CAPÍTULO 19
Cuatro días
El recuerdo no volvió como una película intacta. Algunas escenas regresaron solas; otras quedaron sujetas a horarios, fotografías y lo que los demás recordaban.
Lo primero fueron cosas pequeñas: una cuchara contra un vaso, su madre recordándole la gorra, un cordón que se deshacía cada tres pasos y su padre buscando una cantimplora a diez minutos de salir.
En la parada había catorce personas: siete niños, dos adultos, tres padres que aún no se habían ido y una mujer con uniforme azul de hotel que llegó corriendo de la mano de otro niño. Elena. Samuel.
Samu llevaba una mochila verde y una camiseta blanca demasiado grande. Elena hablaba con Amalia junto a la puerta del autobús.
—Te juro que a las cinco estoy aquí —decía—. Si pasa cualquier cosa llamas al hotel.
—Elena, tendría que tener la autorización —dijo Amalia.
—Lo sé. Me han cambiado el turno esta mañana. No tengo con quién dejarlo.
Samu hizo una mueca a Marcos desde detrás de su madre. Marcos le devolvió otra.
—Va a estar con nosotros —dijo Irene—. ¿Qué va a pasar?
Amalia señaló a los niños.
—Eso es exactamente lo que nunca hay que preguntar antes de una excursión.
Todos rieron. Incluso Amalia.
Después suspiró y le hizo a Samuel un gesto para que subiera.
—No te separes del grupo ni para respirar.
—Vale.
—Y si alguien pregunta, vienes con nosotros porque... —Amalia no terminó.
—Porque soy imprescindible —dijo Samu.
—Porque eres un pesado.
Elena le besó la cabeza.
—Haz caso.
—Sí.
—A Amalia.
—También.
Fue la última vez que Elena tocó a su hijo.
Era una de las salidas del programa municipal de verano.
El colegio prestaba las instalaciones y Amalia y Óscar, profesor de Educación Física, trabajaban aquel agosto como responsables del grupo.
La actividad debía durar nueve horas: subirían por una ruta sencilla hasta un mirador sobre el valle, comerían cerca de una fuente y regresarían por una pista forestal que pasaba a más de un kilómetro de la antigua central.
Óscar llevaba un botiquín enorme y una radio portátil.
Durante la primera hora no ocurrió nada que mereciera ser recordado.
Bruno y Álex discutieron por una cinta de casete.
Teresa recogió flores hasta que Amalia le dijo que dejara alguna para el bosque.
Irene llevaba una libreta donde apuntaba matrículas de coches extranjeros porque aquel verano había decidido que coleccionaría países.
Julián dibujaba mapas de memoria. Marcos lanzaba piedras a cada charco.
Daniel hablaba demasiado. Samuel desmontó la tapa de la brújula de Óscar para demostrar que la aguja seguía buscando el norte aunque la pusiera boca abajo.
—Como no la dejes como estaba, te quedas sin bocadillo —dijo Óscar.
—Ya está como estaba.
—Te sobran dos tornillos.
—Son opcionales.
Daniel se rio.
Samu le dio uno de los tornillos.
—Guárdalo, Doctor.
—¿Para qué?
—Para cuando tenga que operarte.
—El médico soy yo.
—Todavía no.
A media mañana Amalia hizo varias fotografías. Los reunió delante de la pared de hormigón que quedaba junto a la pista. El círculo rojo estaba pintado encima de una puerta.
—Ahí no os acerquéis —dijo Óscar—. Es la antigua conducción.
Samu miró a Daniel. No hizo falta hablar. Los Topos.
A principios de verano se habían llamado Los Topos después de encontrar un folleto de la central y empezar a inventar mapas, contraseñas y entradas secretas.
Nadie llegó a recordar quién propuso desviarse. Con los años se culparon unos a otros hasta aceptar que quizá la idea no tuvo un único autor.
Comieron a la una y media cerca de una fuente.
Amalia repartió ocho bocadillos entre los niños, uno de queso que Samuel cambió por medio de chorizo de Daniel y medio de tortilla de Teresa.
Óscar se alejó unos minutos con la radio porque tenía mala cobertura.
Amalia ayudó a Julián a limpiarse una herida en la palma.
Samu sacó el cuaderno de Los Topos.
—La puerta roja está a diez minutos.
—Amalia ha dicho que no —respondió Irene.
—Amalia ha dicho que no nos acerquemos. No ha dicho que no la miremos desde lejos.
—Eso es lo que dice la gente justo antes de hacer lo contrario —dijo Teresa.
Marcos sonrió.
—Diez minutos.
Daniel recordó mirar hacia Amalia. Después a Samuel. Después al camino.
Ese fue el tamaño real de la decisión que cambiaría ocho vidas: unos segundos y una distancia que podía recorrerse antes de que un adulto terminara de vendar una mano.
—Vamos y volvemos —dijo Daniel.
Irene lo llamó idiota. Fue con ellos.
Los ocho descendieron por el sendero sin correr ni esconderse; creían que iban a mirar y volver.
La puerta del círculo rojo estaba entreabierta.
Álex fue el primero en decir que debían volver.
—Solo miramos —dijo Marcos.
Samuel se acercó.
—La soldadura está rota.
—¿Qué soldadura? —preguntó Daniel.
—La que debería cerrar esto.
Empujó la hoja metálica.
Un olor húmedo y frío salió del interior. Irene dio un paso atrás.
—Ni de coña.
Marcos encendió una linterna pequeña que llevaba en la mochila.
—Solo hasta la primera sala.
—Eso también es de película de muertos —dijo Álex.
