4
Mi primera reacción fue terminar aquello y decirle a mi mujer que se vistiera, pero estaba muy excitado y siempre había sido una de las fantasías que había compartido con Silvia, que alguien nos viera follar o manteniendo relaciones.
Y ahora aquel mirón estaba en el sitio exacto, en el momento oportuno.
Yo seguí masturbando a mi mujer, pero estuve unos segundos con la mente en otra parte, pensando en qué debía hacer. Al final le comenté a Silvia lo que estaba pasando.
―¡¡Joder, el tío ese ha vuelto, está detrás de nosotros!!
Silvia se giró a la derecha y miró hacia atrás, entonces vio al mirón a unos cuatro metros de nuestra posición.
―¡¡Mierda!!, ¡¡ahora sí que te mato!! ―protestó volviéndose hacia mí para taparse los pechos.
―¡No le hagas caso, solo es un viejo mirón!
―¿Tú estás tonto?, ¿y qué hacemos, seguimos como si nada?
―Desde allí casi no puede vernos. A mí no me importa si te digo la verdad, casi mejor, me da mucho morbo que esté ahí ese cerdo mirando…
―Dame las bragas, que voy a vestirme…
―Venga, Silvia, no me dejes así, lo estábamos pasando de puta madre, ¡¡no le hagas caso!! ―le pedí, agarrándola de la mano para ponerla sobre mi polla.
―¡Te corres rápido y nos vamos!
Comenzó de nuevo a pajearme, esta vez más deprisa, quería que me corriera y que todo terminara; sin embargo, a mí me daba mucho morbo que el viejo estuviera tan cerca de nosotros, pendiente de nuestros juegos.
Pero no quería disfrutar yo solo, quería que Silvia también se lo pasara bien y estaba convencido de que allí, en la sala oscura de cine, con la camisa abierta, sin braguitas y con mi polla en la mano, ella también se encontraba muy cachonda.
Metí la mano bajo su falda, Silvia me lo intentó impedir, pero yo hice fuerza para llegar hasta su coño.
―Santi, ¡estate quieto, no quiero hacer nada con ese tío aquí!
Yo miré hacia atrás y él seguía en la misma posición, atento a nosotros.
Por unos segundos cruzamos la mirada y me pareció que hasta me sonreía, que estuviera allí me estaba excitando sobremanera.
Silvia nunca había tenido problema en enseñar su cuerpo, en la playa haciendo topless o llevando mallas ajustadas en el gimnasio.
Le encantaba lucir sus tremendas curvas, por eso sabía que en el fondo aquella situación a ella también le gustaba.
En cuanto llegué a su coño, le introduje un dedo dentro y ella gimió, cerró los ojos y me siguió pajeando duro al mismo ritmo. Yo no iba a tardar mucho en correrme, por lo que le dije a mi mujer que aflojara un poco.
Aquello tenía que durar más.
Otra vez volví a acariciar sus tetas apartando la camisa a los lados, Silvia se cubrió con la mano que tenía libre, pero abrió un poco las piernas y facilitó que pudiera meter otro dedo en su coño.
―¡Estate quieto, deja la camisa!, no quiero que me vea ese…
―¡Y qué más te da!, has hecho topless en la playa, ¿ahora te va a dar vergüenza que un viejo te vea en sujetador?
―¡No es lo mismo, Santi!
―Pues claro que es lo mismo, además, ¿no te da un poco de morbo que ese viejo nos esté mirando?, a mí me está excitando mucho…, voy a correrme de un momento a otro.
―Pues venga, termina y vámonos…
―No tengas prisa, que para una vez que salimos…
Como no me dejaba sobar sus tetas, subí para acariciarle la mejilla y luego rodeé sus labios con el pulgar empezando a follármela más fuerte con los dedos que tenía en su coño. Esto hizo que abriera la boca, momento que aproveché para meterle el pulgar dentro.
Silvia me miró sorprendida y otra vez aceleró el ritmo al que me pajeaba, succionó profundamente mi pulgar y me miró a los ojos. Luego pasó la lengua haciendo círculos sobre mi dedo y se lo volvió a meter en la boca.
Era como si me la estuviera chupando.
―Joder, Silvia, mmmmm, ¡me estás poniendo a mil!
Me eché hacia atrás, apoyé la espalda en el asiento y apunté con la polla hacia arriba.
Silvia tan solo me la sujetaba y había dejado de pajearme hacía un par de minutos, estaba demasiado concentrada en disfrutar con mis dedos en su coño y me miraba con cara de guarra mientras simulaba lamerme la polla.
Otra vez me giré hacia atrás, él no se había movido de su posición y volvimos a cruzar la mirada.
―¡Chúpamela, Silvia, chúpamela, por favor!, hace mucho que no me lo haces…
―No pienso hacer eso, y menos con ese tío ahí detrás…
―Vamos, cómeme la polla, por favor, cuando éramos jóvenes, me lo hacías siempre en el cine y ahora, ¿por qué no? Ya ni en casa, ni en ningún sitio…, ya no me la chupas…
―No te pongas pesado, Santi, anda, córrete ―me ordenó comenzando a pajearme otra vez.
Aquello estaba a punto de terminar, entonces el viejo mirón se levantó, yo me giré y lo seguí con la mirada, bajó las escaleras hasta que se quedó a nuestra altura.
Dudó qué hacer. Luego se sentó en nuestra misma fila, apenas había cuatro asientos de separación entre él y mi mujer, que lo tenía sentado a su espalda.
―¡Ha bajado! ―le dije a ella.
―¡Venga, termina ya o nos vamos! ―me apremió Silvia incrementando el ritmo de su paja.
Alcé la vista por encima de mi mujer para fijarme en lo que estaba haciendo el viejo. Silvia se dio cuenta de que estaba pendiente de él.
―¡Deja de mirarlo y termina!
Mi mujer estaba recostada de lado, de espaldas al mirón. Yo seguía con la mano metida bajo su falda y volví a masturbarla con rapidez, follándomela con los dedos. No me quedaba nada para correrme y ya me daba todo igual. Estaba en ese instante cuando estás tan cachondo que haces cualquier cosa.
Silvia me sujetó el brazo para que no lo sacara de debajo de su falda y me dejó hacer; ella también se iba a correr.
Nos quedamos mirando fijamente a los ojos, pajeándonos mutuamente, a punto de llegar al orgasmo.
Acaricié sus tetas y luego me acerqué a ella para apartar su camisa, desnudarle un hombro y morderla unos segundos.
Sinceramente, estábamos tan concentrados en corrernos que ya no nos importaba que estuviera ese mirón allí, a tres metros de nosotros.
Entonces, no me lo esperaba, pero el viejo se levantó otra vez y se acercó.
Se escuchó perfectamente el ruido de la butaca al bajar, antes de que él se volviera a sentar.
Ahora solo había un espacio de separación entre Silvia y el viejo mirón.