Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 19 #3
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CAPÍTULO 19 #3

—¿Qué haces? —preguntó Teresa.

—Por si nos encuentran y...

No terminó. Escribió los ocho nombres. Daniel. Irene. Marcos. Teresa. Bruno. Julián. Álex. Samuel.

Después dobló la hoja y la metió dentro de una caja metálica de herramientas.

—Qué dramática —dijo Marcos.

—Cállate.

La segunda noche fue peor.

El agua había subido varios centímetros en algunos pasillos y cortado el camino por el que habían llegado. Un ruido continuo atravesaba las paredes. Samuel y Julián estudiaban un plano de evacuación medio roto que encontraron dentro de un armario.

—Aquí hay una salida —dijo Julián.

—¿Dónde?

—Abajo.

—¿Más abajo del agua? Genial —respondió Álex.

Samu señaló una línea.

—No. Mira. La galería baja, pero sale al río más lejos.

—¿Y cómo llegamos?

—Por aquí.

Un conducto de mantenimiento.

Esperaron hasta la mañana porque el pasillo que conducía allí estaba inundado por encima de las rodillas y ninguno quería entrar de noche. Daniel apenas durmió.

Escuchó a Teresa llamar a su madre en sueños.

Escuchó a Irene repetir que los encontrarían.

Escuchó a Marcos decir el nombre de Samuel varias veces, como si comprobar que seguía allí fuese necesario. Y escuchó a Samu llorar. En silencio. Daniel no se acercó.

Teresa situaría después ese llanto en la casa forestal; la cronología apuntaba a esta segunda noche. Daniel solo retenía a Samuel intentando que nadie lo viera.

* * *

El sábado quince avanzaron hacia la galería inferior.

El agua estaba helada. A Teresa le llegaba por encima de las rodillas.

Tuvieron que dejar mochilas atrás para pasar por un hueco.

Samuel conservó la verde hasta que fue imposible y metió algunas cosas en una bolsa de plástico: una linterna, el cuaderno pequeño, una fotografía de su madre y una redacción doblada que llevaba dentro de una carpeta escolar porque Elena le había pedido que no perdiera papeles.

—¿Por qué llevas deberes a una excursión? —preguntó Marcos.

—Porque mi mochila tiene compartimentos y tu cerebro no.

Marcos le lanzó agua.

Durante unos minutos volvieron a ser niños de una salida de verano. Después llegaron al conducto M-4.

Era tan estrecho que Bruno se negó a entrar.

—No quepo.

—Sí cabes —dijo Samuel.

—¿Y tú qué sabes?

—Que eres cabezón, no ancho.

Daniel se rio. Bruno acabó entrando.

Las lesiones no habían sido idénticas, solo parecidas.

Al otro lado había una cámara más grande y una compuerta metálica. El volante no se movía.

Julián encontró junto al volante una placa metálica cubierta de humedad. Aún podían leerse dos palabras y una flecha: BLOQUEO MANUAL. M-4. Entre todos tardaron varios minutos en relacionarla con una rejilla lateral.

—Puede ser el bloqueo.

—¿Dónde? —preguntó Daniel.

Samu señaló una rejilla lateral.

Detrás había un conducto aún más estrecho.

—Ahí.

Daniel se agachó.

—Yo voy.

Intentó meter los hombros. No pasó.

—Aparta —dijo Samuel.

—No.

—Tú no cabes.

—Buscamos otra cosa.

Un golpe de agua sacudió la compuerta. Bruno gritó desde atrás.

—¡Está subiendo!

El pasillo por el que habían llegado empezaba a llenarse. Samuel se quitó la mochila.

—Yo paso.

Daniel lo agarró del brazo.

—No.

—Dani.

—He dicho que no.

—Si ese bloqueo es lo que impide mover el volante, habrá que soltarlo.

—No sabes eso.

—No. Pero lo pone en la placa y el volante no se mueve.

—No eres ingeniero.

—Y tú no eres médico.

Daniel no soltó. Samuel sonrió.

—Cuando salga te cobro cinco duros.

Marcos ató el cordón azul de Samuel alrededor de su muñeca. El otro extremo quedó sujeto a una tubería.

