Los que volvieron el domingo Daniel dejó la libreta.
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Daniel dejó la libreta.

No pudo seguir durante varios minutos.

Raquel lloraba. Irene miraba la mesa.

—Él sabía lo que le prometí —dijo Daniel.

—Lo recordó —respondió Irene.

—Y confió en que yo también.

Raquel pasó la última hoja.

Había una frase aislada en el reverso:

Bruno no matará por esto. Pero hará cualquier cosa que pueda seguir llamando «proteger a su padre». Esa diferencia puede ser suficiente para que alguien termine muerto.

La advertencia devolvió el presente a la habitación. Irene sacó el teléfono.

—Tenemos que identificar las amenazas.

La policía ya había solicitado datos de las llamadas y mensajes recibidos por Marcos. Dos números pertenecían a tarjetas prepago. Un tercero correspondía a una empresa de seguridad contratada por Valnera Desarrollo.

—Eso no prueba que Bruno las enviara —dijo Irene—. Pero justifica preguntarle.

—¿Y el disco duro robado? —preguntó Daniel.

—También.

Raquel se levantó.

—Hay una cosa más.

Fue al salón y regresó con un sobre que había llegado esa mañana. El remitente era un despacho notarial de Bilbao.

Dentro había una memoria USB y una carta breve de Marcos.

Raque: si te llega esto es que no he podido entregarlo yo. No abras sola. Dáselo a alguien que no deba nada a San Román.

Irene conectó la memoria a un portátil sin red.

Había copias de todas las entrevistas, fotografías de los negativos, el informe ambiental y un vídeo grabado por Marcos tres semanas antes de morir.

En el vídeo estaba frente a la cámara de su estudio. Parecía agotado.

—Si alguien está viendo esto, seguramente he hecho una de dos cosas: publicar el reportaje o fallar antes de publicarlo. Espero que sea la primera.

Raquel se tapó la boca. Marcos continuó:

—No busquéis un asesino solo porque sea más fácil odiar a una persona que aceptar una cadena de cobardías. Si me pasa algo, mirad hechos. Yo llevo meses enfermo y eso también es un hecho.

—Pero si la central se mueve antes de que la inspeccionen, mirad a Bruno. No porque crea que vaya a matar a nadie. Porque sabe lo que hay allí y está convencido de que proteger la memoria de su padre justifica enterrar la nuestra.

Había una última carpeta en el almacenamiento de Marcos que Raquel no había abierto. Se llamaba PARA DESPUÉS . Dentro no había documentos nuevos sobre Valnera, sino instrucciones. La primera era para Raquel.

No publiques nada solo porque yo haya muerto. Si los papeles no sostienen una frase, quítala. Mi muerte no convierte mis sospechas en hechos.

Raquel leyó en silencio y soltó una blasfemia cariñosa.

—Hasta muerto corrigiendo estilo.

La segunda instrucción era para los seis supervivientes.

No os reunáis para «recordar juntos» antes de escribir por separado. Somos muy buenos fabricando una memoria común. Ya lo hicimos una vez, aunque nos ayudaran.

Irene se quedó mirando la pantalla.

—Por eso nos mandó versiones distintas de algunas cosas.

En efecto, los sobres programados no contenían exactamente el mismo material.

A Daniel le había llegado la fotografía de los ocho.

Irene recibió una copia de la lista de búsqueda con una hora marcada.

Teresa, un fragmento de audio de la casa forestal.

Julián, un plano incompleto de la central.

Álex, dos negativos. Bruno había recibido una única hoja: una copia del parte firmado por su padre.

—Quería que reaccionáramos antes de contaminarnos —dijo Daniel.

—Y quería saber qué hacía Bruno —añadió Irene.

El tercer archivo era un vídeo grabado cuarenta y ocho horas antes de la muerte de Marcos. Estaba sentado en su estudio, sin afeitar, con una taza entre las manos.

—No sé si voy a publicar —decía—. Llevo meses diciéndome que todo esto es periodismo, y una parte lo es.

Otra parte es un hombre intentando recuperar once años y castigándose porque no puede.

Si mañana decido parar, los envíos saldrán igual.

No porque mi decisión de parar sea cobarde, sino porque no quiero que una sola versión de mí tenga poder para borrar lo que otra versión encontró.

Marcos miraba fuera de cámara.

—He pensado mucho en Elena. La primera vez que fui quería que me dijera que yo era un niño y que no tenía culpa.

Creo que fui a pedirle permiso para sentirme mejor.

Ella se dio cuenta antes que yo. Me dijo: «No he esperado veintiocho años para cuidar de usted».

Me enfadé. Luego entendí que tenía razón.

Raquel se secó los ojos.

—Era capaz de tardar meses en admitir que alguien tenía razón.

—Eso sí lo recuerdo perfectamente —dijo Irene.

En el vídeo, Marcos sonreía de manera mínima.

—Si esto llega a los demás y yo no estoy, haced una cosa que yo no he sabido hacer: no confundáis reparar con pagar. Pagar tiene una cifra y un final. Esto no. Encontrad al niño. Decid lo que pueda demostrarse. Y después intentad vivir sin hacer de Samuel una religión de vuestra culpa.

Daniel detuvo el vídeo.

—Eso suena a despedida.

Irene tardó en responder.

—Sí.

—¿Entonces lo sabía?

—Sabía que estaba mal. Saber que puedes hacerte daño no significa que una decisión esté tomada desde hace días. No simplifiquemos tampoco esto.

Raquel asintió. Su cara se endureció.

—No voy a permitir que su muerte se convierta en un giro de la historia de Samuel. Mi hermano estaba enfermo y estaba asustado y tomó una decisión que nos destrozó. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez: hizo un trabajo importante y no sobrevivió a hacerlo.

Daniel pensó en lo fácil que era reducir a los muertos a una función: Samuel el héroe, Marcos el mártir, Tomás el villano.

—Entonces hay que contar también eso —dijo.

—No —respondió Raquel—. Hay que contar solo lo que haga falta. Marcos no le debe al público la intimidad completa de su peor día porque haya investigado un caso famoso.

Daniel aceptó la corrección.

La última instrucción de Marcos consistía en una contraseña dividida en tres partes. Cada fragmento había llegado en un envío diferente. Al reunirlos, abrieron un archivo cifrado que contenía el inventario completo de fuentes, con una columna titulada NIVEL DE CONFIANZA . Fotografía del 13: alto.

Testimonio de Amalia: medio, corroborado parcialmente. Recuerdo propio de compuerta: bajo.

Declaración de Tomás: medio-bajo, conflicto de interés. Parte de mantenimiento C-4: alto.

En la última fila había escrito:

Que Samuel nos salvó: no demostrar todavía. No convertir deseo en conclusión.

Daniel se quedó mirando la frase.

Marcos había muerto sin concederse el consuelo que ya tentaba a Daniel; su duda hacía el método más útil.

El vídeo terminaba con Marcos acercándose a la cámara. Antes de apagarla dijo:

—Y por favor, cuando encontréis a Samuel, no volváis a contar esta historia como la de los siete niños que regresaron. Ya tuvimos veintiocho años de protagonismo.

La pantalla quedó negra.

Daniel miró su reflejo en ella.

Marcos había separado la culpa de la tarea y dejado un camino para los demás.