Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La última mentira

La posibilidad de que Marcos hubiera sido asesinado murió a las once y treinta y siete de la mañana.

La noticia llegó mientras la Guardia Civil registraba las entradas de Valnera en busca de Sergio Lomas. La fiscal del caso había informado primero a Raquel y autorizó después que el teniente comunicara a los demás afectados las conclusiones básicas.

—Han cerrado las pruebas toxicológicas pendientes y la reconstrucción de tiempos —dijo el teniente.

Daniel supo antes de oírlo.

—Se suicidó.

El hombre asintió.

La revisión no encontró signos de intervención de terceros.

Una cámara de un edificio cercano mostraba a Marcos entrando solo en el portal.

Nadie más accedió hasta la mañana siguiente.

Sergio había entrado en el piso dos noches después, cuando el precinto ya se había retirado.

El allanamiento, las amenazas y la muerte pertenecían a historias relacionadas, pero no a la misma secuencia.

Durante días Daniel había conservado la posibilidad de un culpable exterior que ordenara todas las piezas. La conclusión policial la borraba.

Irene tenía una copia autorizada de un vídeo que Marcos había grabado horas antes. Él mismo advertía al principio que no se trataba de una despedida.

Aparecía sentado frente a la pared donde había escrito:

YA SE HA ACORDADO DE NOSOTROS

—Suena a fantasma —decía a cámara—. No lo es. Cuando vi la foto pensé que yo había recordado a Samuel. Lo primero que sentí fue lo contrario: que Samuel me había recordado a mí. No creo que los muertos hagan eso. La culpa sí.

Marcos se frotaba la cara.

—Y, por favor, si encontráis esto, no hagáis conmigo lo que hicieron con él.

No me convirtáis en una explicación que os resulte cómoda.

No me ha matado nadie. Tampoco me ha matado recordar.

Llevo tiempo enfermo, he pedido ayuda y a veces la ayuda no ha bastado.

Los sobres no convierten lo que voy a hacer en una buena decisión.

El trabajo habría estado mejor terminado si yo siguiera aquí para discutir con vosotros.

Daniel apartó la vista.

Irene llamó a Raquel. Hablaron sin altavoz al principio. Después Raquel pidió que la oyeran todos.

—No digáis que Marcos murió por Samuel —dijo—.

Ni por la investigación ni por recordar.

Llevaba meses con insomnio, ataques de pánico y tratamiento.

Había días buenos y días horribles. Yo también preferí creer algunas veces que estaba mejor porque discutir era agotador.

Hay suficiente culpa real en esta historia. No fabriquéis otra.

Daniel apoyó una mano sobre el capó del coche.

—No quiero quitarle importancia a lo que encontró.

—No se la quites. Pero tampoco le des a su muerte una utilidad que no tuvo. Marcos quería encontrar a Samuel. También quería estar vivo para verlo.

—¿Quieres que vayamos contigo? —preguntó Irene.

—No. Quiero que encontréis a Sergio y que, si llegáis a Samuel, esta vez nadie improvise.

La llamada terminó.

Un agente se acercó corriendo.

—Han encontrado el vehículo.

El todoterreno de Sergio estaba detrás de una nave de bombeo, a casi un kilómetro de la entrada principal. La puerta de servicio inferior presentaba signos recientes de apertura. Su móvil había emitido la última señal dentro del perímetro.

Julián extendió el plano sobre el capó.

—Desde ahí se accede a la galería de drenaje. La obra rompió uno de los sellados antiguos para pasar cableado temporal.

Bruno se llevó una mano a la cabeza.

—Sergio conocía ese acceso.

Irene lo miró.

—¿Porque se lo enseñaste?

—Le di planos de obra. No de la central antigua.

—¿Qué le ordenaste cuando mandaste recuperar los documentos de Marcos?

—Ya lo he declarado.

—No te lo pregunta como fiscal.

Bruno respiró hondo.

—Le dije que recuperara documentación de Valnera que pudiera pertenecer a la empresa y perjudicar el proyecto. Fue una decisión ilegal y estúpida. No le dije que entrara hoy en la central.

—¿Sabía que podía haber restos? —preguntó Daniel.

Bruno tardó en responder.

—Le dije que, si encontraba efectos personales o algo que pareciera humano, no tocara nada y saliera.

Daniel lo observó.

—Después de pagarle para entrar en casa de un muerto, confiaste en que obedecería justo esa orden.

Bruno bajó la mirada.

No hizo falta continuar.

La prioridad cambió cuando la primera cámara de inspección introducida desde drenaje encontró una mochila reciente, una linterna y una mancha que podía ser sangre. Minutos después llegó por radio un gemido.

El jefe del operativo organizó dos equipos de búsqueda y rescate. Daniel dio un paso al frente.

—Soy médico de urgencias.

—Tenemos sanitario de rescate —respondió el jefe.

—Entendido.

Daniel retrocedió.

Clara lo vio y levantó una ceja.

—Acabas de aceptar un no a la primera.

—Estoy creciendo.

—A tu edad ya era hora.

Nadie sonrió demasiado.

Durante casi cuarenta minutos vivieron de voces por radio. Galería estable hasta punto uno. Agua en suelo. Herramientas recientes. Después una caída y el aviso que alteró el tono del operativo.

Varón localizado. Consciente. Pierna atrapada por elemento de hormigón. Posible síndrome de aplastamiento. Extracción compleja.

Víctor, el sanitario de rescate, pidió apoyo médico para valoración avanzada antes de liberar la extremidad. El jefe comprobó la acreditación profesional de Daniel, habló con coordinación médica y le explicó las condiciones mirándolo a los ojos.

—Entra porque hay un paciente vivo. No porque hayas estado aquí de niño. No te separas de Víctor, no tocas nada que no sea al paciente y, si un técnico dice fuera, sales.

—Entendido.

—Si ves C-4, seguirá sin ser asunto tuyo mientras haya un herido.

Daniel pensó en Samuel.

—Entendido.

Clara no intentó convencerlo de que no entrara. Se acercó y ajustó una de las tiras del chaleco reflectante que él se había colocado mal.

—No conviertas esto en otra cosa —dijo.

Daniel sabía exactamente a qué se refería.

Salvar a Sergio no salvaría a Samuel.

—No lo haré.

El casco le pesó en las manos cuando cruzó la línea del operativo.