CAPÍTULO 20
Díselo a mi madre
Daniel recuperó el recuerdo completo a las cuatro y doce de la madrugada y no llamó a nadie hasta las seis.
No porque dudara de lo que había visto. Precisamente por lo contrario.
Se quedó sentado en la cocina con las luces apagadas, escuchando el ruido de la nevera y el tráfico lejano de la ciudad.
Durante casi tres décadas había imaginado que recordar sería como encontrar una pieza perdida: un encaje limpio, una explicación.
En realidad era una inundación. El recuerdo había devuelto a Samuel, pero también el sonido de Teresa llorando, la mano de Marcos sobre el volante, el miedo de Bruno, la cara de Tomás al oír el nombre y la voz de su madre cuando lo abrazó en la carretera.
Sobre todo había devuelto una promesa. Díselo a mi madre. Daniel llamó primero a Clara. Contestó a la segunda señal.
—¿Qué pasa?
—Lo recuerdo.
La voz de su hija cambió de inmediato.
—¿Todo?
—Lo suficiente.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—Voy.
—No hace falta.
—No era una pregunta.
Daniel sonrió por primera vez en varios días.
—Tu madre te va a matar.
—Está despierta. Le he contado que pasa algo serio. No todo.
—Clara...
—Treinta minutos.
Después llamó a Irene.
A las siete y diez, cinco de los seis supervivientes vivos estaban sentados alrededor de la mesa de Daniel. Irene había llegado con una grabadora y dos libretas. Teresa no dejó de frotarse las manos. Julián miraba un punto fijo. Álex había dejado la cámara en el coche. Bruno no fue invitado.
Clara se sentó junto a la ventana.
—Cuéntalo una vez —dijo Irene—. Sin interrupciones. Después cada uno dirá qué reconoce y qué no.
Daniel asintió. Y contó. La parada del autobús. Elena llegando con Samuel. Los Topos. La puerta roja. La tormenta. Dos noches bajo tierra.
La barrita de chocolate partida en ocho.
El conducto.
El seguro.
La compuerta.
Samuel entrando en el conducto. Los tres golpes. La orden de cerrar. La promesa. Valcerezo. Los adultos. La carretera.
Cuando terminó, nadie habló durante mucho tiempo. Teresa fue la primera.
—La barrita era de chocolate con almendras.
—Sí —dijo Daniel.
—Yo odiaba las almendras. Le di mi trozo a Samu.
Álex cerró los ojos.
—Y él dijo que eso invalidaba el reparto porque entonces tenía dos.
Julián sonrió muy levemente.
—Le partió uno a Marcos para volver a tener todos lo mismo.
Cada uno reconocía detalles distintos. Irene habló:
—Yo escribí los ocho nombres en una hoja.
—En una caja de herramientas —dijo Daniel.
—Sí.
—¿Sabes dónde quedó?
—No.
Julián se inclinó sobre el plano de la central.
—La cámara de control tenía armarios metálicos. Puede seguir allí si no la vaciaron.
Teresa negó.
—No importa ahora.
—Importa si encontramos una hoja escrita durante la desaparición con ocho nombres —respondió Irene—. Sería una prueba contemporánea.
—¿Puedes ser fiscal cinco minutos después de recordar que un amigo murió salvándoos? —preguntó Clara.
Irene sostuvo la mirada.
—Necesito serlo precisamente por eso.
Clara bajó la vista. Daniel entendió a ambas.
Álex se levantó y caminó hasta la cocina.
—Yo recuerdo cuando cerramos.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Daniel.
—Que tú no querías. Marcos tampoco. Bruno gritaba que venía agua. Samu dijo que cerráramos. —Se apoyó en la encimera—. Y recuerdo algo más. Después de cerrar, tú intentaste volver por el conducto por el que él había entrado. Te quedaste atascado y yo te saqué por los pies.
La imagen irrumpió: metal contra hombros, pánico, Álex tirando de sus tobillos.
—Sí.
—No lo abandonaste y seguiste corriendo —dijo Álex—. Tuvimos que arrancarte de allí.
Daniel cerró los ojos. Teresa habló con cuidado.
—Eso no cambia que él se quedara.
—No —respondió Daniel.
—Pero cambia lo que hicimos nosotros.
Irene apoyó las manos sobre la mesa.
—Éramos niños que salieron a buscar ayuda.
Nadie respondió.
—¿Qué te pidió exactamente?
Daniel no necesitó buscar.
—«Díselo a mi madre».
La voz se le rompió por primera vez.
No lloró inmediatamente. Intentó continuar, pero no pudo. Clara se levantó y se sentó a su lado. No dijo nada. Le apoyó la mano en el antebrazo. Daniel respiró varias veces.
—Se lo prometí.
Irene miró hacia la ventana. Teresa empezó a llorar.
