Los relatos de David Lovia. 2
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Al final elegimos una película de acción que llevaba tiempo en cartelera, y me imaginé que tendría pocos espectadores. No me importaba en absoluto, cuanta menos gente hubiera en el cine, mejor para lo que me proponía.

Como había pensado, efectivamente había muy poca gente; pude contar tres parejas, sumándonos a nosotros éramos ocho.

La sala de cine era muy pequeña; dos columnas, con unas quince filas a cada lado.

Estábamos espaciados, dos en cada columna, y bastante separados entre nosotros.

Nos sentamos a la izquierda y, en cuanto se apagaron las luces, me pareció ver que entraba otra pareja, aunque no los pude ver bien.

Por desgracia se pusieron en la misma fila que nosotros, pero al otro lado, a unos diez o doce metros de distancia.

Yo estaba sentado a la izquierda de mi mujer y miré para ver si podía ver a los nuevos que habían llegado, pero solo veía al hombre, que parecía mayor, y me imaginé que su mujer estaría junto a él. Eso sí, en cuanto empezó la película, me despreocupé de ellos.

Solo tenía ojos para las piernas de Silvia, que había cruzado en una pose muy erótica. Con la excusa de compartir palomitas y beber Coca-Cola, estábamos pegados y yo le puse una mano sobre el muslo.

―Vale, Santi, estate quieto, que acaba de empezar la película ―me pidió Silvia retirándome la mano.

Pero yo no estaba muy por la labor, la película me importaba una mierda, y solo quería sobar a mi mujer. Ella se dio cuenta enseguida de mis intenciones y cuando apartamos el cubo de palomitas se acercó a mí y entrelazamos los dedos.

Estuvimos un rato así, viendo la película y acariciándonos, pero yo quería más.

―¡Estás increíble hoy!

―Shhhh, calla…

―En cuanto te he visto salir del gimnasio, me has puesto, uffffff, con esa faldita y esas botas ―dije intentando tocar sus tetas por encima de la camisa.

―¡Santi!, vale ya ―dijo ella apartándome la mano.

―Venga, Silvia, ¿no te acuerdas de jóvenes lo que hacíamos en el cine?

―Sí, claro que me acuerdo.

―Hoy podríamos…, mmmm, ya sabes, la peli es muy mala y casi no hay gente…

―¿Y para eso querías venir tú al cine?

―Pues sí, hace mucho que no morboseamos un poco ―le recordé volviendo a acariciar sus pechos por encima de la camisa.

Silvia miró a los lados, esta vez dejándose hacer, para comprobar si había gente que pudiera vernos.

―¡Shhh, calla, que nos van a oír!, anda, vamos a ver la película…

―Lo que tú digas ―dije sin dejar de magrear sus tetas.

Yo sabía perfectamente cuándo le apetecía a mi mujer, aunque protestara, solo tenía que ir calentándola poco a poco. Tampoco había ninguna prisa, la película apenas llevaba media hora y teníamos casi una hora por delante para disfrutar de la intimidad del cine.

Seguíamos con los dedos entrelazados y yo, de medio lado, con la mano izquierda, le tocaba las tetas por encima de la camisa; y, cuando intenté meterla bajo la falda, ella me la apartó inmediatamente.

―¡No corras tanto! ―exclamó Silvia palpándome la polla por encima del pantalón y volviendo a echar una ojeada a los lados.

Teníamos las cabezas casi pegadas y nos dimos un pequeño beso en la boca cuando Silvia me agarró la polla por encima. Yo no pude aguantarme más y volví a bajar la mano para acariciar sus muslos, llevaba toda la noche queriendo tocar esas piernazas, y clavé mis dedos en ellos.

―¡Estás estupenda!

―Todavía tengo que bajar diez kilos más…

―¡Ni se te ocurra!, a mí me gustas así y tener de donde agarrar…

―¡No seas bobo!, sabes que estoy gorda…, pero me encanta que digas eso.

―¿Qué coño vas a estar gorda?, ¡¡pero si estás buenísima, joder!!

―Ya veo que te gusto, ya, la tienes bastante dura ―afirmó sin dejar de pajearme por encima del pantalón.

Yo mismo me desabroché los botones y con disimulo me saqué la polla.

Echaba de menos cuando estábamos en la universidad y Silvia me hacía unas pajas y unas mamadas tremendas en el cine.

De eso hacía muchos años y Silvia había cambiado.

Nunca había tenido problema en enseñar su cuerpo, incluso hacía topless en la playa en aquella época de novios y mostraba sus enormes tetas; pero, en cuanto tuvimos a la mayor, se volvió más recatada y nuestra vida sexual fue cayendo poco a poco.

No tardó en rodear mi polla con sus dedos y comenzó a masturbarme despacio. Yo subí las manos y le fui desabrochando los botones de su camisa blanca uno a uno.

―Pero ¿qué haces? ―me preguntó Silvia cuando se dio cuenta de mis intenciones.

―¡Quiero verte las tetas!, desnudarte aquí…

―¡Estás tonto, aquí hay gente, pueden vernos!

―Tranquila, nadie nos va a ver…

―¡Te voy a matar! ―me amenazó Silvia girándose un poco hacia mí.

Se dejó soltar cuatro botones y yo metí la mano por dentro para agarrar uno de sus pechos desde abajo. Las tetas de Silvia eran grandes, calientes y muy pesadas. Cuando quise seguir desabrochando su camisa, ella me lo impidió.

―¡Vale ya, joder!

―Deja que te los quite todos, me apetece verte con la camisa abierta…, por favor…, ¡me estoy poniendo muy cachondo!

Silvia me agarró la polla con más fuerza y me miró directamente a los ojos sin decirme nada, pegándome unas cuantas sacudidas con lentitud.

―Entonces, ¿puedo? ―pregunté con insistencia mientras abría otro botón más.

Mi mujer ya estaba casi con la camisa abierta, apenas le faltaban un par de botones más, que solté sin esfuerzo.

Cuando lo hice, miré hacia abajo y le abrí un poco la camisa apartándola hacia fuera.

Las tetazas de Silvia lucían poderosas, embutidas en un sujetador negro que parecía dos tallas más pequeño.

Silvia apoyó la espalda en su asiento y se echó hacia atrás, luciendo orgullosa sus pechos. Por un momento me soltó la polla.

―¿Esto es lo que querías? ―dijo exhibiéndose delante de mí.

―¡Joder, sí, qué buena estás!

En ese momento, el señor que estaba sentado a nuestra derecha se puso de pie. Al levantarse me di cuenta de que estaba solo y echó a andar por el pasillo en dirección hacia nosotros.

―¡Mierda, tápate, que viene alguien! ―dije girando el cuerpo de mi mujer hacia mí, a la vez que ocultaba mi polla como buenamente podía.

El señor se quedó mirando detenidamente hacia donde estábamos nosotros, estaba claro que nos había pillado, pero no dijo ni hizo nada. Y, en cuanto llegó al pasillo central, subió por las escaleras en dirección a la salida.