Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Samuel Arce

La recuperación duró dos días. Daniel no volvió a entrar.

El primer día lo pasó en una sala improvisada dentro del antiguo edificio de administración de Hidrovalnera.

Desde una ventana podía ver entrar y salir a los equipos forenses.

Cada persona que cruzaba la puerta llevaba una función concreta: fotografía, antropología, criminalística, seguridad estructural.

Daniel agradeció aquella lentitud profesional.

Veintiocho años antes demasiadas personas habían decidido que no podían esperar.

Ahora cada centímetro se registraba antes de moverse.

Alba Santamaría, la antropóloga forense, salió al mediodía con el mono manchado de barro. Daniel la conocía de dos intervenciones judiciales en el hospital. Ella se quitó los guantes antes de acercarse.

—No voy a contarte nada que no deba.

—No te lo voy a pedir.

—Eso te hace más fácil de tratar que la mayoría de familiares.

—No soy familiar —dijo Daniel.

Alba sostuvo la mirada.

—No hace falta decidir hoy qué palabra eres.

Le explicó únicamente el procedimiento: delimitación, fotografía, levantamiento estratigráfico, recogida de elementos asociados, recuperación de restos y análisis posterior. No habría conclusiones sobre causa o secuencia hasta laboratorio.

—¿Se puede saber si murió allí? —preguntó Daniel.

—Probablemente podremos saber si los restos permanecieron allí desde un periodo compatible. Quizá lesiones. Quizá no. Lo que no vamos a poder hacer es reconstruir pensamientos ni convertir cada marca en una narración exacta.

—Lo sé.

—Te lo digo porque las personas necesitan que los huesos contesten preguntas que no contestan.

Daniel pensó en Elena. En sí mismo. En todos.

—Cuando sepáis algo, que primero se lo diga a ella quien corresponda.

—Así será.

Por la tarde empezaron a salir cajas numeradas. Ninguna permitía ver contenido. Daniel observó una etiqueta: C4-E07. No sabía si dentro había barro, metal o un objeto de Samuel. Se sorprendió agradeciendo no saberlo.

Clara llegó con comida. Traía también dos cuadernos nuevos.

—Uno para ti y uno para mí.

—¿Para qué?

—Para dejar de utilizar servilletas, notas del móvil y márgenes de periódicos como sistema de investigación.

Daniel abrió el suyo. En la primera página Clara había escrito tres columnas: HECHO / RECUERDO / LO QUE QUEREMOS QUE SEA VERDAD.

—La tercera sobra.

—Es la más importante.

Se sentaron en el bordillo. Daniel anotó: «Restos humanos visualizados en C-4. Mochila verde asociada. Identificación pendiente». En recuerdo escribió: «Samuel al otro lado de la compuerta. Tres golpes. Promesa». Dejó la tercera columna en blanco.

—Pon algo —dijo Clara.

—¿Qué?

—Lo que quieres que sea verdad.

Daniel pensó.

Escribió: «Que no tuvo miedo».

Miró la frase y supo que era falsa como deseo, no como hecho. Por supuesto que Samuel había tenido miedo. Querer imaginarlo sereno era otra manera de convertirlo en héroe y protegerse del niño real.

Tachó la frase y escribió: «Que supiera que íbamos a volver».

Tampoco podía saberlo.

Clara no dijo nada.

—Esto es cruel —murmuró Daniel.

—Sí.

—¿Por qué lo propones?

—Porque si sabes qué necesitas creer, será más difícil confundirlo con lo que encuentren.

Daniel cerró el cuaderno.

Al caer la tarde, Alba volvió a salir. Esta vez llevaba una bolsa transparente pequeña dentro de otra bolsa de evidencia. No se acercó a Daniel, pero él alcanzó a ver un color azul antes de que desapareciera en un vehículo. El cordón. Su cuerpo reaccionó. No siguió a nadie.

La segunda mañana, Irene consiguió autorización para que los supervivientes entregaran muestras de ADN de referencia y declaraciones ampliadas. La escena ya no era solo la recuperación de unos restos: cada objeto podía enlazar con testimonios de 1998 y con el encubrimiento posterior.

Bruno acudió acompañado de abogado. Daniel lo vio desde lejos.

Parecía haber envejecido durante una semana.

No se acercaron. Daniel entendió que no necesitaba decidir inmediatamente si Bruno era víctima, cómplice, hijo leal o adulto responsable.

Podía ser varias cosas a la vez y responder por las que había elegido siendo mayor.

Al mediodía, un agente entregó a Irene una relación preliminar de objetos recuperados. No fotografías, solo descripciones: mochila textil, linterna, estuche plástico, canicas, reloj, fragmentos de papel protegidos por una funda, cordón azul, llaves, elementos de ropa.

Daniel leyó «canicas» dos veces.

—Siempre llevaba —dijo.

—¿Lo recuerdas o lo sabes por Elena? —preguntó Clara.

Daniel pensó.

—Las dos cosas. Elena habló de ellas. Pero recuerdo una azul que Samuel decía que daba suerte.

