Los relatos de David Lovia.
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Pasé a recoger a mi mujer a la puerta del gimnasio, cada vez se estaba tomando más en serio lo de ponerse en forma.
Silvia había pasado una mala temporada, pero esa etapa ya estaba superada; hacía seis meses que había empezado a trabajar de nuevo como abogada, después de muchos años de excedencia, y había cogido con ganas el entrenamiento físico.
A raíz del nacimiento de nuestra segunda hija, Silvia se veía cada vez más gorda y necesitaba un cambio de estilo de vida.
Decía que le sobraban quince kilos, es verdad que había engordado un poco, pero yo la veía estupenda.
En los últimos meses, gracias al gimnasio, ya había perdido seis o siete, pero ella seguía disciplinada en su entrenamiento.
A pesar de ser sábado, ella le había dedicado dos horitas a entrenar duro por la tarde, y mientras tanto yo había dejado a nuestras hijas en casa de mis padres.
Aquella noche nos la íbamos a tomar de relax; desde que nació la peque, hacía casi cuatro años, no habíamos tenido una noche para nosotros solos.
Tampoco es que fuéramos a hacer nada especial, cenar tranquilamente en un centro comercial y luego ver una película en el cine.
Ella sabía que lo mejor de su anatomía eran sus inmensas y desproporcionadas tetas y le encantaba lucirlas a la mínima ocasión.
Llegamos al centro comercial y estuvimos dando una vuelta por las tiendas.
Me gustaba presumir de mujer; no fueron pocos los tíos que se quedaron mirando cómo se le bamboleaban los pechos al andar e incluso me fijé en que alguno se giraba para ver su culazo.
La falda vaquera era muy cortita y Silvia no pasaba desapercibida en ninguna de las tiendas en las que entrábamos.
Compramos algo de ropa y luego subimos a cenar a un restaurante mexicano de la planta alta.
Dejé que fuera Silvia a pedir y yo me quedé en la mesa, observando a mi mujer en la caja.
Un par de chicos de unos 20 años que había a su lado le pegaron un buen repaso de arriba abajo y, cuando ella vino a la mesa con la cena en una bandeja, se le quedaron mirando el culo descaradamente.
Tengo que reconocerlo, me encanta que miren y deseen a mi mujer. Desde siempre me ha excitado mucho.
Cuando terminamos de cenar, a eso de las 22:40, nos acercamos a las salas de cine.
Tampoco es que hubiera una película que tuviéramos especial interés por ver; a mí, sinceramente, me daba igual, yo lo único que quería era estar a solas con mi mujer y recordar nuestra época universitaria, cuando íbamos al cine a magrearnos un poco.
Era mi intención esa noche, jugar un poco con ella y romper la monotonía de la pareja.