Los que volvieron el domingo Después añadió
63%

Después añadió

Y no cierres la historia todavía.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

A las tres de la madrugada recordó una mano. Samuel agarraba su muñeca.

Daniel no lo sujetaba; sucedía al revés.

—Tira —decía Samuel.

Agua por encima de los tobillos.

—Tira, Doctor.

Daniel tiraba de algo pesado. Una puerta, quizá. Una barra. Después la imagen cambiaba. Samuel al otro lado. Daniel empujando. La hoja metálica cerrándose. Un grito. Daniel despertó en el sofá.

El teléfono tenía once llamadas perdidas. Cinco de Irene. Dos de Teresa. Tres de Clara. Una de Bruno.

Daniel devolvió primero la de Irene.

—¿Qué pasa?

—Han entrado en el piso de Marcos.

Daniel se incorporó.

—¿Qué?

—Raquel fue esta mañana. El estudio estaba revuelto. Falta un disco duro y varias copias de documentos.

—¿La libreta negra?

—La tiene la policía. No estaba allí.

—¿Hay cámaras?

—La ferretería de abajo tiene una en la calle. Están revisando.

El miedo cambió de forma. Hasta ese momento, la amenaza pertenecía a 1998. Alguien acababa de moverla al presente.

—Bruno me llamó.

—¿Cuándo?

—Mientras dormía.

—No lo llames todavía.

—No pensaba hacerlo.

—Miento. Sí pensabas.

—¿Para eso has estudiado Derecho? —preguntó Daniel.

—Entre otras cosas.

A media mañana Irene llegó con Teresa y Álex. Daniel no había invitado a nadie, pero comprendió que ya no funcionaban por invitaciones.

Teresa llevaba una carpeta con copias de sus informes psicológicos. Álex, fotografías de la central tomadas con teleobjetivo. Irene, malas noticias.

—La cámara de la ferretería no cubre el portal. Solo se ve un coche parando treinta segundos de madrugada. Matrícula ilegible.

—¿Modelo?

—Todoterreno oscuro. Hay miles.

—Bruno tiene uno.

—También miles de personas.

Daniel se pasó una mano por la cara.

—¿Qué faltaba exactamente?

—Una copia del expediente ambiental de Hidrovalnera, las entrevistas con dos antiguos trabajadores y un disco externo. Raquel no sabe qué contenía.

Álex dejó fotografías sobre la mesa.

—Hay movimiento en Valnera.

Irene las revisó.

Una excavadora había aparecido junto a la entrada inferior. También palés de sacos y tuberías.

—Las obras no empiezan hasta el siete —dijo Daniel.

—Eso dice la licencia general —respondió Álex—. Pero pueden hacer trabajos preparatorios.

—¿Sellar la galería es preparatorio?

—Depende de lo que llamen sellar.

Irene llamó al ayuntamiento. Después a la consejería. Tras veinte minutos confirmó que Valnera Desarrollo había solicitado una actuación urgente por «riesgo de subsidencia» en una zona de la antigua central. La autorización estaba en trámite.

—¿Quién firmó la memoria técnica? —preguntó Daniel.

Irene leyó.

—Un ingeniero externo. Pero el promotor es la sociedad de Bruno.

Teresa se sentó.

—Quiere taparlo.

Irene negó.

—¿En serio sigues con eso?

—Sí. Para que la Fiscalía del caso pida una orden judicial necesitamos más que intuiciones.

—Tenemos la confesión de Amalia —dijo Daniel.

—Sobre Valcerezo. No sobre restos en la central.

—Tomás dice que Samuel quedó allí.

—Dice que eso le contasteis. No lo vio.

—Entonces entramos.

Irene golpeó la mesa con la palma.

—No.

El silencio fue inmediato.

—No vamos a meternos ilegalmente en una galería inestable porque te sientas culpable. Eso no es valentía. Es una manera muy elaborada de dejar de pensar.

Daniel la miró.

—¿Y qué propones?

—Encontrar la ruta exacta. Los planos originales. La compuerta. Conseguir indicios suficientes para que un juez ordene inspección forense antes de cualquier obra.

Teresa habló:

—Y si no llegamos a tiempo.

—Entonces pediremos una medida cautelar sobre la obra.

—Once días —dijo Álex.

—Ahora nueve.

Daniel caminó hasta la ventana.

Entrar a ciegas no rescataría a Samuel; solo añadiría otra decisión irreversible.

—No.

—Quizá sabe algo.

—Entonces puede decirlo delante de mí.

Otro mensaje. Sé qué puerta cerraste.

Se le enfriaron las manos.

Teresa leyó por encima de su hombro.

—No vayas.

Daniel miró a Irene. Ella también había leído.

—Ahora menos que antes.

Daniel sabía que iría. Bruno conocía una parte que ellos no.

Se encontraron al anochecer en el antiguo campo de fútbol, ahora convertido en aparcamiento. Bruno estaba apoyado en el todoterreno.

—Te dije solos.

—Irene sabe que estoy aquí —dijo Daniel.

—Claro.

—¿Qué puerta cerré?

Bruno se quedó callado unos segundos.

—La de la cámara baja.

—¿Lo recuerdas?

—Sí.

El suelo pareció perder estabilidad.

—Cuéntamelo.

—No sé todo. Recuerdo agua. Recuerdo a Samuel al otro lado. Tú sujetabas la puerta y gritabas que corriéramos.

—¿Por qué la cerré?

Bruno apartó la mirada.

—Porque si no, el agua entraba donde estábamos.

Daniel respiró.

—¿Samuel podía pasar?

—No.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Mientes.

Bruno levantó la voz.

—¡No lo sé! Recuerdo que estaba al otro lado y que tú cerraste. Eso es todo.

Daniel dio un paso hacia él.

—¿Y qué hiciste tú?

La pregunta golpeó a Bruno de una forma que Daniel no esperaba.

—Corrí.

—Todos corrimos.

—Sí.

—Entonces deja de hablarme como si solo yo hubiera elegido.

Bruno lo miró con rabia.

—Porque tú eras el que tenía la mano en la puerta.

Daniel recibió la frase. Después preguntó:

—¿Tu padre te contó lo que hicieron?

Bruno cambió.

—No.

—Mentira.

—No importa.

—Importa porque estás intentando sellar la central.

—Estoy intentando evitar que alguien muera entrando en un agujero que lleva décadas abandonado.

—¿Como Samuel?

Bruno lo agarró por la chaqueta.

—No uses su nombre como si ahora te perteneciera.

Daniel no se movió.

—A ti tampoco.

Bruno lo soltó.

Durante unos segundos quedaron frente a frente, dos hombres a punto de cumplir cuarenta intentando decidir cuánto de su rabia pertenecía a niños de once.

—Mi padre os salvó —dijo Bruno.

—Y dejó a Samuel dentro.

—No podía llegar hasta él.

—Entonces debió decir la verdad.

—Tú no sabes lo que habría pasado —dijo Bruno.

—Sí. Samuel habría tenido un nombre.

Bruno abrió la puerta del coche.

—No entres en Valnera.

—¿Por qué?

—Porque no todo lo que está enterrado mejora cuando lo sacas.

—Eso no es una respuesta.

Bruno subió.

—Es la única que te queda.

Daniel lo vio alejarse. Después llamó a Clara.

—Tenías razón.

—Necesito más contexto para disfrutar de esto.

Daniel casi sonrió.

—Cerré una puerta para que el agua no nos alcanzara.

Clara guardó silencio.

—Eso cambia algo —dijo.

—Samuel seguía al otro lado.

—También cambia algo.

—No sé qué.

—Entonces no termines la historia todavía.