CAPÍTULO 16
Los que lo dejaron
Daniel volvió al hospital dos días después y tardó cuarenta minutos en comprender que no debía estar allí.
Había pasado la noche en vela. Condujo desde San Román al amanecer porque necesitaba una sala iluminada, monitores, protocolos, sangre con nombres y cifras. Necesitaba un lugar donde cada decisión tuviera un antes y un después y donde, si alguien empeoraba, pudiera señalar una causa.
A las diez y treinta entró un niño de nueve años con una crisis asmática severa.
Daniel hizo lo que había hecho cientos de veces. Oxígeno. Nebulización. Vía. Corticoides. Reevaluación. El niño lloraba porque la mascarilla le molestaba. Su madre intentaba tranquilizarlo.
—No cierres —dijo el niño.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No cierres la puerta.
La madre miró hacia la entrada del box.
—Le agobia estar encerrado.
Daniel vio agua negra. Una chapa metálica. Su propia mano. Samuel al otro lado. La enfermera dijo su nombre.
Daniel tardó un segundo de más en responder. Solo uno. Suficiente.
Acabó la atención, comprobó que el niño mejoraba y llamó al jefe de guardia.
—Me voy a casa.
—¿Estás enfermo?
Daniel pensó en todas las respuestas posibles.
—No estoy en condiciones de atender.
No dio más detalles.
Firmó la salida y se encerró en el coche. No arrancó.
Clara lo llamó una hora después.
—Irene dice que no contestas.
—Estoy ocupado.
—Estás sentado en el aparcamiento del hospital.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Daniel.
—Compartes ubicación conmigo desde que me fui de campamento con trece años.
—Voy a desactivarla.
—Hazlo después. ¿Qué ha pasado?
Daniel apoyó la frente en el volante.
—Nada.
—Papá.
—No puedo trabajar hoy.
Clara guardó silencio.
—Voy para allá.
—No.
—No era...
—Esta vez sí es una pregunta y la respuesta es no. Quédate donde estás.
—¿Dónde crees que estoy?
Daniel levantó la cabeza.
—¿Qué?
—En la estación. María ha venido a buscarme. Me vuelvo a casa con ella.
El alivio llegó acompañado de culpa.
—Bien.
—No me apartes de esto porque hayas recordado algo que no te gusta.
—No te estoy apartando.
—Me has mandado a casa.
—Eres mi hija. Tengo derecho a querer que estés lejos de una central abandonada, de una muerte y de gente que lleva veintiocho años mintiendo.
—Sí. Lo que no tienes es derecho a usarme como excusa para quedarte solo con tu versión más horrible.
Daniel dejó caer la mirada.
—Clara...
—Tomás dijo que cerraste una puerta. No dijo por qué. No dijo qué pasaba si no la cerrabas. No dijo qué hizo Samuel antes. Estás rellenando lo que falta con lo que más te castiga.
—Puede que porque sea verdad.
—Puede. Pero todavía no lo sabes.
La llamada terminó sin que ninguno se despidiera bien.
Daniel pasó aquella noche en su apartamento de la ciudad. Aquella noche no abrió documentos ni fotografías. Quitó el sonido del móvil. Intentó ver una película. No supo qué película era cuando llevaba media hora.
María llegó al apartamento al día siguiente con una bolsa de comida y la paciencia limitada de quien había compartido doce años de vida con Daniel y conocía todas sus técnicas para aparentar funcionamiento.
—Clara me ha pedido que no te deje alimentarte de café y culpa —dijo al entrar.
—Ha formulado una instrucción muy amplia.
—He interpretado la parte operativa.
María dejó la bolsa sobre la encimera. No preguntó si podía quedarse. Habían aprendido después del divorcio que algunas formalidades solo servían para recordar que ya no eran pareja.
—¿Qué has recordado? —preguntó.
Daniel se lo contó sin adornos: la compuerta, la frase de Tomás, su mano cerrando, Samuel al otro lado. María escuchó hasta el final.
—¿Quieres que te diga lo que pienso o solo necesitabas decirlo en voz alta?
—Lo que piensas.
—Pienso que estás haciendo algo que llevabas años haciendo antes de que apareciera esa foto.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Creer que si te castigas lo suficiente controlas el resultado.
—No es eso.
—En el hospital, cuando alguien moría después de una guardia difícil, repasabas durante días cada decisión como si existiera una combinación perfecta de acciones que garantizara que nadie muriera.
Cuando Clara se caía de pequeña te enfadabas contigo por no haber previsto el lugar exacto donde pondría el pie.
No te digo que no revises lo que hiciste.
Te digo que la culpa te gusta porque te coloca en el centro causal del universo.
Daniel abrió la boca y la cerró.
—Eso ha sonado peor de lo que pretendías.
—Ha sonado exactamente como pretendía.
Se sirvió agua.
—Si cerraste una puerta para salvar a seis niños y Samuel quedó detrás, será terrible. Si la cerraste porque te asustaste, será terrible de otra manera. Pero tenías once años. Lo que hiciste entonces no se corrige destruyendo lo que haces ahora.
—Elena lleva veintiocho años sin hijo.
—Sí. Y tú no puedes devolverle veintiocho años convirtiendo los tuyos en una penitencia retroactiva.
—No sé cómo hablar con Clara de esto —dijo Daniel.
—Clara no necesita que seas invulnerable. Necesita que no la conviertas en la persona que tiene que mantenerte en pie.
—No quiero hacer eso.
—Entonces no lo hagas. Cuéntale lo necesario. Deja que tenga dieciséis años cuando pueda tenerlos. Y cuando no puedas trabajar, no trabajes. Eso también es ser médico.
María abrió la bolsa y sacó una tortilla, pan y dos recipientes.
—Tu madre me habría odiado por comprar tortilla hecha.
—Mi madre odiaba la tortilla de todo el mundo por principio.
—Una mujer coherente.
Comieron en la mesa sin hablar de Samuel durante casi veinte minutos. María le contó que Clara había suspendido un simulacro de examen de conducir por saltarse una prioridad.
—No conduzco todavía —había protestado ella—. No puede ser una prioridad real.
Daniel se rio de verdad.
—Eso suena a ella.
—También ha decidido que cuando apruebe va a conducir tu coche porque el mío «transmite inseguridad».
—Mi coche tiene doce años.
—Pero al parecer transmite autoridad.
La conversación banal no traicionaba a nadie. Samuel seguía importando aunque durante veinte minutos hablaran de tortilla y coches.
Antes de marcharse, María se detuvo en la puerta.
—Una cosa más.
—Dime.
—No conviertas a Clara en investigadora porque te resulta más fácil tenerla cerca si tiene una función. Es tu hija antes que una pieza del equipo.
Daniel asintió.
—Lo sé.
María levantó una ceja.
—Lo sabes ahora.
Cuando se quedó solo, Daniel abrió el chat con Clara. Escribió tres mensajes y los borró. Al final envió uno:
Tu madre me ha traído tortilla comprada. Considero esto una emergencia familiar.