CAPÍTULO 23
Antes de las máquinas
A las cinco y cuarenta de la mañana, la entrada inferior de Valnera estaba iluminada por focos de obra.
Daniel la vio desde la pista pública junto a Irene, Julián, Álex y dos agentes de la Guardia Civil.
Clara permanecía en el coche, a más de trescientos metros, con instrucciones explícitas de no acercarse.
Había protestado hasta que Irene le entregó una tarea bastante menos heroica de lo que ella esperaba: anotar horas, matrículas y movimientos visibles desde fuera del perímetro y enviar una copia automática a María.
—Esto es manipulación —había dicho Clara.
—Sí —respondió Irene—. Y además te mantiene detrás de la valla.
La medida cautelar todavía no estaba firmada.
Un juzgado de guardia había recibido de madrugada el parte de 1998, las declaraciones de Amalia Cifuentes y Tomás, y la documentación reunida sobre C-4.
La Guardia Civil podía impedir una destrucción evidente de posibles pruebas y asegurar el lugar, pero la autorización para intervenir en las galerías seguía en trámite.
Al otro lado de la valla, cuatro trabajadores preparaban una bomba de inyección. Un camión cisterna tenía una manguera conectada a un colector. Julián desplegó los planos sobre el capó de su coche.
—Si inyectan desde esos sondeos, el mortero buscará cualquier hueco comunicado con la perforación.
—¿Puede alcanzar C-4? —preguntó Daniel.
—Puede. También puede no acercarse. El problema es que, una vez dentro, no podremos distinguir qué estaba sellado desde hace treinta años y qué hemos tapado esta mañana.
El teniente de Policía Judicial habló con el jefe de obra por teléfono. El hombre aseguró que no iniciarían nada hasta recibir confirmación del promotor. Bruno había enviado un correo de suspensión, pero todavía no figuraba en el sistema interno de la contratista.
—Que pare todo —dijo el teniente—. No «espere instrucciones». Pare todo.
A las seis y cinco llegó Bruno. Bajó del coche sin chaqueta y con la cara de no haber dormido.
—¿Han empezado?
—No —respondió Daniel.
—He hablado con dirección. Está parado.
Irene extendió la mano.
—Correo y acuse de recibo.
Bruno se los mostró. Durante unos minutos pareció estar del mismo lado que ellos. Entonces un estruendo seco llegó desde la ladera.
Una nube de polvo apareció unos cien metros por encima de la entrada inferior. Uno de los trabajadores gritó. Después otro. Julián corrió hacia la valla.
—¿Qué han hecho?
El jefe de obra salió de una caseta.
—Nada. Ha cedido solo.
—¿Qué ha cedido?
—El sondeo tres. Ha tragado material.
Julián palideció.
—Se ha abierto una cavidad.
Un agente ordenó evacuar la zona inmediata. El terreno había colapsado parcialmente alrededor de uno de los taladros, dejando un agujero oscuro de casi dos metros. Debajo se oía agua. No agua recordada: agua real, moviéndose bajo el terreno.
Los operarios desviaron con sacos la escorrentía que caía desde una zanja. El flujo disminuyó, pero nadie volvió a acercarse al borde. Bruno preguntó si aquello comunicaba con C-4.
—No lo sé —respondió Julián—. Y si alguien te da una respuesta distinta sin medirlo, te está vendiendo tranquilidad.
A las seis y veintidós llegó la llamada del juzgado. El teniente escuchó en silencio y después reunió a los responsables.
—Orden de preservación inmediata del área. Autorizada inspección técnica y policial no invasiva. Nada de excavación, retirada de elementos ni acceso a cavidades inestables hasta que llegue el equipo especializado.
Daniel dio un paso hacia él.
—Puedo reconocer referencias.
El teniente negó antes de que terminara.
—Tú no entras.
La respuesta le produjo una irritación instantánea, casi física. Había pasado veintiocho años queriendo regresar y ahora estaba a unos cientos de metros de una puerta abierta por orden judicial.
—Estuve allí.
—Precisamente.
Daniel miró a Irene. Ella no necesitó intervenir.
—De acuerdo —dijo él.
Clara, detrás de la valla, alzó los dos pulgares con una solemnidad ofensiva.
—No hagas que me arrepienta —dijo Daniel.
—Ya estoy orgullosa de ti. Es horrible.
La inspección la realizarían dos técnicos de rescate, Julián como asesor de la estructura y un agente de Policía Judicial.
Se incorporó además Vicente Arana, un antiguo trabajador de Hidrovalnera localizado gracias a una de las notas de Marcos.
