Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Bruno

La Guardia Civil detuvo a Bruno por las amenazas y por la posible sustracción de documentación, no por la muerte de Marcos.

Irene insistió en la diferencia cuando Daniel recibió la noticia: una detención implicaba sospechas concretas y derechos de defensa, no una declaración de culpabilidad.

—La policía ha encontrado pagos de Valnera Desarrollo a la empresa de seguridad vinculada a los mensajes. Y la matrícula del coche que paró junto al piso de Marcos coincide parcialmente con un vehículo de esa empresa. Lo van a interrogar.

—¿Por las amenazas?

—Por amenazas, posible allanamiento y sustracción de documentación. No por la muerte de Marcos.

—¿Y la obra?

—La Fiscalía del caso ha pedido al juzgado la suspensión cautelar. El juez quiere un informe técnico del lugar exacto donde podrían estar los restos.

—C-4 —dijo Daniel.

—C-4 es una designación de 1974. Necesitamos traducirla a coordenadas actuales y demostrar que la estructura existe.

—Julián puede hacerlo.

—Está haciéndolo.

Clara estaba otra vez en San Román. María había aceptado que regresara después de que Daniel le contara una versión mucho más completa de lo ocurrido.

La conversación con su exmujer había durado dos horas y había incluido varias frases que Daniel merecía escuchar, entre ellas «no puedes decidir unilateralmente qué peligro es tolerable para nuestra hija».

Al final acordaron algo sencillo: Clara podía ayudar con documentos y permanecer fuera de cualquier acceso físico a la central.

—Me parece injusto —dijo ella.

—Me parece maravilloso que te parezca injusto desde fuera de un túnel.

Clara no replicó enseguida. Desde que Bruno había explicado cómo la captura del foro llegó a seguridad, había dejado de tratar aquella publicación como una travesura digital.

—Lo del foro fue una cagada —dijo al fin.

—Sí.

—Podrías decir que no fue para tanto.

—No te ayudaría. Fue un error y tuvo consecuencias. También lo viste, lo borraste y no has vuelto a hacerlo. Eso es lo que toca hacer con un error.

Clara asintió sin buscar una absolución más cómoda.

Bruno salió del cuartel cuatro horas después acompañado de su abogado.

Quedó en libertad a la espera de que el atestado pasara al juzgado.

La fiscal que había asumido las diligencias autorizó que se comunicara a los perjudicados un extremo ya reconocido por Bruno: había encargado recuperar documentación empresarial de Marcos.

—Ha admitido que encargó recuperar documentos de Marcos.

—¿Entrar en su casa?

—Dice que pidió a la empresa de seguridad que recuperara copias de documentación empresarial que Marcos había obtenido sin autorización. Niega haber ordenado un allanamiento.

—Qué conveniente.

—El encargado dice que Bruno sabía que Marcos estaba muerto y que el piso ya no estaba precintado cuando dio la orden.

—¿Y las amenazas?

—Niega haberlas enviado.

Daniel llamó a Bruno. Sorprendentemente, contestó.

—¿Qué quieres?

—Que pares las obras.

—Ya están paralizadas en la zona principal.

—No te creo.

—Eso ha dejado de ser un problema mío.

—Marcos escribió que sabes lo que hay en C-4.

Silencio.

—Marcos escribió muchas cosas.

—Tu padre te lo contó.

Bruno no respondió.

—Quiero oírlo de ti.

—¿Para qué?

—Porque llevas semanas usando «no recuerdo» como si significara «no sé».

Daniel escuchó una respiración pesada.

—Ven a la fábrica vieja —dijo Bruno—. Una hora.

—No voy solo.

—Entonces no vengas.

Daniel miró a Irene, que estaba frente a él. Ella negó con la cabeza. Daniel respondió:

—Voy.

Irene se frotó el puente de la nariz.

—Te odio un poco —dijo cuando colgó.

—Haz una lista.

—La tengo.

La fábrica vieja era un almacén vacío junto a la carretera comarcal. Bruno esperaba dentro, sentado sobre un palé. No había nadie más. Daniel llevaba el teléfono grabando en el bolsillo. Irene lo sabía. La Guardia Civil también.

—¿Te han puesto micrófono? —preguntó Bruno.

—No.

—Eso no significa que no grabes.

—No.

Bruno sonrió sin humor.

—Por lo menos hemos aprendido algo de Irene.

Daniel se quedó de pie.

—Habla.

—Mi padre empezó a contármelo cuando cumplí dieciocho —dijo Bruno.

Antes de continuar, Bruno señaló el bolsillo donde Daniel llevaba el teléfono.

—La foto que subió Clara llegó a la empresa antes de que la borrara.

Seguridad me mandó una captura. Hasta entonces podía decirme que Marcos estaba removiendo recuerdos.

En ese momento supe que alguien más tenía una imagen que no controlábamos.

Fue cuando ordené recuperar cualquier copia de documentación de Valnera que hubiera salido de la empresa.

Daniel sostuvo la mirada.

—Ella cometió un error. Lo que hiciste después sigue siendo tuyo.

—Ya lo sé.

—¿Empezó?

—Me dio una versión. Dijo que nos había encontrado el quince, que Samuel se había quedado en una zona inundada y que dos hombres intentaron entrar sin conseguirlo.

Dijo que la empresa aseguró que no podía seguir vivo.

Yo tenía ataques de pánico cada vez que pasaba cerca de Valnera y mi madre pensó que saber «la verdad» me ayudaría.

—¿Te ayudó?

—Me dio una historia a la que agarrarme. No es lo mismo.

Bruno frotó una mancha en la madera del palé con el pulgar.

