Los que volvieron el domingo CAPÍTULO 18
67%

CAPÍTULO 18

La compuerta

Julián tardó treinta y seis horas en encontrar el plano correcto.

Se llamaba Ricardo Echevarría, tenía ochenta y dos años y no quiso limitarse a enviar una copia.

Daniel acompañó a Julián. Irene se quedó en San Román y recibió las digitalizaciones al mismo tiempo que ellos, como testigo y no como fiscal.

Clara siguió la reunión por videollamada durante la última media hora desde casa de su madre.

María había puesto un límite sencillo: una investigación sobre una central abandonada no justificaba pasar otra jornada entera en carretera detrás de los adultos.

Ricardo los recibió en un taller que ocupaba el bajo de su casa. Había válvulas antiguas, manómetros sin cristal, poleas, herramientas y una pequeña maqueta hidráulica que había construido para sus nietos.

Extendió el plano sobre una mesa manchada de aceite.

—Esto es C-4.

La compuerta separaba dos cámaras de la galería inferior. El accionamiento principal había sido hidráulico. Existía además un bloqueo mecánico para impedir movimientos imprevistos cuando se realizaban tareas de mantenimiento.

—¿Un seguro? —preguntó Daniel.

—Un bloqueo. Si quieren llamarlo seguro, no me pelearé. Lo importante es dónde estaba.

Ricardo señaló una línea lateral marcada M-4.

—Aquí había acceso de inspección. No era una salida ni un túnel para circular. Servía para alcanzar cableado, soportes y parte del mecanismo sin desmontar media cámara.

—¿Se podía accionar la compuerta desde ahí?

—No como quien pulsa un botón. Podía liberarse el bloqueo manual. Después alguien tenía que operar el volante o el sistema desde la cámara principal.

Daniel se inclinó sobre el papel.

—¿Una sola persona podía hacerlo todo?

Ricardo se quitó las gafas.

—En condiciones normales, quizá. En una instalación cerrada, sin mantenimiento y durante una avenida de agua, no sé qué seguía funcionando. Si me pregunta qué hicieron unos niños en 1998, este plano no se lo puede contar.

La respuesta frustró a Daniel y, por eso mismo, le pareció fiable.

Ricardo buscó entre varias carpetas una instrucción de seguridad de 1981. En el margen figuraba: M-4. NO OPERAR C-4 CON PERSONAL EN REGISTRO. RIESGO DE ATRAPAMIENTO.

—Esto sí pueden afirmar —dijo—. El riesgo era conocido. Después del cierre, el registro tendría que haberse inutilizado de forma permanente. Si seguía accesible once años después, el cierre de la central fue deficiente o alguien lo reabrió.

Julián fotografió la hoja.

—¿Puede servir en una pericial?

—Para explicar la máquina, sí. Para repartir responsabilidades, necesitarán documentos de clausura, inspecciones y saber quién alteró qué. No conviertan a un plano en testigo ocular.

Daniel pensó en Elena: no me traiga una estatua hecha de física.

Ricardo accionó la maqueta para mostrarles la diferencia entre el movimiento hidráulico y el bloqueo. El golpe metálico fue seco. Daniel sintió una descarga en el pecho, pero no llegó ninguna escena completa. Solo una cuerda mojada entre los dedos y una voz demasiado joven diciendo su apodo.

Doctor.

Anotó la palabra sin explicarla.

Por la tarde se reunieron en el estudio de Julián. Irene llegó con copias de los informes médicos de 1998 que la Guardia Civil había incorporado al nuevo expediente. Teresa y Álex aceptaron acudir. Clara apareció en la pantalla del portátil desde casa de su madre.

Julián proyectó la sección de M-4.

—El plano da cuarenta y cuatro centímetros en el tramo nominal. Pero aquí hay una bandeja de cables añadida en los ochenta. El paso real podía ser menor.

—¿Cuánto menor? —preguntó Teresa.

—No podemos saberlo sin medir la galería actual, y la actual puede haber cambiado. En cualquier caso era un registro de mantenimiento, no un paso de personas.

Irene extendió los informes médicos.

—Y esto tampoco es tan limpio como recordábamos.

En cinco de los siete partes aparecía una abrasión detrás de la oreja izquierda. En los otros dos se describían arañazos en la parte lateral del cuello y el cuero cabelludo. Las fotografías tomadas al regreso mostraban lesiones pequeñas, parecidas pero no idénticas.

Álex se tocó detrás de la oreja.

—Así tiene más sentido.

—¿Qué? —preguntó Daniel.