Álex se llevó ambas manos a la cara. Julián permaneció inmóvil.
—No se lo dijimos —dijo Daniel.
—No pudimos —respondió Teresa.
Daniel negó.
—A los once años, quizá no. A los dieciocho sí. A los veinticinco también. A los treinta y cinco.
Irene habló con dureza.
—No puedes juzgar decisiones que no sabías que estabas tomando. Si no recordabas a Samuel, no elegías cada mañana callar su nombre.
—Pero hubo momentos en que algo aparecía. Sueños. Sensaciones. Lo aparté.
—Eso sí puede ser verdad —dijo Irene—. Y será una parte con la que tendremos que vivir. Pero no confundas responsabilidad con omnipotencia retrospectiva.
Clara sonrió apenas.
—Eso ha sido muy fiscal.
—Gracias —dijo Irene.
—No era un cumplido.
La tensión se aflojó durante un segundo. Fue mínimo, pero necesario. Daniel miró el teléfono.
—Tengo que llamar a Elena.
Teresa se levantó.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Por teléfono?
—Me pidió que la llamara cuando pudiera decirle dónde está.
Irene señaló el plano.
—Todavía no podemos darle una localización exacta de restos.
—Puedo decirle dónde lo dejamos.
Daniel marcó.
Elena respondió después de cuatro tonos.
—Daniel.
No preguntó cómo sabía quién era.
—Lo recuerdo —dijo él.
Silencio.
—¿Dónde?
La pregunta no era dónde estaba Daniel.
—En la cámara C-4 de la antigua Central de Valnera. Quedó aguas arriba de una compuerta. Estaba vivo cuando salimos.
Elena no habló. Daniel miró a los demás.
—Samuel entró en un conducto para liberar un seguro. Daniel había intentado pasar y no pudo; Samuel consiguió hacerlo. Nos permitió abrir la compuerta y pasar. Después quedó atrapado. El agua estaba subiendo. Él me dijo que cerrara para que no nos alcanzara. Yo no quería. Él insistió.
La respiración de Elena se oyó al otro lado.
—¿Qué dijo?
Daniel cerró los ojos.
—Me pidió que se lo dijera a usted.
Nada.
—Elena, me dijo: «Díselo a mi madre». Yo le prometí que lo haría.
Pasaron tantos segundos que Daniel miró la pantalla para comprobar que la llamada seguía conectada.
Cuando Elena habló, su voz era distinta.
—¿Y qué tenía que decirme?
Daniel se quedó quieto. Nunca había pensado en eso.
La promesa contenía una instrucción incompleta. Díselo. ¿El qué? Volvió al instante bajo tierra. Samuel empapado. La compuerta descendiendo. Su cara.
No había dicho «dile que la quiero». No había dicho «dile que lo siento». Había confiado en que Daniel entendería.
—Que no se había escapado —dijo al fin—. Que no la había dejado. Que estaba con nosotros. Que hizo todo lo posible por salir. Que nos salvó.
Elena soltó un sonido que Daniel no supo si era llanto o aire.
—No diga esa última palabra todavía.
—¿Cuál?
—Salvó.
Daniel esperó.
—Encuéntrelo primero.
—Sí.
—Y Daniel.
—Sí.
—Gracias por decirlo.
La llamada terminó.
Daniel dejó el móvil sobre la mesa. No se sintió mejor.
Cumplir la promesa no reparaba veintiocho años; solo dejaba de prolongar el incumplimiento.
—Tenemos que movernos rápido. El parte del diecisiete con la mochila y la anotación de no retirar puede ser suficiente para pedir una inspección judicial. Necesito el original o una certificación del archivo empresarial.
Julián añadió:
—Y un técnico que ubique C-4 con coordenadas modernas.
Álex sacó el móvil.
—Tengo un contacto en la Confederación que puede conseguir ortofotos antiguas.
Teresa se secó la cara.
—Yo voy a hablar con mi madre.
—¿Estás segura? —preguntó Daniel.
—No. —Cogió su bolso—. Pero llevo veintiocho años esperando estar segura para hacer cosas que dan miedo. No ha funcionado.
Daniel sonrió cansado.
—A veces me preocupa haberte educado demasiado bien.
—No has sido tú solo.
—Eso también me preocupa.
Clara recogió los vasos de la mesa.
Daniel se quedó mirando la fotografía de los ocho niños que seguía junto al portátil. Esta vez no contó quién faltaba. Los vio a todos. Samuel en el centro. No como el octavo. Como Samuel.
Cuando los demás se marcharon, Clara no recogió su chaqueta. Abrió la ventana y se sentó en el alféizar interior con las piernas hacia la habitación.
—No vas a dormir —dijo.
Daniel seguía junto a la mesa.
—Probablemente no.
—Entonces salgamos.
Caminaron hasta el río. Era todavía temprano y la ciudad apenas había empezado a moverse.
