CAPÍTULO 19 #2
—Perfecto. Eres el que sabe leer esas cosas. Es peor.
Caminaron hacia el corredor norte. Samuel iba tocando las paredes solo cuando veía placas o señales. Había descubierto que las flechas naranjas indicaban mantenimiento y las rojas, cierres o zonas de riesgo. No sabía si era siempre así; lo decía como si lo supiera.
—¿Y si te equivocas? —preguntó Daniel.
—Entonces fingimos que era tu idea.
Encontraron una pequeña oficina con la puerta abierta. Dentro había una mesa, un calendario de 1997 y carpetas de plástico recientes. Marcos cogió una.
—Mira.
Era un parte de mantenimiento fechado apenas tres semanas antes. Ninguno comprendió términos como «lixiviado», «trasiego» o «cubeto secundario». Sí entendieron una cosa: la central no estaba abandonada.
—Hay gente que viene —dijo Daniel.
—Pues nos encontrarán —respondió Marcos.
Samuel negó.
—Si vienen.
—Vendrán.
—¿Hoy?
Marcos no respondió.
Daniel guardó uno de los papeles doblado dentro de su mochila. No recordaría haberlo hecho hasta muchos años después, cuando se preguntó por qué los adultos de Valcerezo habían revisado sus cosas. El papel nunca apareció entre lo que les devolvieron.
En un armario había dos botellas pequeñas de agua cerradas.
La celebración fue tan exagerada que Teresa los mandó callar por si alguien podía oírlos.
Repartieron el contenido en las cantimploras.
Samuel propuso no beber más de dos tragos seguidos.
Bruno dijo que su padre siempre decía que, si uno tenía sed, debía beber todo lo que el cuerpo pidiera.
—Tu padre también dice que sabe aparcar y casi atropella un banco —dijo Marcos.
Bruno se lanzó contra él. Daniel los separó antes de que la pelea empezara de verdad.
—Parad ya.
—Ha hablado de mi padre.
—Y tú llevas dos días comportándote como si tu padre fuera a entrar por la pared porque lo nombres.
La frase salió más cruel de lo que Daniel pretendía. Bruno lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Va a venir.
La culpa fue inmediata.
—Ya lo sé.
—Mi padre conoce todas estas pistas.
—Entonces va a venir.
Volvieron a la sala principal con las botellas y un manojo de llaves que no abría ninguna puerta útil. Irene anotó el hallazgo. Había empezado a contar las horas.
—Han pasado veinticuatro —dijo.
—No —respondió Teresa—. Desaparecimos ayer después de comer.
—Casi.
—No digas veinticuatro.
—¿Por qué?
Teresa no contestó. Daniel entendió: «veinticuatro horas» ya sonaba a noticia. A búsqueda larga. A padres en televisión. Hasta entonces habían conseguido pensar en la excursión como un día que se había complicado. La cifra convertía el accidente en desaparición.
Marcos se sentó junto a ella.
—Mi hermana estará viendo todas mis cintas sin permiso.
—Eso es lo que te preocupa.
—Es gravísimo.
—¿Qué cintas?
—Una que no debería ver.
—¿Por qué?
Marcos se tomó demasiado tiempo.
—Porque tiene música de mayores.
Teresa soltó una carcajada y después empezó a llorar. Marcos también. Daniel no supo en qué momento una cosa se convirtió en la otra.
A media mañana, el grupo encontró una sala de vestuarios. Había taquillas oxidadas, mantas de trabajo y una máquina expendedora sin corriente. Álex rompió el frontal de plástico con una barra. Dentro quedaban dos paquetes de galletas pasados de fecha y tres chocolatinas deformadas por el calor.
—No podemos comer eso —dijo Irene.
—Yo sí —respondió Marcos.
Samuel examinó la fecha.
—Caducaron hace cuatro meses.
—Las galletas no saben leer.
—Tu estómago sí.
Comieron las galletas y guardaron las chocolatinas. A ninguno le ocurrió nada.
Mientras los demás descansaban, Samuel empezó a estudiar un panel de evacuación atornillado a la pared. Julián se acercó. Entre los dos copiaron el dibujo sobre la libreta.
—Aquí está el río —dijo Julián.
—Y esto baja hasta él.
—Pero pone D-2.
—D de drenaje.
—O D de dinosaurio.
Samuel lo miró.
—¿Por qué habría una salida de dinosaurios en una central?
—Por eso está abandonada.
Daniel observó la discusión. Julián dibujaba líneas rectas; Samuel añadía flechas y notas. Era una escena ordinaria, casi aburrida. Horas después, cuando apareció la compuerta, Samuel ya llevaba medio día mirando planos mientras los demás intentaban no pensar.
Alrededor del mediodía oyeron algo al otro lado de una pared: primero un motor, luego pasos. Todos se levantaron a la vez.
—¡Aquí! —gritó Bruno.
Marcos golpeó una tubería con la barra.
—¡Estamos aquí!
Los pasos se detuvieron.
Daniel estaba seguro de eso. Hubo un momento de silencio. Después una voz adulta, apagada por el hormigón. No distinguió palabras.
—¡Somos los niños! —gritó Irene—. ¡Los de la excursión!
Samuel golpeó el tubo tres veces.
Clang. Clang. Clang.
Una respuesta llegó del otro lado: un golpe. O quizá una herramienta cayendo.
—¡Han oído! —dijo Teresa.
Todos empezaron a gritar. Daniel se quedó sin voz. Durante casi un minuto hubo sonidos al otro lado. Después un motor. Más tarde, nada.
—Van a buscar cómo entrar —dijo Bruno.
—Sí —respondió Daniel.
Nadie dijo la otra posibilidad: que aquellas personas supieran que estaban allí y hubieran decidido marcharse.
