Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 19 #4
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CAPÍTULO 19 #4

—No he dicho que no exista. He dicho que no está en la lista.

Daniel abrió la puerta.

—Se llama Samuel.

Los adultos callaron.

Daniel tenía once años, el pelo mojado porque Pilar acababa de lavárselo y una camiseta que no era la suya.

—Se llama Samuel Arce y está en la central.

Eusebio se agachó frente a él.

—Daniel, la policía está buscando a Samuel.

—No. Está buscando a siete.

El alcalde miró a Tomás.

Daniel supo que había dicho algo que no debía.

—Escucha —dijo Eusebio—. Lo más importante ahora es que volváis con vuestras familias.

—Y Samu.

—También.

—Entonces vamos a buscarlo.

—No podéis.

—Ustedes.

Eusebio respiró.

—Hay profesionales ocupándose.

Era mentira.

Quizá él todavía no sabía hasta dónde llegaría la mentira. Pero ya lo era.

Reunieron a los siete en el dormitorio. Tomás habló.

Les dijo que habían entrado en un lugar prohibido.

Que Samuel no figuraba autorizado en la actividad.

Que Amalia podía perder su trabajo y quizá ir a la cárcel.

Que sus padres podían tener problemas si la gente creía que ellos habían provocado daños en la central.

Que la policía ya conocía lo de Samuel y que hablar delante de periodistas solo confundiría la búsqueda.

—Cuando os pregunten —dijo—, os perdisteis en el bosque. Encontrasteis un refugio. No recordáis bien dónde. Eso es todo.

Irene se levantó.

—No.

—¿Qué? —preguntó Tomás.

—Eso no pasó.

—Lo sé.

—Entonces no lo voy a decir.

—No te estoy pidiendo que mientas para siempre. Solo que ahora dejéis trabajar a los adultos.

—Eso es mentir.

Eusebio intervino.

—Niña, tu madre lleva tres días sin dormir. ¿Quieres volver con ella o quieres que nos pasemos aquí otra noche discutiendo?

Irene se sentó. Marcos lloraba.

—Su madre no sabe dónde está.

Amalia se tapó la cara.

—Nos ocuparemos de Elena.

—Tú le dijiste que no vino —dijo Marcos.

Amalia no respondió.

—Mentirosa.

Nadie lo corrigió.

A Daniel le dieron sus zapatillas después de limpiarlas. Los cordones estaban rotos y alguien puso otros. Le lavaron la camiseta. Le peinaron con agua. A Teresa le prestaron ropa de la hija de Pilar. A Bruno le dieron una chaqueta.

A las cinco de la tarde los subieron en dos coches.

Los dejaron en una pista a poco más de un kilómetro del pueblo. Tomás les indicó la carretera.

—Caminad juntos. En cuanto os vean, vendrán a por vosotros.

—¿Y Samuel? —preguntó Daniel.

Tomás se inclinó.

—Yo me ocupo.

Daniel ya no le creyó.

—Quiero volver.

—No puedes.

—Le prometí...

Tomás lo agarró suavemente de la nuca.

—Daniel, ahora ve con tu madre.

Los siete empezaron a caminar.

Nadie habló durante los primeros minutos. Irene iba delante. Marcos detrás de ella. Daniel miraba sus zapatillas limpias.

A sus espaldas, un coche arrancó. Teresa se volvió. Una voz adulta dijo:

—No miréis atrás.

Siguieron. A lo lejos aparecieron vehículos. Después personas. Después gritos. Daniel escuchó su nombre. Corrió.

Su madre lo abrazó tan fuerte que le hizo daño en el cuello.

Su padre los rodeó con los brazos. Daniel intentó hablar.

—Mamá, Samu...

—Luego, cariño.

—Está en...

—Estás aquí. Estás aquí.

La frase se convirtió en todo lo que los adultos querían oír. Estás aquí. No quién falta. No dónde estuvo. Solo estás aquí. Una periodista se acercó.

—Daniel, ¿dónde habéis estado?

Él miró hacia Tomás, que estaba unos metros detrás de su padre.

—No estuvimos perdidos.

—¿Cómo que no estuvisteis perdidos?

—Estábamos...

Tomás puso una mano sobre su hombro.

—Daniel.

Lo apartó.

Marcos gritaba cerca de una ambulancia.

—¡Su madre no sabe dónde está!

Un adulto intentó calmarlo.

—Ahora no.

—¡Tenemos que decirlo!

Daniel quiso ir hacia él.

Su madre lo abrazó otra vez.

Más tarde, un médico les hizo preguntas por separado. Daniel habló de la central. El médico escribió «confusión temporal». Daniel habló de Samuel.

Un psicólogo preguntó si había soñado con otro niño.

Daniel dijo que no era un sueño. Su padre entró.

—Ya está bien por hoy.

Durante los días siguientes, cada vez que Daniel decía Samuel, alguien respondía que estaba mezclando recuerdos. Su madre al principio lloraba. Después cambiaba de tema.

Su padre decía que la policía sabía lo necesario.

En septiembre empezó a ir a una psicóloga a la que habían entregado la versión oficial del caso.

—Según todos los registros erais siete —le dijo una vez la mujer—. Después de un trauma, un recuerdo puede mezclar personas, sueños y cosas que nos han contado.

Daniel insistió.

—Se llama Samu.

—¿Puedes decirme su apellido?

Daniel no pudo.

—¿Ves?

A los once años, no poder responder una pregunta de un adulto parecía demostrar que el adulto tenía razón. En octubre se mudaron.

En Navidad, Daniel ya no hablaba de Samuel.

En primavera, cuando recordaba una voz en un túnel, pensaba que era Marcos.

Cuando recordaba una mano pequeña con un cordón azul, la convertía en la suya.

Cuando recordaba haber cerrado una compuerta, el rostro al otro lado se volvía borroso.

A los catorce años había aprendido a contar la historia correctamente. Siete niños se perdieron. Siete niños regresaron.

Durante veintiocho años nunca volvió a formular la pregunta más sencilla: si eran siete, ¿por qué había prometido decirle algo a una madre que no era la suya?