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El corazón se me puso a mil pulsaciones y creo que a Silvia le pasó lo mismo. Pero, pasado el susto inicial, me dio morbo la situación y me calentó mucho pensar que aquel tío había visto a mi mujer en sujetador.
―¡Anda, vamos a dejar de hacer el tonto, que ya tenemos una edad! ―dijo Silvia comenzando a abrocharse los botones de su camisa.
―Estate quieta, deja eso ―dije yo impidiéndoselo―. Ya se ha ido, ahora sí que nadie puede vernos…
―¡Saaaaaanti, para ya!
―Venga, ¡no me digas que no estás un poco caliente!
―Pues claro, un poco sí, pero es que…
―Aquí no puede vernos nadie, venga, no me dejes así ―le rogué echándome hacia atrás para enseñarle la erección que tenía―. Además, si te digo la verdad, me ha puesto mucho que ese tío casi nos pille, ¿te imaginas que te hubiera visto las tetas?
―¿Eso te pone?, que ese tío me hubiera visto así, mostrándome como una cualquiera…
―Un poco sí, no me digas que te va a dar vergüenza ahora, ¿cuántas veces has hecho topless en la playa?
―No es lo mismo la playa que aquí. Y ya sabes que hace muchos años que no hago eso.
―Pues deberías…, ¡¡porque estás buenísima!!
―Ahora estoy gorda y tengo las tetas caídas…
―¡Deja de decir tonterías!, ¡tienes unas tetazas de impresión! ¿No te has fijado en cómo te miraban en el centro comercial los tíos? Anda, ven aquí, que me estoy poniendo cerdísimo ―dije soltándole el último botón de la camisa.
Silvia se acercó a mí y me dio un morreo mientras me volvía a agarrar la polla. Yo metí la mano bajo su camisa y le apreté con ganas sus tetazas. Fue la primera vez que mi mujer gimió y cerró los ojos mordiéndose los labios.
No sé si eran imaginaciones mías, pero parecía que Silvia también estaba más cachonda desde que el desconocido nos había interrumpido.
―¡Venga, córrete! ―me ordenó incrementando el ritmo de su paja.
―Espera, espera, no tan deprisa, joder, más despacio…, todavía tenemos tiempo…
Puse mi antebrazo derecho sobre su pecho y la empujé, haciendo que apoyara la espalda en el asiento. Silvia me soltó la polla al caer hacia atrás.
―¡No te muevas! ―Y aparté despacio la camisa.
Con tranquilidad eché la tela de su camisa a ambos lados y descubrí sus tetas, que seguían cubiertas tan solo por el sujetador. La respiración de Silvia se había acelerado y parecía que el pecho se le iba a salir por la boca. Me miró inquieta, nerviosa y excitada.
―¿Qué haces?
―Nada, solo estoy disfrutando lo buena que está mi mujer…
Ahora fui yo el que se inclinó sobre ella y colocó la mano bajo su falda. No me costó llegar a sus braguitas e hice presión, intentando meter un dedo sin tan siquiera apartar la tela.
―Aaaaah ―gimió Silvia sujetándome por el brazo.
Ella quiso agarrarme la polla, pero yo se lo impedí, quería que estuviera más caliente todavía.
Aparté sus braguitas y conseguí llegar hasta su coño, que me esperaba ansioso, húmedo y abierto.
Silvia se escurrió un poco en el asiento y abrió las piernas para facilitarme el trabajo.
Introduje un dedo dentro de ella, pero eso pareció saberle a poco a mi mujer.
―Joder, Santi…, mmmmmm, te estás pasando…, ¡¡joder, qué gusto!!
―¿Quieres más?
―Sí ―suspiró mirándome con una cara mezcla de placer y súplica.
―Espera, quiero hacer algo…
Subí su minifalda vaquera, metí la mano por los laterales y tiré de sus braguitas hacia abajo. Quería dejarla desnuda, cosa que no pareció gustarle mucho a Silvia.
―¡¿Qué haces?!
―¡Quitarte las braguitas, para tocarte mejor!, me están molestando…
―¿Qué pasa, me quieres desnudar o qué?
―¡Uffffff, no me importaría!, no lo había pensado, pero imaginarte aquí desnuda…
―Ni lo pienses, eso no va a pasar ―dijo cruzando la camisa sobre sus pechos y bajándose la falda.
No había soltado el elástico de sus braguitas y seguí tirando hacia sus pies. Silvia protestó, pero a la vez levantó las caderas para facilitarme el trabajo. Poco a poco fui deslizando las braguitas por sus muslos, por sus rodillas y bajé por sus piernas hasta que conseguí quitárselas.
Ahora tenía mi trofeo en la mano.
―¡Te voy a matar! ―me riñó otra vez Silvia, abierta de piernas en el asiento.
Me incliné sobre ella, aparté la camisa y me fijé otra vez en sus tetas. Luego metí la mano bajo su falda y, cuando alcancé su coño, la penetré con dos dedos. Silvia me agarró por el brazo.
―¡¡Aaaaah, Diossss!! ¡¡Ufffff, qué bueno!!, ahhhhgggg… ―gimió en alto.
Yo me asusté, no pensé que se le iba a escapar ese gemido; por suerte el volumen de la película era muy alto y seguramente nadie se hubiera percatado de lo sucedido, pero al mirar hacia atrás me encontré con el señor de antes.
Se había sentado en nuestra misma columna de filas, pero tres asientos por detrás y a nuestra derecha.
Cruzó la mirada conmigo y sonrió. Silvia estaba medio desnuda, abierta de piernas y ajena a que estaba siendo observada por aquel tío.
Estaba claro que nos habíamos encontrado con un puto mirón.