Tenía setenta y un años y había trabajado en Valnera hasta 1985.
—C-4 no era bonita ni cuando estaba nueva —dijo después de estudiar los planos—. Si alguien ha tocado cierres después, el papel ya no manda tanto como creen.
La puerta del círculo rojo seguía soldada. El equipo utilizó un acceso lateral de mantenimiento cuya apertura constaba en la obra reciente. Todo el recorrido se grabaría. Daniel e Irene siguieron la imagen desde una pantalla instalada en el vehículo de mando.
Los primeros metros no le dijeron nada. Hormigón, tuberías, cableado moderno. Después apareció una pared con la marca rectangular de un panel antiguo. El pecho se le tensó.
—Ahí había un cartel —dijo.
El teniente anotó la observación, pero no se la transmitió al equipo como una instrucción.
—Puede ser memoria o reconocimiento a partir de fotografías —dijo Irene en voz baja.
—Lo sé.
Más adelante la cámara mostró un soporte metálico sobresaliendo del lateral de un paso estrecho.
Daniel sintió el impulso de tocarse detrás de la oreja y no lo hizo.
Julián pidió una medida. Cincuenta centímetros en el punto accesible; menos donde el paso se deformaba por un desprendimiento antiguo.
—M-4 —dijo Vicente por radio—. O lo que queda de él.
El equipo no avanzó por el conducto. Una fisura reciente cruzaba el techo y el responsable técnico ordenó detenerse. Introdujeron una cámara telescópica desde una posición segura. La imagen solo enseñó polvo, agua estancada y una placa caída que impedía ver el fondo.
Daniel se inclinó hacia la pantalla hasta que Irene le tocó el brazo.
—No vas a encontrar a Samuel mirando más fuerte.
Se apartó.
Julián informó de algo distinto: junto a una puerta de servicio había marcas recientes de herramienta sobre un cierre antiguo y barro húmedo en el lado interior.
—Eso no es de 1998 —dijo.
El agente fotografió la zona.
—¿La obra ha entrado por aquí?
La respuesta del jefe de obra tardó varios minutos en llegar. Según los partes, no. Una inspección de 2025 había medido la puerta desde el exterior. Nadie constaba como autorizado para abrirla.
Bruno escuchaba a pocos metros.
—Sergio tenía una llave maestra de obra —dijo finalmente.
Irene giró hacia él.
—¿Tenía?
—Debería haberla entregado ayer.
El jefe de seguridad consultó el registro. No constaba devolución.
Daniel notó el cambio antes de que nadie lo formulara. Hasta entonces intentaban impedir que una obra moderna destruyera una escena antigua. Ahora existía la posibilidad de que alguien hubiera entrado antes que la policía.
—¿Dónde está Sergio? —preguntó el teniente.
El jefe de seguridad llamó. Sin respuesta. Llamó a su supervisor. Sergio Lomas no se había presentado al relevo de las cinco. Su vehículo tampoco estaba en el depósito.
Bruno perdió color.
—No le he dicho que venga aquí.
—Eso no es lo que te han preguntado —dijo Irene.
La inspección se suspendió. El equipo salió sin haber alcanzado C-4. Nadie había visto una mochila, restos ni ningún objeto que pudiera identificarse como de 1998. Solo una ruta incompleta y señales de acceso reciente.
Daniel descubrió que aquello le resultaba más difícil que una certeza. Tenía delante la montaña, una orden judicial y un camino que seguía terminando antes de la respuesta.
A las siete y cuarto una cámara de tráfico localizó el todoterreno de Sergio camino de Valnera antes del amanecer. Treinta y ocho minutos después, su teléfono había dejado de emitir señal dentro del perímetro aproximado de la central.
El teniente pidió unidades de búsqueda y rescate.
María llevó a Clara hacia el coche sin que Daniel tuviera que pedirlo. Clara protestó una vez.
—Puedo ayudar desde aquí.
—Sí —dijo Daniel—. Ayuda estando fuera.
Ella lo miró unos segundos.
—Me escribes si cambia algo.
—Te escribo.
No prometió que todo fuera a salir bien. No prometió que nadie entraría. Solo aquello que podía cumplir.
Julián volvió a mirar el plano y señaló el acceso inferior de drenaje.
—Si Sergio conocía la obra, podía entrar por aquí sin pasar por la puerta que hemos inspeccionado.
Daniel observó la línea que descendía hacia C-4.
Alguien podía estar dentro.
Y esta vez nadie sabía si todavía estaba a tiempo de salir.