CAPÍTULO 17
Su madre
Daniel volvió a Logroño sin avisar.
Elena abrió la puerta y, al verlo, no mostró sorpresa.
—Le dije que me llamara cuando supiera dónde está.
—Todavía no lo sé.
—Entonces ha venido demasiado pronto.
Daniel sacó del bolsillo una copia del plano de Valnera. Elena ni siquiera lo miró. Se apartó para dejarlo entrar y señaló la misma silla de la visita anterior.
—Procure que al menos sirva para algo.
Esta vez no había conducido para pedir perdón ni llevar una hipótesis. Empezaría por lo que podía sostener.
Sacó una fotografía que Teresa le había prestado. Febrero de 1998. Samuel delante de una tarta, once velas, cinco niños alrededor y una mano adulta entrando en el encuadre con un cuchillo demasiado grande.
Elena la acercó a la ventana.
—La tarta era horrible.
Daniel esperó.
—La hice yo. Chocolate por fuera, cruda por dentro. Samuel dijo que era una tarta con sorpresa geológica.
Daniel sonrió.
—Eso sí lo recuerdo.
—Mejor. Diga eso. No diga «eso suena a él» como si hubiera recuperado a mi hijo entero porque recuerda tres chistes.
—Tiene razón.
Elena se sentó frente a él.
Daniel habló de la bicicleta que Samuel había intentado arreglar y que, según Elena, era de Marcos, no suya.
Del despertador desmontado. De la leche caliente que odiaba.
Del modo en que llamaba Doctor a Daniel años antes de que Daniel hubiera decidido estudiar Medicina.
Cuando no estaba seguro, lo decía. Cuando Elena corregía algo, Daniel lo anotaba.
Después de la segunda corrección, ella señaló la libreta.
—¿Le tranquiliza que le diga que se equivoca?
—Mucho.
—Curiosa forma de viajar dos horas y media.
—Necesito que alguien separe a Samuel de lo que mi cabeza necesita fabricar.
Elena lo estudió durante unos segundos.
—Marcos me pidió exactamente eso.
Se levantó y volvió con un cuaderno de tapas negras. Las esquinas estaban redondeadas por el uso. No era un diario. Había dibujos de bicicletas imposibles, radios, coches, poleas copiadas de revistas, mapas infantiles y listas de lugares.
—Su cuaderno de cosas —dijo Elena—. Los sentimientos le parecían poco prácticos. Las cosas que quería construir o ver, no.
Daniel pasó las páginas sin tocar el papel con los dedos. Gibraltar. Lisboa. Roma. Tánger. Al lado de Tánger, Samuel había escrito con letra pequeña: «comprobar si el mar parece el mismo desde otro país».
—Por eso tiene fotos de ciudades en la pared.
—Cuando podía viajar, hacía una. No para imaginar que él había estado allí. Eso sería mentirme. Era una pregunta que dejó pendiente.
En otra página había una radio con demasiadas antenas. En otra, un coche teledirigido. En otra, una alarma para que «mamá no queme las lentejas».
—Quería ser ingeniero —dijo Daniel.
Elena cerró el cuaderno con suavidad.
—Quería ser ingeniero los martes. Los jueves quería arreglar motos. Una semana quiso trabajar en un barco porque vio una película. No lo conviertan en un niño prodigio ahora que está muerto.
Daniel bajó la vista.
—No quiero hacerlo.
—Lo harán los periódicos si pueden. «El pequeño héroe». «El niño que salvó a siete». Es una historia perfecta. Tan perfecta como «los siete milagrosos». Y las historias perfectas suelen comerse a la persona que había debajo.
Elena volvió a abrir el cuaderno.
—Samuel mentía cuando rompía algo. Dejaba los calcetines debajo del sofá. Una vez me cogió doscientas pesetas y tardó tres días en confesarlo. Tenía miedo a los perros grandes y decía que no era miedo, que era prudencia zoológica. Si lo encuentran, quiero que encuentren a ese niño también.
Elena le estaba pidiendo recordar a Samuel como una persona, no como una víctima útil para la culpa de los demás.
—Tomás recuerda que yo hablaba de una puerta —dijo al fin—. Que repetía «yo cerré» y que Samuel estaba detrás. No sabe qué pasó antes de encontrarnos.
Elena no cambió de postura.
—¿Y usted?
—Fragmentos. Agua. Un volante. Un hueco. Samu llamándome Doctor. Pero cuanto más sé de los planos, más fácil es que mi cabeza coloque esas piezas donde encajan.
—Entonces no venga a preguntarme qué hizo mi hijo.
—No he venido a eso.
