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El corazón se me puso a mil pulsaciones, podía verlo a tan solo un metro y medio de mí. Era muy morboso y excitante estar metiendo mano a mi mujer delante de aquel tío, que se inclinó hacia delante para mirar cómo Silvia me pajeaba.
―¡Está detrás de ti! ―le jadeé al oído.
Pensé que se iba a asustar o algo parecido, sin embargo, su respuesta estuvo a punto de hacerme explotar.
―Lo sé…, ufffffff, Santi, estoy…, joder…, aaaaaaaaaaaaaaah…, sigueeeee….
Lo siguiente que escuchamos fue la hebilla de su cinturón y luego el ruido de los botones desabrochándose de un solo tirón. No podía creérmelo. Me parecía hasta surrealista. Aquel pervertido iba a sacarse la polla.
¿De verdad iba a ser tan descarado de hacerse una paja delante de nosotros?
Ahora pude verlo bien, era un tío mayor, de unos 60 años, llevaba una camisa a cuadros, parecía un hombre de campo, tenía las manos fuertes, grandes y curtidas, con unos dedos anchos, complexión media, algo de barriga y un frondoso pelo canoso.
Sin pensárselo dos veces, se sacó la polla a la espalda de mi mujer y comenzó a meneársela.
Joder, ¡¡el viejo mirón tenía una verga increíble!
!, era exageradamente grande y ancha y, además, tenía pinta de estar muy dura.
Era como si tuviera vida propia, le palpitaba y se le marcaban las putas venas por todo el tronco.
Se la sujetó con sus rudas manos y se pegó un par de sacudidas mirándome a los ojos.
Me quedé turbado ante aquella escena, por unos segundos incluso me olvidé de que estaba pajeando a mi mujer y volví a mirar sus pechos, ahora parcialmente ocultos por su camisa.
―¡Se la ha sacado el muy cabrón! ―la informé.
Silvia no quiso mirar hacia atrás y comenzó a mover las caderas al ritmo al que mis dedos la follaban. Yo sabía perfectamente cuándo ella estaba a punto de llegar al orgasmo. Entonces el mirón se levantó y se sentó en la butaca que estaba al lado de mi mujer.
Todo fue demasiado deprisa y yo no supe reaccionar cuando vi las manos del viejo tocando el hombro desnudo de Silvia, que a punto de correrse se giró.
―¡No me toques, joder!, ¡¿pero qué haces?! ―protestó apartando la mano del mirón.
Luego cerró los ojos, dejando que yo la siguiera masturbando, y aceleró el ritmo de mi paja. La imagen de aquel viejo tocando a mi mujer fue demasiado para mí; normalmente le hubiera dicho algo por haber molestado a Silvia, pero a punto de correrme me pareció muy morboso.
Y el mirón no se quedó quieto, volvió a pasar las manos hacia delante, solo que esta vez las colocó sobre las tetazas de Silvia, que protestó cuando sintió que el viejo la estaba sobando con todo el descaro del mundo.
―¡Quita, joder, aparta! ―exclamó ella intentando zafarse de su abrazo.
Silvia se echó hacia atrás y me soltó la polla, la mano que yo tenía bajo su falda se salió y dejé de acariciar su coño. El viejo había arruinado el orgasmo de mi mujer y ahora forcejeaba levemente con él.
―¡Para, joder!, estate quieto. ¿Y tú no vas a decirle nada? ―me dijo Silvia sorprendida cuando vio como yo mismo me agarraba la polla.
A punto de correrme, empecé a pajearme observando al viejo mirón sobar las tetazas de mi mujer con sus gruesas y rudas manos.
Le apretaba los pechos con dureza, clavando los dedos tan fuerte que parecía que se los iba a hacer explotar.
Aunque Silvia forcejeaba con él, cerró los ojos y abrió la boca, en una mueca de placer instantánea que no pudo reprimir.
Y el que exploté fui yo, que me corrí sobre mí estómago viendo cómo aquel desconocido sobaba a mi mujer, que seguía tratando de librarse de él.
―¡Y encima te corres! ―protestó Silvia muy enfadada.
Ese momento de desconcierto de mi mujer ante lo que estaba pasando fue aprovechado por el viejo mirón, que se abalanzó sobre ella, besó su cuello y volvió a acariciar sus tetas, esta vez subiéndolas y bajándolas, comprobando lo pesadas que eran.
Una vez que me había corrido intenté reaccionar y ya no me gustó ver al viejo forcejeando con mi mujer.
Había apartado un poco su camisa para besuquearla por el hombro y seguía amasando sus pechos.
Silvia se movía intentando escapar de sus garras, pero aquel hombre estaba muy fuerte y mi mujer apenas se podía mover.
Estiré el brazo para ayudar a Silvia, agarré la mano del viejo y tiré para que la dejara en paz, pero él insistía.
Iba a ponerme de pie para encararme definitivamente con el mirón, pero entonces Silvia me apartó la mano.
Me quedé sorprendido y paralizado otra vez, era como si mi mujer no quisiera que interviniese.
Me quedé mirándola y ahora su cara era una mezcla de placer y miedo. No me lo podía creer, no era posible.
¡Estaba empezando a gustarle que aquel viejo la sobara delante de mí!
Volví a agarrar las manos del viejo, pero Silvia me apartó otra vez.
―¡Ahora te estás quieto!, ¿esto es lo que querías, no? ―me gritó enfadada.
Entonces nos quedamos mirando fijamente, de repente Silvia dejó de forcejear y el viejo mirón siguió magreando sus tetas con ganas. Apretándoselas duro. Haciendo que se bambolearan delante de mi cara.
―Je, je, je, en cuanto te vi fuera, sabía que necesitabas un hombre de verdad ―gruñó el viejo antes de poner su boca sobre el cuello de Silvia.