Los relatos de David Lovia. 6
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Fue cuando nos enteramos de que el mirón nos había estado siguiendo antes de entrar al cine y de que ya se había fijado en Silvia, que, por cierto, empezó a gemir ante las caricias que le estaba dando.

Yo seguía mirando aquellas manos tan fuertes que no paraban de tocar las tetas de mi mujer, que abrió la boca buscando poder respirar y echó la cabeza hacia atrás, dejando que el viejo siguiera babeando su cuello y el hombro.

En ese momento crucé la mirada con el viejo, que me sonrió con superioridad; me imaginé las pintas que debía tener con la polla flácida y la corrida encima de mi ropa. Seguro de sí mismo le cogió la mano a mi mujer y se la puso en la polla.

Me dio vergüenza hacerlo, pero aquello tenía que verlo bien, me incliné hacia delante y vi cómo Silvia se agarraba a aquella verga dura y palpitante. Las venas del tronco se le marcaban como si fuera a reventar y esa visión hizo que me volviera a empalmar.

Apenas aguanté unos segundos viendo esa escena, luego me dejé caer otra vez en el asiento, observando al viejo, que seguía jugando con los pechos de mi mujer.

―¡Menuda hembra, vaya tetazas tienes! ―alardeó con una voz socarrona.

Silvia llevaba un par de minutos en los que había dejado de forcejear, entonces el viejo tiró de su minifalda hacia arriba y se sorprendió al ver que no llevaba ropa interior.

Agachó la vista para mirar su culo y no tardó en bajar una mano para comprobar el tacto y la dureza de las nalgas de mi mujer.

―¡Encima vienes sin braguitas!, ¡menuda golfa estás tú hecha!, ¿te gusta esto, verdad?

El viejo quiso asegurarse de que ella no iba a volver a intentar escaparse y con un brazo rodeó su estómago, justo por debajo de los pechos, luego bajó la otra mano hasta que llegó al pubis de Silvia.

―¡Mmmmmm, me encanta cuando lo lleváis tan depilado!

No tardó en empezar a acariciar el coño de mi mujer, que se agarró a su brazo, gimiendo más alto y se abrió un poco de piernas, lo que facilitó que el viejo pudiera alcanzar su objetivo.

El mirón hizo como una especie de gancho, metiendo los dedos corazón y anular en el coño de mi mujer, luego movió el brazo tirando hacia arriba y hacia abajo a toda velocidad, e increíblemente aquello empezó a chapotear.

Abrí los ojos como platos cuando Silvia se puso a gemir en alto, miré alrededor y una pareja se había girado para ver de dónde venían esos gemidos. El viejo también se dio cuenta y antes de que nos pudieran llamar la atención le tapó la boca a mi mujer.

―¡Cállate, rubia, no chilles, que nos van a echar!

Sin embargo, siguió masturbándola, la acariciaba por encima del coño y luego le metía un par de dedos; cuando se los sacaba le daba golpecitos con toda la mano, como si le diera azotes, y otra vez volvía a meter los dos dedos.

No tuvo ni que incrementar la velocidad de sus caricias, en apenas un minuto la cadera de Silvia se tensó hacia delante y el cuerpo de mi mujer comenzó a temblar con unos movimientos espasmódicos que incluso me llegaron a asustar.

Jamás en mi vida la había visto correrse así.

En todo el proceso, el viejo no la dejó apenas respirar y le siguió tapando la boca hasta que Silvia pareció estar más relajada. Entonces se dejó caer un poco en el asiento, seguía de medio lado, mirando hacia mí y pude ver como la mano de mi mujer seguía aferrada a su polla. No solo eso.

¡Se la estaba meneando muy despacio!

Ni me acordaba de que Silvia tenía la mano en la polla del mirón, y ahora lo pajeaba lentamente, disfrutando de la sensación de tener aquel trozo caliente y palpitante entre sus dedos. Era mucho más grande que la mía y desde mi posición tenía pinta de estar dura como una piedra.

Yo quería que ya se terminara la aventura con ese desconocido, pero posiblemente Silvia iba a meneársela hasta hacer que se corriera. Era mi castigo por haber dejado que el mirón le metiera mano delante de mí y por haberme corrido mirando cómo lo hacía.

Sin embargo, el viejo tenía otras intenciones.

―¡Dale más rápido, mmmmmm, qué mano tienes! ―le pidió cogiendo por el brazo a mi mujer y haciendo que acelerara el ritmo al que lo pajeaba.

Silvia me miró, seguía de espaldas al mirón; ni tan siquiera le había visto la cara y aun así se había corrido, dejando que un desconocido jugara con su coño.

Estaba tranquila, pero vi en sus ojos que seguía encendida, caliente, con ganas de más.

Tenía la camisa abierta y una mano del viejo seguía manoseando sus pechos, la minifalda vaquera se le había subido y le enseñaba los glúteos sin ningún pudor y, además, cada vez lo pajeaba más rápido, cerrando la mano fuerte sobre aquella enorme polla, que parecía que iba a reventar.

Entonces el viejo mirón levantó el reposabrazos que lo separaba de mi mujer y se puso de medio lado detrás de ella.

Pensé que querría estar más cómodo a punto de llegar al orgasmo, pero lo que hizo fue situar su verga entre las piernas de Silvia, que gimió cuando sintió aquel trozo caliente de carne rozar sus labios vaginales.

―¡No te muevas, rubia, te voy a follar! ―afirmó lo suficientemente alto para que yo pudiera escucharlo.