polla se había vuelto a poner dura.
Y en ese momento comprendió que aquello me estaba gustando mucho, igual que a ella, y sin soltarle la polla le pegó varias sacudidas rápidas y echó el culo hacia atrás, intentando acoplarse a él.
Silvia giró un poco el cuello, sin llegar a verle la cara, y le susurró:
―¡Métemela!
El viejo sonrió, luego con calma se bajó un poco los pantalones, se desabrochó lentamente la camisa y me enseñó su peluda barriga. Después se escupió en la mano, se agarró la polla y la guio hacia el coño de Silvia.
―¡Ahora vas a saber lo que es un polvo de verdad, zorra!
A pesar del insulto, mi mujer le siguió ofreciendo su generoso trasero, que el viejo no paraba de mirar y de sobar con ansia. Parecía que el haberle llamado zorra le hubiera excitado más. Entonces mi mujer gimió en alto al sentir su verga a punto de penetrarla.
―¡Con cuidado, despacio! ―le imploró Silvia poniendo una mano sobre el muslo del viejo.
Pensé que era imposible que el viejo pudiera meter aquella polla tan gorda con esa postura que tenían, pues los dos estaban medio recostados y era muy difícil hacerlo así.
De repente Silvia cerró los ojos y con toda la facilidad del mundo la verga del viejo se fue abriendo paso lentamente en su interior.
Silvia nunca había tenido una polla así de grande dentro de ella.
A decir verdad, era la segunda que se la follaba, después de la mía.
―¡Aaaaaaah, despacio, despacio! ―volvió a gemir.
El viejo mirón le tapó la boca con la mano y soltó una embestida fuerte y seca, que hizo que en el culo de mi mujer sonara un PLOP muy característico. Luego la cogió por la cintura, pasó la otra mano hacia delante y manoseó sus tetazas cuando se la empezó a follar.
Lo hacía de manera muy peculiar, con embestidas secas, duras y espaciadas, aproximadamente unos dos segundos entre sí.
Silvia cerró los ojos y abrió la boca buscando aire, pues la mano del viejo ahogaba los gemidos, que hubieran provocado un pequeño escándalo en la sala del cine.
El mirón seguía follándose a mi mujer a su ritmo, cada dos segundos una embestida, y ella sacaba el culo hacia atrás, buscando encontrarse con la polla del viejo, que se vio con la suficiente confianza para girar el cuello a mi mujer e intentar morrearse con ella, pero Silvia le apartó la cara y volvió a mirar hacia delante.
Entonces el mirón comenzó a acelerar, no mucho, pero lo suficiente para que Silvia se abandonara al placer que estaba recibiendo.
Las acometidas del viejo se hicieron más frecuentes; primero cada segundo y medio; luego un segundo entre cada embestida.
Silvia gritó, apenas podía respirar, y el viejo tiró con fuerza del sujetador hacia abajo hasta que se le salió un pecho, para luego pellizcarle el pezón que había asomado.
―¡¡Ahhhhhgggggg!!
―¡¡No grites, puta, que nos van a echar!!
Pero Silvia se estaba corriendo por segunda vez, moviendo el culo en círculos, acoplándose al ritmo al que se la estaba follando. Entonces el viejo comenzó a gruñir como un cerdo.
―Oooooooooh, ooooooooooh…
Silvia todavía jadeaba y giró el cuello para pedirle:
―No te corras dentro…
El viejo me miró sonriendo con su enorme polla dentro de mi mujer, y, con toda la tranquilidad del mundo, siguió acariciando sus tetazas hasta que detuvo sus golpes de cadera. Estaba a punto de llegar al orgasmo.
―Si no quieres que me corra, tendrás que chupármela…
Ahora el que sonrió fui yo, el viejo mirón la había cagado pero bien, mi mujer no iba a hacerle eso. Era el final de aquella aventura. Silvia hacía años que no me chupaba la polla, desde antes de que naciera nuestra primera hija, pues me decía que ya no le gustaba hacer esas cosas.
El viejo sacó la polla de dentro de su coño, se lo veía confiado, y se apoyó en el respaldo de su butaca, esperando que Silvia hiciera lo que le había pedido.
Mi mujer se colocó el sujetador volviendo a meter sus tetazas dentro, pero no se molestó en colocarse la falda.