—Si tiras tres veces, te sacamos —dijo.

—Eso no sirve para sacar a nadie —respondió Samu.

—Pues no tires tres veces.

Samuel entró en el hueco.

Daniel se tumbó en el suelo para verlo. La linterna avanzó por el conducto. Después desapareció detrás de un recodo. Pasaron segundos. Un minuto. Dos.

—¡Samu!

—¡Estoy!

La voz llegaba deformada.

—¡Hay una palanca!

—¡Tira!

—¡Está atascada!

Se oyó un golpe.

Clang.

Otro.

Clang.

Un tercero.

Clang.

El volante de la compuerta se movió unos centímetros por sí solo.

—¡Ahora! —gritó Samu.

Daniel y Bruno giraron. Julián ayudó. La rueda cedió lentamente. La hoja metálica empezó a elevarse.

Detrás apareció un corredor por el que corría agua hacia una abertura iluminada muy lejos.

—¡Salid! —gritó Samuel.

Irene pasó primero porque estaba junto a la compuerta. Después Teresa. Álex. Julián. Bruno. Marcos. Daniel se quedó.

—¡Samu!

—¡Voy!

El cordón azul se tensó. Daniel tiró suavemente. Una vez. Nada.

—¡Samu!

—¡Se ha caído algo!

—¡Vuelve!

—¡No puedo por el hueco!

Daniel se arrodilló e intentó meter los hombros otra vez. No cabía.

Marcos volvió desde el otro lado.

—¿Qué pasa?

—Está atrapado.

El agua golpeó con más fuerza. La compuerta comenzó a vibrar. Julián gritó desde el corredor:

—¡Se va a venir abajo!

Daniel tiró del cordón.

—¡Samu!

La cuerda cedió de golpe.

El extremo volvió sin la muñeca.

Marcos empezó a meterse en el conducto. Daniel lo agarró.

—No cabes.

—¡Suéltame!

—¡No cabes!

Otro golpe de agua. La compuerta descendió unos centímetros.

Desde el otro lado del metal se oyó a Samuel.

No estaba ya en el conducto. Había encontrado una abertura hacia la cámara de aguas arriba.

—¡Dani!

Daniel lo vio a través del espacio bajo la hoja.

Samuel estaba de rodillas, empapado, con sangre detrás de la oreja.

—¡Pasa! —gritó Daniel.

—¡No puedo!

—¡Busca otra salida!

—¡Hay una escalera!

Daniel no supo si aquello era verdad.

El agua entró de golpe por el lateral. Marcos cayó. Daniel lo levantó.

—¡La puerta! —gritó Julián—. ¡Hay que cerrarla o entra todo!

Daniel agarró el volante. No giró.

Samuel apareció otra vez bajo la hoja.

—¡Ciérrala!

—¡No!

—¡Ciérrala, Dani!

—¡Tú primero!

—¡No puedo pasar!

—¡Entonces no!

El agua le llegó a Daniel a las rodillas en segundos. Detrás, Teresa gritaba.

Bruno estaba intentando mantener a Álex de pie. Marcos se agarraba a Daniel.

Samuel golpeó el metal con la palma.

—¡Doctor!

—¡Si no la cierras, no sale nadie! —gritó Samuel.

—¡Voy a buscarte!

—¡No!

—¡Volveré!

Samuel dejó de gritar.

Durante un segundo, en medio del ruido, fue solo un niño empapado mirando a otro.

—Díselo a mi madre.

Daniel negó con la cabeza.

—Tú se lo dices.

—Díselo.

—Samu...

—Promételo.

El agua golpeó otra vez. Daniel agarró el volante.

—Te lo prometo.

Samuel sonrió. Apenas.

—Pues venga, Doctor.

Daniel giró. Marcos puso las manos encima. También Bruno. La compuerta descendió.

Samuel desapareció primero de cintura para abajo, después de pecho, después de cara.

La última cosa que Daniel vio fue su mano debajo del borde. Luego metal.

La puerta cerró con un golpe. Durante unos segundos siguieron escuchándolo.

—¡Samu!

Un golpe al otro lado.

—¡Samu!

Otro.