En 2026 no encontrarían registro concluyente de trabajadores dentro de esa galería a esa hora.
Sí facturas de una brigada privada, sí movimientos de vehículos, sí testimonios ambiguos.
Daniel nunca sabría si aquellos pasos pertenecieron a un posible rescate que no comprendió sus gritos, a empleados de Hidrovalnera que no quisieron encontrarlos o a ecos nacidos de una montaña llena de metal.
Durante dos horas esperaron junto a la pared. Nadie volvió.
La espera fue peor que buscar. Mientras caminaban podían creer que la salida dependía de ellos.
Sentados, cada ruido del edificio pertenecía a un adulto que quizá venía.
A las tres, Marcos empezó a insultar a las voces que ya no estaban.
Irene le pidió que reservara fuerzas. Marcos le dijo que se callara. Ella le dio una bofetada.
Todos se quedaron inmóviles.
—Perdón —dijo Irene.
Marcos se tocó la mejilla.
—Ha sido floja.
Irene empezó a llorar. Marcos la abrazó. Nadie volvió a mencionar la bofetada hasta casi treinta años después.
Samuel fue quien propuso dejar de esperar.
—Si nos han oído, ya saben dónde estamos. Si no nos han oído, esperar no sirve.
—¿Y si vuelven? —preguntó Teresa.
—Dejamos una nota.
Escribieron con rotulador sobre una hoja: OCHO NIÑOS. BUSCAMOS SALIDA HACIA EL RÍO. Debajo pusieron una flecha y los ocho nombres. La pegaron al panel con cinta aislante.
La nota nunca apareció; Daniel nunca sabría si se deshizo con la humedad o alguien la retiró.
Antes de marcharse, Samuel se quedó mirando la nota.
—Mi madre va a saber que vine.
Daniel lo oyó.
—Claro que lo sabe.
—Sabe que vine a la excursión. No sabe que entramos aquí.
—Cuando salgamos se lo cuentas.
Samuel hizo una mueca.
—Primero se lo cuentas tú.
—¿Por qué yo?
—Porque si lo digo yo me mata antes de llegar a la parte en que salimos.
Daniel le dio un empujón con el hombro.
—Cobarde.
—Inteligente.
Años después la broma se mezclaría con la promesa final. Entonces solo era eso: una broma.
Reanudaron la búsqueda. En una galería encontraron una puerta con un pequeño cristal. Detrás había una sala seca y, en la pared, un teléfono rojo. El alivio fue inmediato. Bruno golpeó el cristal con la barra hasta romperlo. Entraron. Samuel levantó el auricular.
No había tono.
Marcos arrancó el cable de la pared como si pudiera obligarlo a funcionar.
—Para —dijo Daniel.
—Tiene que ir a algún sitio.
—Está cortado.
—Entonces lo empalmamos.
Samuel examinó la caja.
—No sabemos dónde está cortado.
—Tú arreglas cosas.
—No hago magia.
Marcos lanzó el auricular contra la mesa. El plástico se partió.
—¡Pues aprende!
La frase dejó a Samuel inmóvil.
Marcos pareció arrepentirse inmediatamente.
—Samu...
—Vete a la mierda.
Samuel salió de la sala. Daniel lo siguió y lo encontró sentado detrás de una tubería, limpiándose la cara con la camiseta.
—No está llorando —dijo Samu.
—No he dicho nada.
—Pues no lo pienses.
Daniel se sentó a su lado.
—Marcos es idiota.
—Ya.
—Está asustado.
—Yo también.
Fue la primera vez que Samuel lo admitió.
Daniel no supo qué responder.
—Yo también —dijo al final.
Samuel apoyó la nuca contra la pared.
—No quiero que mi madre piense que me fui porque estaba enfadado con ella.
—¿Estabas enfadado?
—Por la mañana. Porque me hizo cambiarme la camiseta. Decía que la otra estaba rota.
—Ésta te queda fatal —dijo Daniel.
—Ya.
—Se lo diremos.
Samuel asintió.
Marcos apareció unos minutos después. Traía una chocolatina guardada.
—Soborno —dijo.
Samuel lo dejó esperar.
—Completa.
—Media.
—Entonces no.
Marcos le dio la chocolatina entera.
—Eres un ladrón.
—Tú has roto un teléfono.
—Era del Estado.
—Peor.
Los tres se rieron antes de volver con los demás.
A última hora de la tarde la lluvia regresó. El sonido empezó arriba y después apareció en las paredes. Julián descubrió que el recorrido de entrada ya tenía agua hasta la cintura en un punto. La puerta roja dejó de ser una opción incluso si lograban retirar el desprendimiento desde dentro.
Fue entonces cuando el plano de evacuación adquirió importancia. La línea hacia la galería inferior no era ya una posibilidad curiosa. Era la única dirección que no terminaba en una puerta bloqueada o en agua creciente.
Samuel y Julián extendieron la copia sobre el suelo. La ruta bajaba primero y después seguía un colector hasta una salida cerca del río.
—Mañana —dijo Irene.
—Ahora —respondió Bruno.
Teresa negó con fuerza.
—No entro ahí de noche.
—Esperamos —dijo Daniel.
Bruno protestó, pero al final nadie quiso avanzar. Prepararon la segunda noche en una plataforma metálica más alta. Tenían menos comida, más frío y una salida dibujada que podía no existir.
Antes de acostarse, la comida se había acabado casi por completo.
Samuel partió una barrita de chocolate en ocho trozos.
—Uno para cada uno. Y nadie se hace el listo.
—Esto no sirve para nada —dijo Bruno.
—Entonces dame el tuyo.
Bruno se lo comió.
Irene empezó a escribir nombres en su libreta.