—A los treinta y dos encontré un archivador cuando vaciamos una oficina.

Partes de la central, facturas de Valcerezo, una copia de la denuncia de Samuel.

Entonces supe que mi padre me había contado una verdad recortada.

Volví a preguntarle. Admitió que nos mantuvieron allí toda la noche y buena parte del día siguiente, y que Requena pidió tiempo antes de avisar oficialmente.

—¿Y tú seguiste callando?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque ya no tenía dieciocho años y tampoco podía fingir que era un niño. Había una empresa, la fundación con el nombre de mi padre, trabajadores, mi madre enferma, contratos. Y porque me repetí la frase más útil del mundo: decirlo ahora no devolverá a Samuel.

Aquella lógica le resultó demasiado familiar.

—No lo devuelve.

—Ya lo sé.

—Pero puede impedir que lo entierren otra vez.

Bruno asintió.

—Eso tardé demasiado en entenderlo.

—¿Todo?

—Lo que él quería contar.

—¿Samuel?

—Sí.

—¿La casa?

—Sí.

—¿El sellado?

Bruno apretó las manos.

—Sí.

La rabia no vino acompañada de sorpresa.

—Entonces llevas diez años sabiendo que un niño estaba posiblemente enterrado bajo un terreno de tu familia.

—No enterrado por mi familia. El terreno ni siquiera era nuestro entonces.

—No juegues con palabras.

—Importan las palabras. Eso me lo habéis enseñado todos estos días.

—¿Sabías de la mochila?

Bruno no respondió.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Daniel avanzó un paso.

—¿Y empezaste una obra que iba a sellar la galería?

—El proyecto se diseñó hace tres años. Yo no sabía que C-4 seguía accesible.

—Marcos te lo dijo en mayo.

—Sí.

—Y no paraste.

Bruno levantó la voz.

—Porque no había nada demostrado. ¿Sabes cuántas estructuras hay bajo ese monte? ¿Cuánto cuesta detener un proyecto de treinta millones por el recuerdo de seis personas y un parte ambiguo?

—Un niño.

—No me hagas eso.

—¿Qué?

—Reducirlo a dinero y un niño, como si yo no estuviera allí.

Daniel se quedó callado. Bruno se levantó.

—Yo tenía once años. Vi a Samuel quedarse detrás. Vi a mi padre encontrarnos. Esa noche, cuando todos llorabais, él se sentó conmigo en la cocina. Me dijo que iba a arreglarlo. Yo le creí. Toda mi vida le creí.

—Después supiste que no lo arregló.

—Supe que intentó entrar y que no pudo.

—Y que mintió.

—Sí.

—Y que dejó que sellaran la galería.

Bruno apartó la mirada.

—Sí.

—¿Por qué proteger eso?

Bruno tardó.

—Porque mi padre hizo también otras cosas. Sacó adelante el pueblo cuando no había trabajo. Cuidó a mi madre hasta que murió. Pagó estudios a gente que no podía. Salvó a tres excursionistas en una riada. No sé qué hacer con el hecho de que el mismo hombre hiciera esto.

Daniel entendió más de lo que quería.

—Nada. No tienes que convertirlo en una sola persona. Fue todo eso y también hizo esto.

—Tú puedes decirlo porque no es tu padre.

—Yo llevo una semana intentando decidir si soy un hombre decente porque cerré una puerta a los once años. Créeme, entiendo la tentación.

Bruno lo miró.

Durante un instante, la hostilidad se desplazó.

—Las amenazas a Marcos —dijo Daniel—. ¿Fuiste tú?

—Una.

—¿Cuál?

—Le dije que no convirtiera un accidente en un circo.

—¿Con tarjeta prepago?

—Sí.

—¿Y las otras?

—No.

—¿Mandaste entrar en su piso?

—Mandé recuperar documentos internos. No dije que robaran nada personal.

—Sabías que podían entrar.

—Sí.

—¿Cogieron el disco?

—Sí.

—¿Dónde está?

Bruno señaló una caja sobre una mesa.

—Ahí.

Daniel no se movió.

—¿Por qué me lo das ahora?

—Porque la policía encontrará el pago. Y porque no quiero que me imputen por destruir pruebas que no he destruido.

Aquello era cálculo, no arrepentimiento. Al menos Bruno no intentaba disfrazarlo.

—Para la obra.

—No puedo parar todo el proyecto unilateralmente.

—Puedes ordenar que nadie toque la galería.

—Ya lo he hecho.

Daniel frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—Entonces ¿por qué seguimos discutiendo?

Bruno se rio sin humor.

—Porque el contratista de estabilización recibió ayer una orden anterior para inyectar mortero en una cavidad detectada junto al túnel inferior. Y no consigo localizar al jefe de obra.

El pulso le golpeó la garganta.

—¿Cuándo empiezan?

—El plan dice mañana a las seis.

—El plan sitúa la inyección sobre una cavidad que puede comunicar con C-4.

Bruno abrió la caja que había señalado. Además del disco recuperado de casa de Marcos había una carpeta de la oficina de Tomás. Daniel no la tocó.

—Llamamos a Irene.

—Sabía que dirías eso.

—Entonces ¿por qué me la enseñas a mí?

—Porque si llamaba primero a una fiscal parecía una confesión. Si te llamaba a ti podía fingir durante diez minutos que era un favor entre amigos.

—No somos amigos.

Bruno bajó la vista.

—Una vez lo fuimos.

La frase devolvió a Daniel una piscina municipal, un balón desinflado y Samuel riéndose mientras Bruno intentaba empujarlo al agua. Aquel recuerdo no servía para la investigación y, quizá por eso, le pareció verdadero.