Después el agua cubrió todos los sonidos. Daniel intentó abrir de nuevo. Marcos también. La rueda no se movió.

Julián gritaba que tenían que irse.

Daniel se quedó agarrado al volante hasta que Bruno y Marcos lo arrastraron.

—¡Le he prometido volver!

—¡Volvemos con ayuda! —gritó Irene.

Corrieron.

Los siete corrieron convencidos de que volverían con ayuda.

La galería inferior terminó en una reja deformada que Julián y Bruno consiguieron mover. Salieron por una abertura junto al río. La luz de la tarde les hizo daño en los ojos.

Daniel quiso regresar inmediatamente por la ladera. No sabía dónde estaban.

No sabía cómo volver a la puerta roja.

Caminaron río abajo porque era lo único que tenía sentido. Teresa apenas podía avanzar. Álex sangraba por la rodilla. Marcos lloraba y decía que tenían que encontrar un teléfono. Pasaron quizá dos horas.

El sol empezaba a bajar cuando oyeron un motor.

Un todoterreno apareció en la pista.

* * *

Tomás Varela frenó tan fuerte que levantó polvo. Bruno corrió hacia él.

—¡Papá!

Tomás bajó y abrazó a su hijo. Después miró a los demás.

—¿Dónde estabais?

Todos hablaron a la vez.

—En la central.

—Samu está dentro.

—Hay que volver.

—Una compuerta.

—Está vivo.

—Prometimos...

Tomás se quedó inmóvil cuando oyó el nombre.

—¿Samuel Arce?

Daniel lo agarró de la camisa.

—¡Está dentro! ¡Hay que ir!

Tomás miró hacia la montaña. Después a Bruno. Después a los siete. Tomó una decisión.

No llamó por radio al centro de búsqueda. Los metió en el todoterreno.

—Primero os llevo a un sitio seguro.

—¡No! —gritó Daniel—. ¡Hay que volver!

—No podéis volver. Yo mandaré gente.

—¡Ahora!

Tomás lo agarró por los hombros.

—Daniel, escúchame. Yo me ocupo.

A los once años, la frase «yo me ocupo» tenía todavía autoridad. Los llevó a Valcerezo.

Amalia llegó después de las nueve.

Pilar Mena les limpió las heridas. Teresa vomitó en una palangana. Álex se durmió sentado. Irene intentó abrir la ventana. Marcos golpeó la puerta.

Daniel no dejó de preguntar por Samuel. A medianoche oyó un coche.

Dos hombres entraron en la cocina. Hablaban con Tomás y con otro hombre que Daniel no conocía entonces: Fernando Requena.

—No se puede pasar —dijo uno.

—¿Lo habéis visto? —preguntó Tomás.

—No.

—¿La cámara?

—La C-4 está desplazada. Si mandas gente ahora, sacas dos muertos más.

Daniel abrió la puerta del dormitorio. Estaba cerrada. Golpeó.

—¡Está vivo!

Del otro lado nadie contestó.

—¡Está vivo!

Marcos se unió.

—¡Samu está vivo!

Tomás abrió unos centímetros.

—Volved a la cama.

Daniel intentó pasar. Tomás lo sujetó.

—Mañana.

—¡Ahora!

—Mañana, cuando baje el agua.

—Le prometí volver.

—Tú no puedes volver —dijo Tomás.

Cerró.

Pilar, siguiendo la indicación del médico jubilado que los había examinado, dio a Daniel, Teresa y Álex una dosis para calmarlos porque llevaban horas temblando y sin dormir.

Daniel escupió la primera. Aceptó la segunda después de que Amalia le dijera que necesitaba descansar para poder explicar el camino por la mañana.

Cuando despertó, era domingo. Samuel seguía dentro. Nadie había regresado con él.

O, al menos, nadie había regresado con él.

En la cocina estaban Tomás, Eusebio Landa, Requena, Amalia y Pilar. Hablaban en voz baja. Daniel escuchó desde el pasillo.

—No podemos mantenerlos aquí —decía Amalia.

—Hoy vuelven —respondió Eusebio.

—¿Y el otro niño?

—No hay otro niño en la lista.

—Existe.