—Pues te quedas.
—No me quedo solo.
Entraron los ocho.
El pasillo tenía tuberías en las paredes y una pendiente suave hacia abajo. La luz exterior desapareció rápidamente detrás de ellos. Samuel caminaba delante con Marcos. Daniel iba tercero. No tardaron en encontrar el primer signo de que la central no estaba tan abandonada como parecía.
Una huella de neumático reciente sobre barro.
Después una bombilla nueva colgada de un cable.
Después tres bidones azules detrás de una puerta.
—Esto no lleva aquí veinte años —dijo Irene.
Samuel tocó uno.
—Está tibio.
—No lo toques —dijo Teresa.
En una pared había papeles plastificados con fechas. Nadie entendió qué eran. Julián leyó una palabra: disolvente .
—Vámonos —dijo Daniel.
Aquella vez nadie discutió. Regresaron hacia la entrada.
A mitad del pasillo oyeron un golpe profundo. Después otro.
La luz que venía de fuera desapareció. Corrieron. La puerta no estaba cerrada.
El problema era la tierra y las piedras que habían caído delante. Había empezado a llover.
No una lluvia suave de verano. Una tormenta sobre la ladera, agua bajando por el camino y arrastrando tierra contra la entrada. Marcos empujó. Daniel también.
La puerta cedió unos centímetros y volvió a bloquearse.
—¡Óscar! —gritó Teresa.
Los ocho llamaron. Nadie respondió. Samu examinó la parte inferior.
—No abre porque hay peso fuera.
—Pues quitamos el peso —dijo Bruno.
—¿Cómo? ¿Desde dentro?
Bruno lo empujó.
—Entonces no digas lo obvio.
Daniel se interpuso.
—Para.
—Nos van a matar por habernos ido.
—Primero tienen que encontrarnos.
La frase de Álex hizo que todos callaran.
Óscar llevaba la única radio.
Samuel dijo que las centrales siempre tenían más de una salida.
No lo sabía, pero lo dijo con la seguridad que los demás necesitaban. Comenzaron a explorar.
Encontraron escaleras que subían a puertas bloqueadas. Una sala llena de maquinaria oxidada. Conductos estrechos. Señales que Daniel no entendía. El agua empezó a filtrarse por juntas y a correr por el suelo.
A las cinco de la tarde ya estaban perdidos dentro.
A las siete sabían que nadie podía oírlos.
A las nueve comprendieron que tendrían que pasar la noche allí. Samuel organizó la comida.
—Nadie se come nada entero —dijo.
—No eres el jefe —respondió Bruno.
—Tú tampoco.
—Mi padre sabe de esto.
—Pues dile que venga.
Bruno le dio un empujón. Samuel cayó sentado. Marcos se lanzó contra Bruno. Daniel separó a uno, Irene al otro.
Después todos lloraron de una forma u otra, aunque algunos tardaron años en admitirlo.
La primera noche durmieron en una sala de control. Ocho niños juntos sobre un suelo cubierto de polvo. Se repartieron dos sudaderas, una toalla y chubasqueros. La tormenta golpeaba la estructura por encima. Cada cierto tiempo se oía un ruido grave de agua. Daniel despertó varias veces.
En una, Samuel estaba sentado junto a la puerta.
—¿Qué haces?
—Escucho.
—¿Qué?
—Si viene alguien.
Daniel se sentó a su lado.
—Mi madre me va a matar.
—La mía a mí primero.
—Tú no tenías que venir.
Samuel guardó silencio.
—Ya.
—No quería decir...
—Ya sé.
Daniel apoyó la cabeza contra la pared.
—Cuando salgamos, tú dices que fue idea de Marcos.
—Siempre funciona.
—Y si no salimos.
Samuel lo miró.
—Vamos a salir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy imprescindible.
Daniel se rio en voz baja.
Fue la última noche en la que la palabra muerte todavía parecía una exageración.
* * *
El viernes catorce amaneció sin amanecer. Solo supieron que era de día porque un reloj digital marcaba las siete y porque por una rejilla alta empezó a entrar una claridad gris. Tenían sed.
Encontraron una tubería que goteaba agua limpia, o que ellos decidieron que era limpia. Samuel llenó tapas de cantimplora y las repartió. Teresa preguntó si podían enfermar. Daniel dijo que era mejor enfermar que deshidratarse. Nadie sabía si eso era médicamente exacto.
—Doctor ha hablado —dijo Samu.
Nadie volvió a llamarlo Doctor durante varias horas.
El hambre y la sed fueron reduciendo las bromas, primero a comentarios cortos y después a un silencio que parecía pertenecer a niños mayores.
El reloj de la sala de control marcaba las ocho y treinta y siete cuando decidieron organizarse.
Irene arrancó una hoja de su libreta y dibujó una tabla con tres columnas: agua, comida, salidas.
—¿Por qué haces una tabla? —preguntó Marcos.
—Porque tú no haces nada útil.
—Estoy manteniendo la moral.
—La moral está pidiendo que te calles.
Samuel se acercó y añadió una cuarta columna: cosas que no tocar.
—Los bidones —dijo Teresa inmediatamente.
—Los cables —añadió Julián.
—Las puertas que dicen peligro —dijo Álex.
Marcos miró a Samuel.
—Entonces no queda nada.
—Queda salir.
Repartieron tareas como si siguieran jugando a Los Topos: Irene y Teresa, agua; Julián, recorrido; Bruno y Álex, herramientas; Daniel y Marcos acompañarían a Samuel por las galerías.
—No soy el jefe —protestó él cuando Irene se lo dijo.