—Que pasáramos por un sitio estrecho. Lo de siete cicatrices exactamente iguales siempre me parecía una de esas pistas demasiado perfectas que solo existen después de que alguien decide cómo contar la historia.

Irene lo miró.

—Marcos escribió «siete cicatrices iguales» en una nota. Precisamente por eso conviene no repetirlo como si el parte médico dijera lo mismo.

—Marcos también podía exagerar cuando una hipótesis le gustaba.

Teresa apartó el pelo. Conservaba una línea casi invisible.

—Yo recuerdo rasparme ahí. No recuerdo que os pasara a todos.

Julián señaló en el plano un soporte lateral que, según el diseño, sostenía una bandeja de cable.

—Si el soporte seguía colocado y gateabais girados hacia la derecha, podría explicar varias lesiones. No demuestra que fuera este conducto, pero es compatible.

Daniel miró M-4.

—¿Quién cabía?

Julián abrió una tabla con medidas aproximadas obtenidas de fotografías, fichas deportivas y reconocimientos de la época.

No eran datos forenses perfectos. Samuel era el más bajo y estrecho.

Teresa y Álex también eran pequeños. Daniel probablemente habría podido entrar hasta cierto punto.

Bruno, casi con seguridad, no en el tramo más estrecho.

—Eso cambia algo —dijo Daniel.

—Cambia que no podemos decir «solo Samuel podía pasar» —respondió Julián—. Podemos decir que era quien tenía más facilidad.

Irene apoyó un dedo sobre el plano.

—Hay otra cuestión. Para que C-4 se abriera con el sistema principal averiado, alguien tenía que liberar ese bloqueo.

Después, desde la cámara, otra persona podía mover el volante.

Si el agua aumentaba, la hoja podía volverse inestable.

Cerrar de nuevo podía ser necesario para que no inundara la galería de salida.

Teresa palideció.

—Yo recuerdo que la cerramos.

—¿Quiénes? —preguntó Daniel.

—No sé. Manos. Varias. Tú estabas allí.

Álex negó.

—Yo recuerdo estar ya al otro lado cuando empezó a bajar.

Julián se frotó la frente.

—Yo recuerdo gritar que la cerraran. O recuerdo haber contado tantas veces que había agua que ahora me oigo gritándolo. No lo sé.

Irene les hizo escribir por separado antes de seguir hablando.

Las diferencias volvieron a ser más útiles que las coincidencias.

Teresa conservaba una voz y agua en las piernas.

Álex, el roce de metal y una cuerda. Julián, la forma de las cámaras.

Irene, una fila de niños pasando y la certeza de que alguien se quedó atrás.

Daniel tenía el hueco más grande precisamente alrededor de ese momento.

—No estamos reconstruyendo una película —dijo Irene cuando terminaron—. Estamos poniendo bordes a lo que no sabemos.

Clara había permanecido callada. Amplió el plano en su pantalla y señaló con el cursor la posición del bloqueo de M-4 y la compuerta.

—Tengo una pregunta tonta.

—Las tuyas suelen ser las peligrosas —dijo Daniel.

—Lleváis días diciendo que quizá dejasteis a Samuel porque era la única forma de salvaros.

Nadie respondió.

Clara continuó.

—Pero si vosotros ya estabais en el lado por el que se podía salir y alguien tuvo que quitar el bloqueo desde el otro lado para que la compuerta se abriera... ¿quién la abrió?

Daniel miró la pantalla.

La pregunta no demostraba que hubiera sido Samuel. Podía haber sido cualquiera de los niños que cupiera en M-4. Podía haber una secuencia distinta. Podían estar entendiendo mal el estado de la máquina.

Aun así, algo se movió.

No fue una imagen.

Fue una frase.

—Tú no cabes, Doctor.

Daniel se levantó tan deprisa que golpeó la mesa con la rodilla.

Teresa dijo su nombre. Él no contestó.

Una mano pequeña se quitaba una mochila verde. Marcos ataba un cordón azul alrededor de una muñeca. Daniel intentaba meter los hombros en un hueco y no podía.

Después nada.

La escena se cerró antes de entregar la respuesta.

Daniel respiró hasta que el estudio volvió a ser el estudio.

—He recordado algo —dijo.

Irene no preguntó qué significaba.

—Escríbelo.

Daniel tomó una hoja.

Escribió solo cuatro palabras:

TÚ NO CABES, DOCTOR.

Debajo añadió:

Recuerdo. Confianza media.

Por primera vez, la posibilidad de que hubieran abandonado a Samuel dejó de ser la única explicación capaz de encajar con su culpa.

No sabía todavía qué había ocurrido.

Pero ya sabía qué pregunta debía recordar.