Luego me miró con cara de culpabilidad y sin decir nada se giró.
No podía creérmelo cuando sin dudar se agachó sobre el regazo del él y se metió su enorme polla en la boca.
¡Mi mujer se la estaba mamando a ese desconocido!
El viejo la sujetó por el pelo y bajó una mano para volver a comprobar el tamaño y peso de sus enormes tetas.
Yo desde mi asiento contemplé el culo desnudo de mi mujer.
Estaba tan excitado que ni me lo pensé cuando vi su coño abierto; me acerqué a ella e intenté metérsela, pero ella me apartó con la mano.
Tan solo me quedaba pajearme viendo cómo se la chupaba al mirón, que sonrió al verme masturbándome mientras Silvia luchaba por intentar meterse su pollón en la boca.
Con la mano sujetando su pelo la guiaba a la velocidad que le gustaba y mi mujer, sumisa, le estaba brindando una mamada lenta, disfrutando de su polla.
Una felación como no me había hecho a mí en la vida.
Los besos y los muerdos por su polla retumbaban por toda la sala de cine, luego le pasaba la lengua de arriba abajo, saboreando aquel tronco tan duro y lleno de venas, y cuando llegaba al capullo hacía círculos sobre él y se la volvía a meter en la boca.
Entonces me sorprendió cuando vi la mano de Silvia aparecer entre sus labios vaginales.
¡Se estaba masturbando a la vez que se la chupaba!
El viejo mirón gruñó otra vez como antes, era la señal inequívoca de que se iba a correr.
―Ohhhhhhhhggggg, ¡joder, la chupas increíble, rubia!
Le sujetó fuerte el pelo y se aseguró de que yo lo viera bien. Con sus enormes manazas se cogió la polla y comenzó a meneársela delante de su cara mientras Silvia sacaba la lengua y rozaba su capullo.
―¡¡Me corro, tomaaaa, chupaaaa, aaaaaaah!! ―gruñó el viejo mirón metiendo su polla en la boca de mi mujer a la vez que la agarraba por el pelo.
El primer disparo de su corrida fue directo a la garganta de Silvia.
Yo también comencé a eyacular, casi a la vez que él.
Entonces el viejo sacó la polla de la boca de mi mujer y siguió descargando por la boca y la cara de Silvia, que ansiosa sacaba la lengua para recibir el caliente y espeso semen del mirón.
El cabrón no paraba de correrse, sujetaba con fuerza el pelo de mi mujer y le iba restregando la polla por sus dos mejillas, la nariz, la boca, incluso le soltó un pequeño azote con su verga en la cara cuando terminó.
―¡¡Uffffffffff, qué gustazo!!, ¡has estado increíble!
Todavía, antes de incorporarse, Silvia seguía masturbándose ella misma y le lamió un poco más la polla, limpiando el semen que había quedado en ella, y así continuó hasta que llegó al orgasmo por tercera vez, moviendo su tremendo culo delante de mi cara.
―¡¡¡Ahhhgggg, me corro, me corro!!!
Sin duda alguna mi mujer estaba disfrutando como nunca de una verga de semejante tamaño. Mientras se recuperaba del orgasmo, se la siguió chupando, aunque la polla del viejo había caído en tamaño y dureza. Antes de incorporarse le pegó un sonoro beso en el capullo. Luego se levantó y se giró.
Me miró con cara de puta. Tenía la camisa abierta, la falda levantada, el pecho le latía con fuerza y su cara estaba llena de semen. Abrió la boca y un pequeño hilo de lefa le cayó entre las dos tetazas. No supe ni qué decir. Acabábamos de cumplir una de nuestras fantasías más ocultas.
El viejo mirón se fue subiendo los pantalones y se los abrochó, antes de decirnos:
―Suelo estar por aquí los sábados, por si queréis repetir otro día…
Luego se agachó para besar el hombro desnudo de mi mujer.
―Me ha encantado follarte, rubia…
Y como vino se fue, y nos dejó allí plantados.
Todavía quedaban diez minutos de película, que aprovechamos para limpiarnos un poco y salir rápido, pues no queríamos que las otras personas que estaban en el cine se fijaran en nosotros.
Las otras tres parejas seguro que habían escuchado los gemidos de mi mujer y nos fuimos antes de que se encendieran las luces.