—Bien. Porque los muertos no son una máquina para tomar decisiones. Samuel podía ser valiente un día y cobarde al siguiente. Ayudar a alguien y cinco minutos después enfadarse por una canica. Si necesita saber qué ocurrió, busque hechos.
Daniel giró el plano que había dejado sobre la mesa.
—Un hecho es que había una compuerta. Otro, que el sistema tenía un acceso de mantenimiento. Otro, que nosotros salimos por la galería inferior y él no.
—Eso son hechos de la instalación y del resultado. No del motivo.
—Sí.
Elena señaló el cuaderno.
—Y esto prueba que le gustaba desmontar cosas. No que supiera manejar una central hidroeléctrica.
Elena sacó un sobre entre las páginas. Dentro había una hoja de Marcos fechada meses antes. No era una despedida. Era una lista de preguntas y, al lado de cada una, una letra: H, T, R o I.
—Hecho, testimonio, recuerdo, inferencia —dijo Daniel.
—Me lo explicó tres veces. A la cuarta amenacé con echarlo de casa.
Daniel leyó. «¿Quién abrió?» «¿Qué función tenía C-4?» «¿Quién decidió llevarlos a Valcerezo?» «¿Qué sabe cada uno sin haber hablado con los demás?» Al final, Marcos había escrito: «Si empiezo a estar seguro de algo solo porque necesito que sea verdad, volver a empezar».
Más adelante, en el cuaderno de Samuel, aparecieron ocho figuras dibujadas junto a una montaña. Debajo: «LOS TOPOS». Una flecha señalaba un túnel inventado que terminaba en un interrogante.
Daniel se quedó quieto.
—Los Topos.
—¿Lo recuerda?
—Sí. O creo que sí. Era un juego. Un club.
—Samuel dibujó eso a principios de verano. No demuestra que conocierais ningún túnel real. Solo demuestra que erais ocho antes de agosto.
Elena sostuvo el cuaderno entre ambos.
—Eso es lo que me importa de esta página. No era el octavo. Era uno de ocho. El número raro vino después.
Daniel fotografió la página con permiso y guardó el teléfono.
—Hay otra cosa —dijo—. Tomás contó que algunos adultos empezaron esperando unas horas y acabaron coordinándose para sostener la mentira. Mi padre estuvo en Valcerezo de madrugada.
Elena no pareció sorprendida.
—Su madre me llamó después de que volvieran.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Mi madre?
—Una vez. Dijo que usted estaba muy mal, que los médicos recomendaban no hacer preguntas y que la policía ya tenía información sobre Samuel. Una semana más tarde llamó otra vez. Me dijo que usted negaba conocerlo.
—No sabía eso.
—Ella tampoco sabía qué hacer. No la convierta ahora en la autora de todo porque necesite un culpable doméstico.
Daniel apoyó los codos en las rodillas.
—¿Qué le respondió usted?
—Que un niño no desaparece porque otro niño deje de recordarlo.
—Después dejé de contestar a sus llamadas. Yo también tomé decisiones que entonces me parecían necesarias.
Daniel observó las fotografías de ciudades en la pared.
—¿Por qué me cuenta esto ahora?
—Porque hoy ha venido a traerme recuerdos y preguntas, no una absolución.
Elena recogió el plano y se lo devolvió.
—Si descubre quién abrió esa compuerta, vuelva. Si descubre quién decidió no regresar a por él, vuelva. Si lo único que descubre es qué niño cabía mejor por un agujero, no me traiga una estatua hecha de física.
Daniel guardó el plano.
Antes de levantarse, Elena arrancó una hoja de la parte posterior de una libreta nueva y la dejó delante de él.
—Cinco cosas.
—¿Qué?
—Cinco recuerdos de Samuel de los que esté razonablemente seguro. Nada de Valnera. Nada de cómo murió.
Daniel escribió despacio: odiaba la leche caliente. Arregló una bicicleta y dejó una arandela fuera. Llamaba Doctor a Daniel. Se sentó junto a Bruno cuando Bruno tuvo miedo de saltar desde un trampolín. Creía que casi cualquier cosa podía arreglarse si primero te dejaban desmontarla.
Elena leyó la hoja.
—La arandela me gusta.
—¿Por qué?
—Porque demuestra que probablemente no arregló bien la bicicleta.
Daniel rio.
—No la arregló bien.
—Perfecto.
Elena dobló la hoja y la guardó en el cuaderno de cosas.
Daniel salió de la casa sin saber quién había abierto C-4.
Por primera vez desde que apareció la fotografía, no interpretó esa ignorancia como un fracaso.