—¿La encontraron?

—No lo sé.

—Entonces espera.

La capacidad de Clara para impedir que completara historias empezaba a resultar irritante y preciosa.

Más tarde, Alba confirmó que había una canica azul entre los objetos. Daniel no sintió triunfo. Sintió algo más pequeño: la comprobación de que una escena banal de su infancia no había sido inventada por completo.

—Le ganó esa canica a Marcos —dijo.

—Eso no puedo confirmarlo —respondió Alba.

—Ya.

Al final del segundo día, los equipos sacaron la última camilla cerrada. No había cámaras cerca; la Guardia Civil había ampliado el perímetro. Elena no estaba allí. Había decidido que su primer encuentro con lo que quedaba de Samuel no sería junto a una montaña rodeada de periodistas.

Daniel observó el vehículo alejarse.

Durante casi treinta años Samuel había permanecido en un lugar donde nadie pronunciaba su nombre.

Ahora lo transportaban con una cadena de custodia, un número de caso y profesionales discutiendo cada detalle.

Podía parecer burocrático. A Daniel le resultó profundamente humano.

La burocracia también podía ser una forma de decir: esta persona cuenta, este objeto cuenta, este centímetro de tierra cuenta porque alguien estuvo aquí.

Esa noche, antes de dormir, escribió en el cuaderno:

HECHO: Samuel ha salido de Valnera.

RECUERDO: le prometí volver.

LO QUE QUIERO QUE SEA VERDAD: que llegar tarde no sea lo mismo que no llegar.

No tachó la última frase. No era una conclusión sobre Samuel. Era una pregunta sobre sí mismo, y podía permitirse todavía no conocer la respuesta.

Durante aquellos dos días comprendió que quedarse fuera era también una forma de respetar el lugar.

La cámara C-4 dejó de pertenecerles a ellos en cuanto aparecieron restos.

Pasó a ser una escena forense, un espacio donde cada centímetro debía medirse, fotografiarse y retirarse con una lentitud que la urgencia de 1998 nunca había permitido.

Elena había llegado a San Román la primera tarde.

No quiso ir a la central.

—He esperado veintiocho años —dijo—. Puedo esperar dos días más sin mirar un agujero.

Se alojó en una pensión de la plaza. Clara fue quien la acompañó hasta allí. Daniel observó desde la acera cómo caminaban juntas y sintió algo parecido a miedo: dos personas a las que había intentado proteger de maneras muy distintas y que parecían no necesitar su supervisión.

El análisis preliminar confirmó que los restos correspondían a un menor de edad.

Había una fractura en un antebrazo compatible con una lesión producida poco antes de la muerte, posiblemente causada por el colapso del conducto.

No existían indicios de violencia infligida por otra persona.

La posición sugería que Samuel había alcanzado una pequeña repisa lateral por encima del nivel inicial del agua.

Eso explicaba por qué los hombres enviados por Requena no lo habían visto desde la entrada. También explicaba algo peor.

Pudo haber sobrevivido durante horas después de que los siete salieran.

La forense que coordinaba el estudio, Alba Santamaría, se negó a convertir aquella frase en un número. Daniel insistió una vez. Luego otra. Ella cerró la carpeta y lo miró como se mira a un colega que está usando su profesión para hacerse daño.

—Puedo decirte que la lesión del antebrazo no tuvo por qué ser inmediatamente mortal.

Puedo decirte que hay signos compatibles con inmersión progresiva y con exposición al frío.

No puedo decirte si estuvo consciente veinte minutos, dos horas o más.

La conservación no permite esa precisión y el entorno cambió después.

—Pero hay una ventana.

—Hay posibilidades. No una hora de muerte que puedas colocar al lado de la hora en que Tomás os encontró.

Daniel apretó los dientes.

—Si me das un intervalo...

—¿Para qué? —preguntó Alba—. ¿Para saber si alguien habría llegado a tiempo?

Eso dependería de cuándo avisaran, de qué equipo entrara, del estado de la galería, de la avenida de agua y de cosas que no podemos reconstruir con exactitud.

La ciencia no va a darte el minuto que necesitas para decidir cuánto odiar a alguien.

Daniel se quedó callado. En Urgencias había pronunciado versiones de aquella misma frase a familias que pedían certezas imposibles.

Había explicado que una tomografía no contestaba por qué, que una analítica no podía decir qué habría ocurrido si hubieran llegado antes, que la medicina delimitaba posibilidades y no reescribía el pasado.

Fuera del hospital, sin bata y sin distancia, había olvidado todas sus propias reglas.

—Entonces ¿qué sí sabemos?

Alba abrió la carpeta de nuevo.

—Que Samuel alcanzó esa repisa. Que intentó mantenerse fuera del agua.

Que tenía una fractura en el antebrazo y lesiones compatibles con el colapso.

Que no hay evidencia de que otra persona lo agrediera.

Y que cuando se selló la galería nadie hizo una búsqueda forense ni de rescate suficiente para descartar que hubiera alguien dentro.

Eso último no necesita que yo invente una hora.