Daniel llevaba años trabajando de noche y conocía aquella hora desde hospitales, cafeterías abiertas y trayectos de regreso.
Nunca desde una mañana en la que acababa de recuperar a un amigo muerto dentro de su propia memoria.
Clara compró dos cafés en una máquina de una gasolinera. Le entregó uno.
—Es horrible.
—Eso lo convierte en café de guardia auténtico.
Caminaron en silencio varios minutos.
—¿Estás enfadado con tus padres? —preguntó ella.
Daniel tardó en responder.
—Con mi padre, sí. Con mi madre no sé. Tomás dice que ella no fue a Valcerezo. Pero supo que Samuel existía. Después nunca habló de él conmigo.
—Puede que creyera que te protegía.
—Todo el mundo creyó eso.
Clara bebió y puso una mueca.
—Proteger es una palabra muy rentable. Sirve para justificar casi cualquier cosa si la persona protegida no puede opinar.
—¿Me estás diciendo algo sobre mí? —preguntó Daniel.
—Varias cosas, probablemente.
—Soy tu padre. Tengo derecho a protegerte.
—Sí. Y yo tengo derecho a decirte cuándo estás protegiendo más tu miedo que mi seguridad.
Daniel pensó en las veces que había intentado dejarla fuera de la investigación. Algunas habían sido razonables. Otras no tanto.
—Tu madre sabe ya casi todo —dijo.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque se lo conté anoche mientras tú estabas reuniendo al comité de traumatizados.
Daniel se detuvo.
—Clara.
—No detalles forenses. Le dije que apareció un niño que estuvo con vosotros y que estás intentando averiguar qué ocurrió. Ella ya sabía que algo era mucho más serio de lo que le habíamos dicho.
—Debería haberlo hecho yo.
—Sí.
La facilidad con que lo admitió le quitó cualquier posibilidad de defenderse.
—La llamaré.
—Bien.
Llegaron al puente. El agua bajaba oscura y tranquila, tan distinta de la corriente que Daniel recordaba bajo la central que por un momento le pareció injusto que ambas cosas pudieran llamarse igual.
—¿Sabes qué me da miedo? —dijo.
Clara esperó.
—Que a partir de ahora todos mis recuerdos de Samuel estén contaminados. Sé demasiado. He visto fotos, planos, testimonios. Cuando aparezca una escena no podré saber cuánto es mío y cuánto he construido.
—Marcos tampoco podía.
—No.
—Por eso escribía niveles de confianza.
Daniel sonrió.
—Te has leído sus cuadernos mejor que yo.
—Porque tú buscas respuestas. Yo miro cómo las buscaba.
Clara apoyó los codos en la barandilla.
—No necesitas recuperar una película perfecta. Si encuentras a Samuel, habrá cosas que nunca sabrás. Qué pensó durante los últimos minutos. Si oyó cuando intentaste volver. Si creyó que cumplirías la promesa. No puedes convertir recordar en otra forma de controlar lo que pasó.
—Tienes dieciséis años. No deberías decir cosas así —dijo Daniel.
—Puedo empezar a decir tonterías si te tranquiliza.
—Mucho.
Clara señaló una gaviota posada sobre una farola.
—Ese pájaro trabaja para el Estado.
Daniel se rio. Fue una risa corta, inesperada y profundamente fuera de lugar. Precisamente por eso funcionó.
—Gracias.
—No me agradezcas la gaviota.
Regresaron despacio. Daniel llamó a su exmujer antes de entrar en casa. La conversación fue incómoda, más larga de lo que esperaba y menos dramática de lo que temía. Ella no le reprochó haber ocultado la verdad a Clara. Le reprochó haber decidido solo qué verdad podía soportar su hija.
—Te conozco —le dijo—. Cuando tienes miedo conviertes todo en un protocolo. A veces funciona en Urgencias. En casa, no siempre.
Daniel aceptó el golpe.
—Voy a intentar hacerlo mejor.
—Hazlo. Y no metas a Clara en una galería abandonada.
—Eso no estaba en mis planes.
—Con vosotros nunca se sabe.
Cuando colgó, Clara estaba en la cocina preparando tostadas.
—¿Superviviente?
—Por poco.
—Bien.
Daniel se sentó. En el borde de la fotografía, Samuel sonreía apenas. La imagen ya no era una amenaza. Tampoco una absolución. Era evidencia de un día en que ocho niños estuvieron juntos sin saber que veintiocho años después alguien tendría que demostrarlo.
Daniel tomó una libreta y escribió en la primera página: RECUERDOS. HECHOS. INFERENCIAS. Empezó a separar cada cosa. No podía controlar lo que su mente devolvería, pero sí podía negarse a tratar cada emoción como una prueba.
El trabajo que tenía delante dejó de parecer imposible.